George of the Jungle

Tío George fue el primero que me enseñó el vicio de los videojuegos. Una de las contadas veces que he visto a mi padrino (guarapero, mujeriego y patadeperro) caminábamos por la residencial San Felipe y yo me quedé viendo una de aquellas maquinitas ‘coin-op’ con algún pésimo ‘shooter’ que entonces me parecía el mejor de los simuladores de vuelo.

El tipo enorme y fuerte, aunque delgado, me hizo entrar al local y, llegando en puntas de pie, pude jugar un rato. Luego vendrían las épocas de Street Fighter y sus secuelas, el reciente vicio de FIFA que disfruto junto a una cajetilla de cigarros algunas noches, cada vez más separadas una de la otra.

La última vez que lo vi él tenía un corte longitudinal a lo largo del abdomen y otro, en forma de arco que nacía en un costado del estómago, pasaba por debajo de su caja torácica siguiendo el diafragma y continuaba hasta terminar en el lado opuesto. Pesaba 45 kilos y luego de una complicada operación en el hospital María Auxiliadora, había sobrevivido de milagro al cáncer. Tiempo después de enteré que dijo lo siguiente:

“El doctor me ordenó que no coma helados. Yo pensé que era por lo frío, pero las chelas heladas pasan nomás”

Desde entonces no toma lácteos, lo han operado dos veces más (una del estómago y otra por un ‘lifting’ que acentuó su vanidad) y yo he aprendido a querer a mi padrino por ese cariño demente que le tengo a la gente libre. Sin embargo, su libertad (Aquí viene el momento en que alguien me dirá que no la confunda con libertinaje, pero es mi tío y prefiero pensarlo libre) lo ha llevado a caminos extremos.

Jorge, el que solo fuma cuando bebe o cuando viaja a Cusco para ver a Cienciano, dejó a su esposa en Quillabamba y se fue a Maranura, una ciudad vecina, donde le puso a su amante una tienda. Si la de mi tía Berna (horrorosa forma de nombrar a una mujer que se llama Sabina) tiene afuera un rótulo que dice “Mi Bodeguita”, la de la otra se llamaba “Su Bodeguita”. Luego, cuando los males lo aquejaron, dejó a su amante y regresó a su ciudad, y a su casa, pero en una habitación a treinta metros de la de su esposa.

George, de cariño, es el hijo mayor de mi abuelo. Dice Sabina Flores, su esposa, que ambos “son igualitos de pinta y de carácter”. Aunque ignoro si mi abuelo engañó a mi abuela, lo sospecho. El día que llegué, mi tío George entró al cuarto que me habían cedido. A pesar que había llegado tres horas antes y que lo busqué por toda esa ciudad chica no lo encontré pues se había pasado el día dando vueltas en el mismo auto que hace poco chocó y que le valió una pelea con dos mototaxistas. Usa lentes oscuros, para que no se le vean los moretones.

–Yo vivía en Canto Grande, por Acho –me dijo cuando finalmente pude hablar con él.

–¿Tu has vivido en Lima?

–Claro. Yo era muy andariego, conozco Lima, Huaral, Huacho, Paramonga, Huarmey, Supe. Todo eso.

–¿Y qué hacías ahí?

–Trabajando en lo que sea. Trabaje en el Ministerio de Salud. Era matarrata.

–¿Mararrata?

–Fumigador, pues. Al Banco de la Nación entré como cadenero, esos que cuidan las puertas, y ascendí hasta apoderado (N. de R: Eso sí no tengo idea qué cosa sea). Trabajé 39 años y 9 meses, ya después de mis aventuras.

–¿Y cómo te mandaste a mudar?

–No aguantaba, mi viejo era jodido. Me pegaba. Una vez había un mulo grandazo, tendría yo 13 años. Había un saco que pesaba un quintal, o sea unos cincuenta kilos, y quería que lo suba. Lo empujé de más, se cayó al otro lado y me metió una patada. Así era él, hasta que no aguanté más y agarré un camión. Me alojé en San Cosme, en el cerro El Pino, en Breña. Ahí chambeaba de jalapitas, en un ascensor. No me gustó y me fui a Puente Piedra. Tenía 17 años cuando me fui de la casa.

