La mujer de tus sueños tiene el cuerpo de un Ferrari

¿Qué le puede dar a un hombre más placer que una mujer? Un aspirante a periodista busca a la mujer perfecta -o parte de ella- a sabiendas que no la va a encontrar, o que no tiene el dinero para comprarla.


En Japón, donde uno sólo imagina hombres pequeños y fríos que calman sus inquietudes sexuales con actos masturbatorios al borde de su Palm, un ingeniero de 45 años vive una historia de amor con cerca de treinta Love Dolls, una versión sofisticada y mucho más cara que las modestas muñecas inflables que adornan la vidriera de Sex Juguetes, una de las tiendas sexuales con más sucursales en todo el Perú.

El japonés se llama Ta Bo. Su nombre difiere por una letra de un arte marcial que algunos sexoadictos me han contado, les ayuda a sobreponerse a la guerra de sus impulsos y a pasar el día sin esperar la recompensa de una mujer al final, pero Bo es un pacifista frustrado que bautiza con nombres cariñosos a las mujeres sintéticas que lo acompañan a ver TV: "Las chicas de carne y hueso pueden llegar a pelear con uno. Ellas están de acuerdo conmigo siempre", dice, y por ello ha gastado en su harem lo mismo que cuesta un Ferrari F430 del 2008, que acelera de 0 a 100 kilómetros por hora en cuatro segundos, sólo para no escuchar su voz.

El Ferrari de las muñecas inflables a la venta en Perú no tiene nombre. Duerme un mes antes de navidad en una caja de treinta centímetros de altura donde una mujer de medidas superlativas en lencería roja garantiza un "incesante día o noche de placer entregado justo en su puerta". He venido a verla. He descubierto que es la última de un lote de veinte señoritas importadas de Estados Unidos y que una -mejor dicho, varias- noches de placer con ella vale 600 soles, cien más que el sueldo mínimo vital decretado por el gobierno, pero en la foto al costado de la caja parece más uno de esos juguetes que usan los niños para no hundirse en las piscinas.

Su hermana menor es aún más modesta. Cuesta la mitad y se llama Pamela. Promete "carne suave como la piel, un busto joven y maduro, muslos y piernas curvilíneas, cabello largo y sedoso, labios amorosos" y demás invitaciones que harían salivar al Marqués de Sade. Cuando uno entra a una sex shop tiene la impresión de que va a entrar al segundo círculo del Infierno de Dante donde los lujuriosos son arrollados por un torbellino que flagela implacablemente sus cuerpos.

Para descender al infierno uno sube dos tramos de escaleras. El primero de los diecisiete locales que Sex Juguetes tiene en todo el Perú está ubicado en la segunda planta de una casona con pisos de madera en pleno Jirón de la Unión, un paseo comercial que une la Plaza San Martín con Palacio de Gobierno, en el centro de la ciudad de Lima. Uno asciende al infierno convencido por volantes del tamaño de un billete que ofertan pastillas y cremas que aumentan el tamaño del miembro viril y la potencia sexual, junto a una multitud de artefactos indescifrables.

En la tienda no hay muñecas a la vista. Apenas las cajas en las que descansa su placer. Tampoco un Max California personificado por Joaquín Phoenix, con cabello azul y que lea a Truman Capote bajo el forro de una novela erótica. Max California es el último dependiente de una sex shop que vi en el cine. En la película 8mm guiaba a un detective privado interpretado por Nicholas Cage en su cacería del snuff, un mito urbano del porno duro en el que el acto sexual culmina con un homicidio real filmado en celuloide.

Los vendedores de una sex shop no son enciclopedistas del sexo. Tampoco pervertidos. Comercian con la misma minuciosidad con la que un vendedor de autos vende un auto de lujo pero nunca han conocido el placer que puede dar una de esas mujeres de mentira y jamás utilizarán alguno de los artilugios que ofertan. Mucho menos con sus esposas. Mi guía no se llama Virgilio, sino Henry, un hombre que me ha dicho que nunca le llevaría un consolador a su novia y que apenas saco la cámara, para fotografiar a ese Ferrari sin nombre, saca el cuerpo. Un vendedor en la sucursal de Miraflores, una zona residencial de Lima, me dijo que su familia sabe en qué trabaja: "En papelería".

