¿Por qué hipoteco mi cerebro?

En Lima, a pocas cuadras de Palacio de Gobierno y en pleno centro de la ciudad, hay una discoteca que se llama Cerebro. Está instalada en el Jirón de La Unión, en el mismo local que antes ocupaba el pituquísimo Palais Concert. Donde la intelectualidad limeña se reunía a comienzos del siglo pasado, un grupo de adolescentes, hijos de la migración, bailan reggaeton.


Breve historia del olvido

Mi nombre es Ángel Hugo Pilares. He pasado mis veintitantos años de vida olvidando cosas, casi como el Palais Concert se olvidó de su nombre. Dice Alejandro Dolina que hay quienes sospechan que lo que se olvida, se muere y que por eso hay tardes en las que, en el barrio de Flores, en Argentina, no es raro encontrar en los atardeceres de la calle Artigas a los muchachos sombríos memorizando versos murgueros, recordando la formación de Boca en 1955 o repitiendo en voz baja la lista de asistencia del colegio secundario. Ellos están rescatando cosas de la muerte. Yo, olvidadizo, he matado varias.

En el Banco de la Memoria, hay una división encargada de los recuerdos dolorosos. Un funcionario los recibe y los guarda donde el cliente no volverá a verlos. En su lugar le entrega un recuerdo grato, de esos que calientan sin que el color se le suba a uno a las mejillas. Pero esas memorias son falsas y, a la larga, el propio cliente termina renegando cuando descubre que su primer amor, por ejemplo, no era aquella niña siempre dispuesta a sonreírle, sino la que, en el jardín de infantes, lo despreciaba porque se quedaba quieto sin saber qué decir.

Cuando la gente empezó a descubrir que el Banco de la Memoria no servía, la gerencia general ideó una nueva manera de que los recuerdos –dolorosos, o no– sobrevivan en la gente. Sin éxito, la hipoteca de cerebros duró apenas cinco meses, con un solo cliente, que había entregado todos sus pensamientos para recuperarlos una vez haya pagado la reconciliación con su pasado.

Este blog, reabierto, es una forma de terminar de pagar aquella deuda, aunque haya cosas que no he podido recuperar. Por supuesto, si yo dejara de escribir sobre aquellos a quienes recuerdo, también sería olvidado y moriría. Soy periodista, y eso es una forma de no olvidar las cosas que suceden.

Cosas que he tratado de olvidar

1. El rostro de la primera niña de la que me enamoré. Aunque recuerdo que se llamaba Maricarmen y que nunca le hablé, el Nido 098 de la Residencial San Felipe todavía debe recordar el día en que, por mirarla fijamente, no vi la pelota que el matoncito de la clase lanzó contra mí y que provocó la primera pelea de mi vida, para impresionarla. Por supuesto, la perdí.

2. El día en que fallé un penal. Un partido de fútbol, a los diez años, es capaz de elevarte al nivel de héroe. También al de fracasado. En aquella tanda de penales pateé casi al centro del arco esperando que Néstor se tire a un lado. Pese a que atajó el disparo, el árbitro hizo repetir el tiro porque nunca había tocado el silbato. Fiel a mis principios, fallé de idéntica manera. Los narradores orales de aquel encuentro cuentan haberme visto azotando mi cabeza contra un auto.

3. El año nuevo más triste del mundo. El 31 de diciembre de 1996, mi hermana dijo que iba a comprar y no regresó. Viajó a Arequipa, a mil kilómetros al sur, para pasar la noche vieja con su ahora esposo. Días antes, había comunicado a mis padres que dejaba de estudiar medicina cuando ya iba por el tercer año y que se iba a dedicar a las tablas. La respuesta de mi madre fue no permitirme llevar un taller de teatro al año siguiente argumentando que iba a terminar igual que ella. Ese año nuevo toda mi familia lloró, excepto yo.

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Código para descerebrados

1. Mi filosofía personal dice que todo el mundo miente. Mienten, incluso, los recuerdos. Yo intentaré no hacerlo, por lo que requiero que ustedes tampoco.

2. La memoria es un espacio traicionero. Si alguien tiene alguna otra versión sobre aquellas cosas que escribo, agradeceré aclaraciones.

3. Mi cerebro no respeta nada. Este blog, tampoco. Tómese como una amenaza, pero (salvo spams), la censura a los comentarios no existe (o no debería).

4. No se extrañe por los géneros literarios utlizados. (Creo) que deberían estar todos, incluso los que no existen (grave ambición, dicho sea de paso).

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Citas Citables

  • "¿Sabes cómo matar a un cerdo? Lo haces correr hasta que no da más y luego le echas un balde de agua helada. Entonces, se le para el corazón" (Paskín)
  • "Yo sí creo en la vida después de La Patrona, solo que creo en ella con la misma certeza con la que creo que existe vida en otro planeta..." (Prakzis)
  • "Lo de estar jodido es natural, es como la depre, es solo el nombre comercial de la consciencia" (Carlos V.)
  • "Tómalo por el lado B" (Gi)
  • "¡Scheiße!" (Carmen K.)

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Cerebro compartido

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Me han leìdo la mente