Esa conversación la registré con una grabadora encendida subrepticiamente y duró apenas media hora. Yo vestía los mismos jeans rotos con los que llegué a Quillabamba y que no me cambié hasta que llegó el momento de regresar a Cusco. Al día siguiente me llevó a una hacienda llamada Potrero, donde mi abuelo trabajó como capataz mucho tiempo después de vender sus tierras en Santos Aires. Me dijo, ese día, que extrañaba a su viejo, mientras yo jugaba con la escopeta que usa Jorge cuando va al monte, de cacería.

“Yo también”, le dije. No hablamos más. Al día siguiente, a las cinco de la mañana, tomé una combi asesina que llevaría mi rabia a su siguiente destino, con la convicción de que cuando uno busca encuentra muchas cosas. Incluso aquellas que no quiere saber. A pesar de todo, quiero mucho a George of the Jungle y a mi abuelo. Total, las andanzas de mi tío Jorge las conocí desde niño y no han cambiado la opinión que tengo de él, así que con mi abuelo pasa lo mismo. Todavía recuerdo a Jorge Pilares sonriendo, cuando pasé al segundo nivel de aquel videojuego viejo.

Recién me he dado cuenta que escribir me pone triste, que quizás he descubierto, como diría ;el buen Pedrito, que las fiestas de fin de año hacen que uno recuerde a los que no están. Acaban de pasar y he recordado, de pronto, aquel vaticinio tan lleno de honestidad que hiciera el tío George cuando me fui de Quillabamba.

–¿Cuándo te voy a volver a ver?

–Ya no me vas a ver de nuevo. Ya me estoy jugando los descuentos.

tiogeorge

Tío George y yo (aunque te juegues los descuentos).

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Dead Man Riding

He llegado a Quillabamba. Mi salida de Cusco se pospuso tres días por un derrumbe en la carretera. Aún así he decidido subir a un bus maldito y no al carruaje destartalado al que subía una noble mujer de ojos alegremente tristes, porque no quiero distracciones para esta peregrinación.

Una frase que encontré en Internet me dijo, días antes de tomar un bus, que la muerte es una peregrinación incierta. Esta lo es de todas maneras porque desde que llegué al terminal de Punqui –en Cusco todavía– el sol acababa de salir y el mercado circundante despertaba junto a los ladrones y a un hombre ebrio al que el sol le daba en la cara. Al ver el brazo con el que se cubría, me fijé en uno de esos tatuajes que solo se hacen en las cárceles como Quencoro, un penal que hace diez años quedaba en las afueras de la ciudad y que hoy queda en medio de su casco urbano.

Recién ahora me doy cuenta que este terminal queda en la misma avenida que el cementerio donde está enterrado mi abuelo, el mismo cuya historia he venido a contar. “Todo debe estar relacionado”, pienso ahora mientras me cago de risa, no sé si de miedo o de una inesperada tranquilidad.

Al comprar mi pasaje me pregunté si tendría que caminar para hacer trasbordo por los derrumbes, si tendría que pernoctar en algún lugar de la carretera o si me iban a abandonar en el camino y me vería obligado a caminar por algún lugar inhóspito. “Ha llamado un pasajero, dice que ha hecho trasbordo y que el carro lo ha dejado”, dijo minutos antes de mi partida la chica que vendía los boletos. Pensando en eso último fue que me obligué a llevar mi bolsa de dormir, con la esperanza de no abrirla nunca.

El autobús al que subo tiene tantos kilómetros recorridos por el Valle Sagrado que lo único que parece estar en su sitio es el nombre de la empresa. “Ampay”, en quechua significa bostezar, pero en el Perú esa palabra la usábamos los niños que jugábamos a las escondidas cuando nos tocaba la mala fortuna de ser aquel que buscaba al resto. Todavía me pregunto qué voy a encontrar mientras cierro los ojos y trato de descansar un rato.

