Fumar

Un día intenté dejar de fumar. Fue una de esas locuras de amor que se hacen cada cierto tiempo: Ella no soportaba verme con un cigarro en la boca a pesar que me conoció fumador y mucho menos aguantaba el sabor de un lucky light en mis besos. Un día de verano decidí que iba a dejar de escabullirme en las madrugadas para cruzar al grifo enfrente de mi casa a despertar a Erwin y pedirle una cajetilla de cigarros. Hasta que se acabó el amor.

Fumo desde que tengo 12 años. Mi primera pitada fue una calada profunda y sin golpear que le di a un Hamilton en la plaza principal de Camaná, una ciudad costera al sur del Perú donde pasé uno de los mejores veranos de mi vida. Una vez escribí una columna en el diario donde trabajo, desde algún lugar de Táchira a mitad de camino entre Mérida y San Cristóbal, lo siguiente: "Fumaba en la universidad, en las amanecidas de estudio, fumo a la salida del cine, camino al trabajo, en el baño, e incluso una vez hice acrobacias para hacerlo mientras me duchaba". Era lógico que no haya podido dejar de fumar aquella vez.

Lo cierto es que lo intenté. Con todas mis ganas. Hasta un día, con la excusa de escribir un cuento en el que recordaba mi primer fallo, fallé. Compré un sólo Montana, uno nada más. Son los cigarrillos más baratos que puedes encontrar en Perú que aún conservan el sabor del tabaco. El resto de cigarros que sólo afectan al pulmón y no al bolsillo, saben a madera o pasto seco.

Inmediatamente después corrí donde Erwin y fumé toda la noche con el sentimiento de culpa más grande del mundo. Cuando iba a verla fumaba un cigarro antes de subir al micro y tenía la ventana abierta mientras masticaba cantidades industriales de Halls, Clorets y caramelitos de menta marca Ambrosoli. Nada más feo que negarse a uno mismo.

Desde entonces no he parado de fumar. Creo que aún conservo la foto que me tomaron para el carnet universitario después de ese verano sin nicotina. Me veo con cinco kilos más y con los cachetes inflados, casi igual de rechoncho que en la época en que era un niño gordo, enano y que caminaba como pingüino. Aún camino como uno, pero estoy delgadísimo excepto por la panza que detesto. Lo bueno es que sigo siendo yo.

PS: No, el de la foto no soy yo.

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Citas Citables

  • "¿Sabes cómo matar a un cerdo? Lo haces correr hasta que no da más y luego le echas un balde de agua helada. Entonces, se le para el corazón" (Paskín)
  • "Yo sí creo en la vida después de La Patrona, solo que creo en ella con la misma certeza con la que creo que existe vida en otro planeta..." (Prakzis)
  • "Lo de estar jodido es natural, es como la depre, es solo el nombre comercial de la consciencia" (Carlos V.)
  • "Tómalo por el lado B" (Gi)
  • "¡Scheiße!" (Carmen K.)

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