Dead Man Riding

He llegado a Quillabamba. Mi salida de Cusco se pospuso tres días por un derrumbe en la carretera. Aún así he decidido subir a un bus maldito y no al carruaje destartalado al que subía una noble mujer de ojos alegremente tristes, porque no quiero distracciones para esta peregrinación.

Una frase que encontré en Internet me dijo, días antes de tomar un bus, que la muerte es una peregrinación incierta. Esta lo es de todas maneras porque desde que llegué al terminal de Punqui –en Cusco todavía– el sol acababa de salir y el mercado circundante despertaba junto a los ladrones y a un hombre ebrio al que el sol le daba en la cara. Al ver el brazo con el que se cubría, me fijé en uno de esos tatuajes que solo se hacen en las cárceles como Quencoro, un penal que hace diez años quedaba en las afueras de la ciudad y que hoy queda en medio de su casco urbano.

Recién ahora me doy cuenta que este terminal queda en la misma avenida que el cementerio donde está enterrado mi abuelo, el mismo cuya historia he venido a contar. “Todo debe estar relacionado”, pienso ahora mientras me cago de risa, no sé si de miedo o de una inesperada tranquilidad.

Al comprar mi pasaje me pregunté si tendría que caminar para hacer trasbordo por los derrumbes, si tendría que pernoctar en algún lugar de la carretera o si me iban a abandonar en el camino y me vería obligado a caminar por algún lugar inhóspito. “Ha llamado un pasajero, dice que ha hecho trasbordo y que el carro lo ha dejado”, dijo minutos antes de mi partida la chica que vendía los boletos. Pensando en eso último fue que me obligué a llevar mi bolsa de dormir, con la esperanza de no abrirla nunca.

El autobús al que subo tiene tantos kilómetros recorridos por el Valle Sagrado que lo único que parece estar en su sitio es el nombre de la empresa. “Ampay”, en quechua significa bostezar, pero en el Perú esa palabra la usábamos los niños que jugábamos a las escondidas cuando nos tocaba la mala fortuna de ser aquel que buscaba al resto. Todavía me pregunto qué voy a encontrar mientras cierro los ojos y trato de descansar un rato.

El bus maldito me ha dado un susto al poco tiempo de despertarme. Estaba parado, no había posibilidades de avanzar hasta que algún buen obrero nos diga que teníamos la vía libre. Cuando veo por la ventana solo hay niebla y un barranco hacia el lado izquierdo. Una mujer con el rostro más arrugado que mi pantalón, ha empezado a orar el Salmo 23, aquel que empieza con “El Señor es mi pastor” y que siempre he oído en los velorios que aborrezco porque detesto las despedidas. Yo me puse a rezar con ella, sin que lo supiera, porque sabía que en este viaje algo de mi iba a irse. En ese momento, vi el acantilado demasiado cerca, y avanzamos.


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  • "¿Sabes cómo matar a un cerdo? Lo haces correr hasta que no da más y luego le echas un balde de agua helada. Entonces, se le para el corazón" (Paskín)
  • "Yo sí creo en la vida después de La Patrona, solo que creo en ella con la misma certeza con la que creo que existe vida en otro planeta..." (Prakzis)
  • "Lo de estar jodido es natural, es como la depre, es solo el nombre comercial de la consciencia" (Carlos V.)
  • "Tómalo por el lado B" (Gi)
  • "¡Scheiße!" (Carmen K.)

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