El bus maldito me ha dado un susto al poco tiempo de despertarme. Estaba parado, no había posibilidades de avanzar hasta que algún buen obrero nos diga que teníamos la vía libre. Cuando veo por la ventana solo hay niebla y un barranco hacia el lado izquierdo. Una mujer con el rostro más arrugado que mi pantalón, ha empezado a orar el Salmo 23, aquel que empieza con “El Señor es mi pastor” y que siempre he oído en los velorios que aborrezco porque detesto las despedidas. Yo me puse a rezar con ella, sin que lo supiera, porque sabía que en este viaje algo de mi iba a irse. En ese momento, vi el acantilado demasiado cerca, y avanzamos.


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Episodio I: La amenaza fantasma

Nuca me gustaron los cementerios. Vengo, casi, obligado por esa estúpida misión de saber quién soy, de donde vengo y a dónde voy. Me he disforzado tanto que casi hasta podría cantar esa canción la, si supiera la letra. Estoy extrañamente excitado mientras busco dos nichos pequeños, uno al lado de otro, ahí donde han sido mudados aquellos cuyos cuerpos fueron cremados.

***

–Ni se te ocurra enterrarme en la misma tumba que tu padre –le dijo mi abuela a mi tía Elva, veinte años antes, quizás más.

Mi tía Elva me lo había contado un par de días atrás durante el almuerzo. Ella es la única soltera de los ocho hermanos (Solterona, corrijo) y vive en la misma casa que compartió con mi abuela hasta que esta falleció. Un día, cercano a 1960 mis abuelos se separaron y se repartieron los hijos. Jorge y Rebeca –los mayores– se fueron solos. El resto, con María Nelly Casas Alarcón. El abuelo, se quedó solo.

–¿Por qué se separaron?
–Nadie sabe. Nunca se pelearon delante de nosotros.

***

El cementerio de la Almudena es uno de esos camposantos antiguos que quedan en barrios igual de viejos. El barrio se llama Santiago, y la Almudena está en la misma avenida en la que mi padre jugaba en su adolescencia, cuando ya había dejado Quillabamba y mucho después de salir de un lugar perdido en la selva llamado Santos Aires.

Ahí están las cenizas del abuelo. A menos de cien metros de la entrada y a cinco centímetros del suelo. Cerca de una iglesia vieja y a la entrada de un antiguo camposanto donde, hasta hace algunos años, dormían los restos de los hijos ilustres del Cusco colonial. Mi abuela está a su lado. Cuando ambos murieron, sus restos ocupaban nichos distintos. Luego decidieron cremarlos y mi tía Elva los ubicó juntos, pero no revueltos.

En contra de la usanza cusqueña, que ubica a las parejas cremadas en un mismo hoyo en la pared, a ellos los colocaron uno al lado del otro. Presumo que mi tía tuvo a bien seguir fielmente las indicaciones de su madre y sacarle la vuelta a la situación. Mientras tanto, yo he confundido el nicho con otro donde el nombre se lee a medias por la cantidad de flores e, incluso, he tratado de abrir aquel recinto equivocado con una llave pequeña. Le ofrezco un clavel a aquel difunto cuyo sueño he interrumpido y encuentro, gracias a Juanjo (el primo-gruía que me acompaña pese a que odia los cementerios tanto como yo), el lugar correcto. José Ángel Pilares Campana murió un tres de febrero de 1982. A veces es la muerte el lugar por donde se empieza a buscar.

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Citas Citables

  • "¿Sabes cómo matar a un cerdo? Lo haces correr hasta que no da más y luego le echas un balde de agua helada. Entonces, se le para el corazón" (Paskín)
  • "Yo sí creo en la vida después de La Patrona, solo que creo en ella con la misma certeza con la que creo que existe vida en otro planeta..." (Prakzis)
  • "Lo de estar jodido es natural, es como la depre, es solo el nombre comercial de la consciencia" (Carlos V.)
  • "Tómalo por el lado B" (Gi)
  • "¡Scheiße!" (Carmen K.)

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