La imagen es de un VHS viejo, que hoy debe estar enmohecido en una de las tantas cajas llenas de cachivaches que mamá guarda en la casa. Ahí, al costado del tocadiscos que saco de cuando en vez para escuchar Sinfonía Inconclusa en la Mar, Piero. El video, que me regaló papá, dice en la tapa “The World Greatest Players”, o algo así. Y chiquita, a un costado de la imagen detestable de Pelé saltando, aparece un gringo con cara de buena gente. Esa es la imagen que recuerdo con más cariño de un fútbol que no he visto en esta vida.
En la semifinal de México ’70, ese Mundial que todo el mundo recuerda por míster Do Nascimento y nuestros futbolistas viejos, Franz Beckenbauer se dislocó el hombro derecho y jugó así los tiempos suplementarios del partido que su selección perdió 4-3 con Italia: con el brazo en cabestrillo, vendado, aferrándose con la mano de su extremidad lastimada a su corazón, para que no quepa duda. Y así, perdió.
Solo una vez me sentí cerquita a esos jugadores elegidos. No me refiero a lo que sucedió en mayo, cuando mi clavícula izquierda se salió de su lugar en medio de una noche en que me sentí un arquero suicida: “Hace poco, cosa de cinco meses, se convirtió en un joven futbolista retirado: saltó para despejar una pelota y un tipo de 150 kilos le cayó encima. Se rompió el hombro y el brazo izquierdo”, así lo narró Villegas en un libro que pensamos publicar. Pero no hablo de ese día.
En realidad, me refiero a lo que sucedió en noviembre del 2000. Entonces jugaba vóley, no leía diarios deportivos y estaba en quinto de media. Era mi último año en la selección del cole y tenía una cinta en mi camiseta que indicaba que era el capitán de un equipo condenado a ganar un solo partido, como todos los años, contra el más débil del grupo.
No recuerdo el nombre del equipo con el que jugábamos. Por la camiseta amarilla y el tipo alto que asesinaba con sus mates, creo que era el Santa María, uno de esos colegios que se hacen clásicos rivales porque competíamos por mujeres y hombrtía, como animales salvajes dispuestos a marcar territorio.
La jugada precisa fue provocada por un mate de ese tipo del que solo recuerdo el metro noventa y seis. El balón lo recibió Óscar, uno de esos hermanos que no tengo y que por su contextura y andar se había ganado el mote de “cansado”. El balón salió disparado hasta una posición imposible y yo fui por él. Cuando estaba apunto de llegar, mi rodilla maltrecha golpeó la banca y escuché un ruido suave. Me cambiaron. Por mí ingresó César, y me pusieron éter mientras el gordo cumplía con su labor de futbolista de equipo chico: podíamos vencer a todo un equipo los dos solos en el entrenamiento, pero apenas se ponía la camiseta, le pesaba. Luego ingresé. Nunca lo dije, pero esa noche no pude dormir por el dolor y me dopé con antiinflamatorios hasta que mi rodilla regresó a su tamaño normal. Carlos, la única persona que conozco a la que no le importa lo que pueda pensar fue testigo presencial. Caí justo a un metro suyo.
–Puta madre, estuve a esto de llegar –le dije, separando mi índice y mi pulgar apenas un par de centímetros. –No llegabas –replicó. –Tenía que haberlo hecho. –No tenías por qué hacerlo. Sabías que no ibas a llegar, pero yo sé que pensaste que si lo hacías nadie se iba a dar cuenta que jugabas con la rodilla lesionada desde antes. No puedes con tu ego, solo querías que dijeran que hiciste la salvada de la década. Eres un huevón.
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Somos los nietos, los hermanos, los sobrinos, el hijo de quien fue para nosotros algo más y distinto que una gran artista popular. Con ella compartimos la vida, las alegrías y las angustias privadas. Porque esa gran artista fue además nuestra abuela, nuestra hermana, nuestra tía, nuestra mamá. Es por eso que queremos llegar a ustedes desde ese lugar íntimo, lejos de la severidad y la dureza de los comunicados oficiales: porque sabemos que también la quisieron y la siguen queriendo aún mucho más allá de la cantante y de la artista que los acompañó tantas veces, a la que han hecho parte de su familia aún sin tener lazos de sangre.
