Eso que llevas ahí

Me he dado cuenta que en la última foto mis mejillas están hinchadas. Como si súbitamente hubiera engordado pese a los desarreglos de las noches cusqueñas que me llevaron a besar a una sueca con los ojos del color de un mar diáfano, el alcohol que he vuelto a tomar desde que dejé los ansiolíticos y a la gran cantidad de amanecidas conversando con Juanjo. En una de ellas, el Jotas me dijo una de aquellas verdades que uno siempre sabe pero no quiere admitir.

– Tú y yo sabemos que estás huyendo, no buscando.

Es verdad. He huido hasta un cruce de caminos, casi a 180 kilómetros de Camisea, que en el mapa apenas puedo identificar. Ahí me ha dejado una camioneta propiedad de la municipalidad de Quellouno, el último pueblo antes de llegar a Santos Aires.

De pie ahí, al lado del camino, me he dado cuenta que he variado el plan que me tracé cuando salí de Quillabamba. No llevo mi bolsa de dormir, lo que significa que no dormiré en medio de la selva. Solo traigo una casaca –por si llueve– y un canguro, donde descansan el mp3 y la navaja del abuelo.

Nunca, hasta ahora, he tenido la sensación de estar perdido. La de transitar solo por el lugar equivocado. Me he sentido perdido en el sentido de haber errado en mis acciones, y casi siempre he estado en lo correcto cuando he tenido la mínima noción de estar metiendo la pata, pero incluso aquella vez que me perdí en una barriada en Mérida y me apuntaron con un arma en la cara, tenía fija en la cabeza la idea de que algo iba a pasar. Pero esta vez la incertidumbre corta hasta la voz de Fito Páez y oculta el latido acelerado de mi corazón.

Hace una hora que he dejado el cruce de caminos. No llevo mapa, solo una indicación que me dieron antes de dejarme: “Ve por ahí, deben ser cuarenta minutos. En el camino te encontrarás con alguien de la familia Cahuache, un poco más allá encontraras la hacienda de la familia Centeno”, me dijeron. “Hace más cincuenta años esa era la hacienda de los Pilares”, pensé mientras me ponía los audífonos y colocaba aquella canción.

Estoy perdido. Encontré a una mujer con zanjas en el rostro que me anunció que estaba por buen camino: “Solo cruza el río y ahí nomás está, papá”. He despreciado un tronco viejo y llego de hongos por otros tres que ofrecían mayor garantía y he empezado a subir por un cerro sin saber que acababa de tomar, como diría Villeguitas, “una combi asesina directamente hacia la mierda”. Me doy cuenta de ello cuando he subido demasiado, me he fumado mi último cigarro, y veo –a los lejos– el cruce de dos ríos donde según la narración de mi padre, estaban los dos pabellones que componían su casa.

Me he sentado nuevamente en aquellos tres troncos que me hicieron atravesar el río para perderme durante una hora. Mi reloj dice que falta poco para que los benefactores que me llevaron hasta el cruce de caminos pasen por Santa María, un poblado de carretera donde me recogerán. De no alcanzarlos, bien podría buscar un lugar en el suelo para poder dormir hasta el día siguiente, cuando pasen nuevamente las camionetas del municipio. Desenfundo el cuchillo, admiro su hoja afilada antes de salir de Lima, con la que sin querer me hice un corte días antes. A mi mente llegó una frase, según la cual, nadie arriba a un lugar para el que no está preparado.

Tiempo atrás, Óscar Rodríguez –uno de los amigos más sensatos y entrañables que me dejó la escuela– me dijo que sabía cuándo pensaba que había errado cuando empezaba a golpear mi cabeza. La lectura semiótica de aquel castigo es que no me sirve de nada ser tan inteligente como todos dicen, cuando fallo en una cosa que cualquier otro podría hacer.

Hoy me he golpeado la cabeza tantas veces con la palma de mi mano, que he decidido despedirme de mi abuelo habiendo fracasado, y he tallado sus iniciales (que son las mías, a su vez) en uno de los tres troncos sobre los que estoy sentado. Con el movimiento, mi mp3 se ha encendido y nuevamente escucho aquella canción, solo quizás ahí me di cuenta que ya está muerto y dibujo una cruz encima. Luego, mi rabia empieza a apuñalar salvajemente el tronco sobre el que estoy sentado mientras las lágrimas corren por mi rostro. Cuando me detengo, ha empezado a llover. Es como una señal: “Lo importante no es llegar, lo importante es el camino”, dice Fito en mis oídos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(La tumba de mi abuelo, poco después de la lluvia)

 

Esta es la canción que escuché todo el camino, mientras me picaban los mosquitos y una cantidad enorme de bichos que no sabía que existían. Casi, casi, un himno para aquellos que buscamos.

1 cerebros dicen:

Javier B dijo...
13 de enero de 2009, 19:32  

Me gustó mucho el post...

De hecho, siempre admiraré la manera en la que escribes y bueno, creo que no hay nada más que pueda decir.

Citas Citables

  • "¿Sabes cómo matar a un cerdo? Lo haces correr hasta que no da más y luego le echas un balde de agua helada. Entonces, se le para el corazón" (Paskín)
  • "Yo sí creo en la vida después de La Patrona, solo que creo en ella con la misma certeza con la que creo que existe vida en otro planeta..." (Prakzis)
  • "Lo de estar jodido es natural, es como la depre, es solo el nombre comercial de la consciencia" (Carlos V.)
  • "Tómalo por el lado B" (Gi)
  • "¡Scheiße!" (Carmen K.)

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