Se llama Sandro, y mientras conversamos un hombre alto entra al cubículo que funge de tienda, en una galería cercana a la municipalidad, en el que conversamos. El arete en su lóbulo izquierdo dice que es heterosexual y el tatuaje en el hombro no es el de un cráneo con dos tibias cruzadas, pero le da una apariencia ruda. El prejuicio limeño indica que un pendiente en la otra oreja corresponde a los homosexuales. Da vueltas un rato hasta que pregunta por un vibrador de 180 soles, pide rebaja y luego pide que se lo envuelvan en papel de regalo.

- ¿Para la novia? -le pregunto.
- Ahhh... -es su manera de asentir.

No se lo digo a Sandro, pero su mirada me confirma mi sospecha: Esa noche no sería su novia, ni ninguna mujer, quien lo use. Alexandra Rampolla, la puertorriqueña gurú del sexo que hace poco pasó por Lima inaugurando dealcoba.com, una sex shop virtual, dice que es muy difícil que "un hombre latino, con una cultura machista donde el culo no se toca" admita la fantasía del sexo contranatura, mucho menos si se trata de autosatisfacción, pero también dice que la masturbación "es la relación sexual más importante que tú puedes tener en toda tu vida porque la tienes contigo. Porque darte ese autoplacer es conocerte, es integrarte contigo mismo". El hombre del arete puede ser heterosexual, pero conoce su cuerpo como la palma de su mano.

También hay los que quieren que su pareja disfrute: "Los hombres homosexuales son los que tienen más problemas para comprar. Los 'normales' son más desvergonzados. Una vez vino un cliente que me pidió algo para que el miembro se le achique", me dice Henry California. El hombre pequeño y frío se llevó un vibrador de dieciséis centímetros, de tamaño normal. Dijo que era para su novia, que podría por fin ser feliz. Las dos horas que estuve en cada local, no hubo un solo hombre que se acerque para preguntar por un Ferrari, pero la variedad de productos para el disfrute sexual me dice que todos tienen su propio vicio.

"Diga su vicio y yo digo el precio", decía Max California. En una tienda sexual hay precios para todos los bolsillos necesitados de placer que no desean acudir a una mujer de alquiler. Y si uno no quiere comprar una mujer completa, puede tenerla por partes: Moldes hechos de silicona con la forma de los labios de una mujer cuestan alrededor de 300 nuevos soles, casi lo mismo que otras con la apariencia de los órganos genitales de una dama sin rostro. Un par de glúteos hechos de silicón cuestan incluso más que una dama completa: 800 soles. Todos tienen un aditamento que les permite vibrar. Las baterías están incluidas, pero nada se compara a ese Ferrari con apariencia de flotador. Aún así, cuando tiento un orificio en su caja, la textura de su piel es fría y húmeda como los labios de una mujer que no te ama. Yo hasta la miro con ternura, pero Virgilio la ve como una mercancía.

A los hombres les gusta jugar con muñecas. Dice Henry California, con el su mirada papel moneda, que es porque hay quien no puede satisfacer a una mujer. La Rampolla asegura que la infidelidad sucede por muchas cosas que no tienen nada que ver con sexo. "Muy a menudo tiene que ver con que las personas no se sienten bien atendidas emocionalmente". Le creo tanto a ella como a Henry California. La mayoría de los clientes que compran productos para sus mujeres reales, o muñecas para ellos, son hombres mayores de cuarenta años. Un estudio reciente de la Asociación Mundial de la Salud Sexual señala que alrededor de un millón de peruanos mayores de 40 años padece disfunción eréctil, por lo que comprar un vibrador para su esposa o un artefacto para su propio disfrute sexual debe ser como una travesía a la juventud.