Es desde este lugar que queremos contarles que Mercedes -la mamá, la tía, la abuela, la hermana-abandonó este mundo el día de hoy. Pero también queremos decirles que estuvo siempre acompañada-inclusive cuando ya no podía saberlo- por un desfile interminable de amigos y artistas populares, y en cada uno de ellos: Ustedes. Y que a pesar de lo triste de cualquier agonía, pasó esos últimos momentos en paz, peleando aguerridamente contra una muerte que terminó ganándole la pulseada.
Por cierto estamos conmovidos y queremos compartir con ustedes esta tristeza. Aunque, al mismo tiempo, nos queda la tranquilidad de que todos hicieron lo posible- incluida nuestra Negra- para quedarse un ratito más entre nosotros.
Lo que más feliz la hacía a Mercedes era cantar. Y seguramente ella hubiera querido cantarles también en este final. De modo que así queremos recordarla y así los invitamos a hacerlo con nosotros.
Infinitas gracias por ese acompañamiento que jamás dejó de estar presente.
Hace cuatro años, cuando trabajábamos en la redacción de El Bocón (un diario deportivo de Lima), Kike, Eloy, Diego y yo nos tomamos esta foto.
Cuatro años después, ninguno de nosotros trabaja ahí. Ya no estamos tan flacos y a cada quien la vida lo ha engreído y golpeado de la forma en que lo ha buscado. Que paja saber que a pesar de esas cosas, todavía podemos tomarnos fotos como entonces. Eso es casi como tener un tambor de hojalata.
Hoy es día para un post triste. Intenté besar a mi ex y me rechazó. A veces pienso que a ellas les gustan los tipos malos. Especialmente los tipos que se acercan sigilosos con cara de buena gente y les rompen el corazón. Esos que terminan siendo sus amigos porque ya cumplieron la meta y se fueron. Lo siento, soy un corazón roto. Un corazón inerme que se ha ido a la mierda. Bonito, de a poquitos y con dolor, como debe de ser. Porque siempre me han gustado las cosas que son como deben ser. Como antaño, porque me imagino a los abuelos afanándose. Así que creo que es la hora de terminar contando la historia calata, sin ropa interior. Nomás porque estoy deprimido, y siempre es bueno echarle la culpa a una enfermedad, aunque este no sea el caso.
Kathy y yo nos conocimos en la universidad. Nacional, Mayor, de San Marcos y eso. Bailamos cheek-to-cheek (como dijo Telmo) una salsa preciosa y atorrante. La miraba con ojos raros, lo sé. Con mis ojos de mirada profunda, como decía una amiga mía, a la que no puedo recurrir a estas horas. No pasó nada aquella vez.
Años después robé vilmente su celular. Le dije a una amiga suya que llamara del mío y luego, con el teléfono de mi antigua chamba, hablamos durante horas. Mi jefe me dijo que tenía consumidos más de mil minutos al mes y que podía botarme. No me importó. Le dije, olímpicamente, que soy bueno en lo que hago y que no me joda. Jorge entendió. El día que me lo dijo, comiendo un caldo de gallina en una esquina de Canadá, me dijo que viviera, y que si era con ella, mejor. Ese día lo bauticé como mi padre (putativo, of course).
Esta es una declaración de principios. Ámala sobre todas las cosas. No tomes su nombre en vano. Santificarás sus fiestas (o días gratos). Desde que salimos, un tarde del 25 de junio del 2006, hasta que terminamos, el jueves antes del 12 de setiembre del 2007, quisimos ser felices.
El 12 de setiembre del 2007, en un ataque hedonista, fumé una buena marihuana y me hizo ver colores en mi vómito. Desde ahí, he vagado entre mujeres de sonrisa fácil y corazón roto. He viajado (o huido) buscando a mi abuelo y a mí mismo. No los encontré, sino detrás de sus ojos color pepita de níspero. He querido pensar que las historias de las comedias románticas de Tom Hanks no son ficción y que algún día haré una locura lo suficientemente grande para que vuelva. No se puede. Ella está lo suficientemente loca para que cada una de las cosas que haga le parezcan locuras tristes de un tipo triste. Y sí, lo soy.