Las primeras muñecas inflables no tenían aire dentro y se les llamaba "damas de viaje". Estaban hechas de trapos y las usaban los marinos para aplacar la soledad. La leyenda dice que Adolf Hitler mandó a fabricar miles de muñecas inflables de belleza aria y látex para sus tropas. Las love dolls de estos tiempos son fruto del trabajo de un artesano japonés graduado en la Facultad de Arte de la Universidad de Tokio, que tarda cuatro días de trabajo continuo en crear muñecas cuyo cuerpo está integrado por un esqueleto mecánico articulado y gozan de la capacidad de poder intercambiar sus cabezas para tener varias mujeres diferentes. El sueño de las treinta muñecas de Ta Bo hecho realidad en una sola y tenerlas cuesta alrededor de los 29 mil soles según la página web de la empresa francesa Doll Story, lo mismo que un trabajador de rango medio gana anualmente en el Perú.

El artesano se apellida Atsumi, y mientras hace moldes de arcilla para sus creaciones se las imagina tomando vida, hablándole coquetamente. Su filosofía de trabajo es tan oriental como el Kamasutra: "La veo pasar su mano por sus cabellos, imagino lo que ha comido anoche, donde salió, con que ropa durmió... Le pongo mucho amor antes que nada y respeto a esta historia que me creo, y luego, la fabrico como un sueño. Y es este sueño que me invade mientras trabajo en ella".

Las mujeres artificiales de Atsumi no jadean, ni su ritmo cardiaco aumenta junto a su temperatura corporal mientras hacen el amor como las que fabrica Michael Arriman, un mecánico aeronáutico de Núremberg que dedicó su vida a crear a la mujer artificial más real de la historia. Tampoco tienen la apariencia de Jessica Love-Hewitt, Tori Spelling, Lindsay Lohan, Eva Méndez, Jessica Alba o su estrella de cine favorita, que es lo que oferta Pipedream Products, una de las tiendas sexuales más grandes del internet.

También hay otras con cuerpo de transexuales, gordas y ancianas. Mis gustos no son lo suficientemente extravagantes para ello, ni para tomarme el tiempo conectar a un inflador esa bolsa hecha de látex con la textura de los labios húmedos de una mujer que descansa en una caja, ni para bombear hasta darme cuenta que estoy muy cansado para hacerle el amor pensando que tiene nombre y su cabello artificial es un cúmulo de rizos hidratados. He buscado y no he podido encontrar una mujer de mentira que me deje tranquilo sin discusiones, como le sucede a Ta Bo. Prefiero aquellas fruncen el ceño y luego te abrazan. Sin embargo una extraña intranquilidad recorre mi cuerpo cuando bajo las escaleras del segundo círculo del infierno con las manos vacías. Me viene a la mente una frase de Max California: "Pequeño, si bailas con el diablo el diablo no cambiará, él te cambiará a ti".


2 cerebros dicen:

Gato dijo...
23 de diciembre de 2007, 22:58  

Azu Piwi, como que te metiste de lleno en el asunto del cometeo. Ta' buena la crónica, aunque claro... pudiste haberlo entrevistado a Willy XD. No, en serio. Bastante interesante el asunto.
PD: La Rampolla es la voz de los 80, una maestra.

Emily dijo...
2 de marzo de 2008, 18:08  

wao..

Citas Citables

  • "¿Sabes cómo matar a un cerdo? Lo haces correr hasta que no da más y luego le echas un balde de agua helada. Entonces, se le para el corazón" (Paskín)
  • "Yo sí creo en la vida después de La Patrona, solo que creo en ella con la misma certeza con la que creo que existe vida en otro planeta..." (Prakzis)
  • "Lo de estar jodido es natural, es como la depre, es solo el nombre comercial de la consciencia" (Carlos V.)
  • "Tómalo por el lado B" (Gi)
  • "¡Scheiße!" (Carmen K.)

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