Estoy triste porque hoy hice el último gran intento. Portarme como uno de esos patanes que le rompieron el corazón (incluyendo los últimos dos, que ella no sabe que yo sabía… en realidad no supe, sino que lo sentí). No pude. Casi, casi, le pedí permiso. Lo sé, soy un huevón. Hoy, no sé qué pase.
Hoy no sé qué pase porque es la primera vez que admito en público que hay cosas que no hemos terminado. Que hay cosas que no debo contar aunque por un ratos diga que prefiero la verdad calata, sin ataduras. Que no funcionó el consejo de los amigos (sus amigos, que aún me quieren de cuñado) de forzar las cosas. Porque en eso sí soy débil. En ella.
Con ella, en cambio, era(mos) fuerte(s), pero eso es otra historia. A veces, en invierno, es mejor un cuento triste. Y aún no llegamos a primavera.
PS: No le he hecho ping a mis auspiciadores. Es mejor que el pueblo no me vea tan vulnerable.
¡Hoy reservé mi pasaje a Baires! Y casi tengo hotel de mochileros gracias a la Pioja que me dio todos los tips para convertirme en un turista que no hará circuitos turísticos… Bueno, igual tengo que ir al estadio de Boca cuando jueguen con Newell’s para saber si es verdad que tiembla cuando está lleno… Y al cementerio de la Recoleta a ver si encuentro la tumba del tal Natalio Ruiz… Y a Caminito, para ver de nuevo a Escolástico Méndez… Y a la UBA, a ver si hay algún posgrado bueno, bonito y barato… Y también al Museo de la Memoria nomás porque Angelito Cappa llevó ahí a sus jugadores para mostrarles la Argentina de verdad… Y volveré a conocer la calle mas larga, el rio mas ancho, las minas mas lindas del mundo (como dice la Bersuit)… Y me subiré al metro… Y me iré a Uruguay en ferry a ver si puedo encontrarme con Tupa Ginares (el de verdad, que es como el de mis cuentos, pero más entrañable)… Y hablando de Dolina, la Pioja (mi guía antiturística) ¡Me ha dicho que se pueden conseguir entradas para su programa en el teatro donde se presenta el Negro!... Lo único malo es que no hay conciertos de Fito por esos días… Aunque fácil el digo al buen Fer Roques que mande al diablo a la aerolínea y convoque a todos los Viejos Macabros en honor a mi llegada… Y tengo que visitar a la China en La Plata un día, eso de cajón, pero será sorpresa (así que no le digan nada)… O de repente le digo que se venga a Buenos Aires conmigo para caminar un rato… Y volveré a visitar a Alfredo, el vendedor de libros de Corrientes que tiene todo sobre Dolina (Bueno, solo tenía las Crónicas del Ángel Gris, pero ese libro es TODO)… Y tengo que ir al teatro, porque todas las amigas teatreras gauchas de Nelly dicen que es vital que vaya… Hablando de ellas, es una lástima que no conoceré a los papás de Liber (el chiquito que corría desnudo por el mundo). Ellos viven en Córdoba… Caracho, aún no llego y ya quiero quedarme más días… Y quiero conocer gente… Y bailar tango (bueno, eso no)… Y quiero beber… ¡Y quiero… Zás… Zás! (Como diría El Chavo)… Y no estaré para el cumple de Mario (pero le traeré un regalo sorpresa)… Y a mi regreso le diré a la Gi para ir a tomarnos un café y le contaré toooooooooodo… Y claro, volveré más pobre que El Chavo en Acapulco, pero veré a Charly (en Lima) cuando se presente el 23 de setiembre por acá (si no es que no me quedo por allá)…
Célula irreverente y políticamente incorrecta. Se autoproclama periodista y asegura estar a mitad de la metamorfosis kafkiana que lo llevará a ser cronista. Fumador compulsivo, pensador aficionado, creador de neologismos, usuario de palabras rebuscadas, citador casi profesional de frases y hechos que nadie recuerda, inventor de realidades y cuenta cuentos despistado. Este es su tercer intento de ser blogger. Su mejor amigo todavía se pregunta por qué es tan ingenuo al pensar que ahora sí lo logrará. Yo también.