Sé que si alguien (aunque lo dudo) ha seguido mi peregrinaje, estará esperando el momento en que vea la luz al final del túnel y descubra a mi abuelo. Yo, al menos, he esperado el momento en que lo ideal se ha ido al diablo y descubro que su nombre, pese a ser igual al mío, no es lo mismo. Ese momento llegó, pero me he prohibido escribir sobre eso.
Sobre la historia de mi viaje por aquella zona del Valle Sagrado que casi no aparece en las guías oficiales de turismo (y por la que he caminado sin el más mínimo interés en turistear), solo puedo decir que llegué a donde el abuelo y que, como siempre, las respuestas están más cerca de lo que uno cree.
Luego de apuñalar un tronco de árbol regresaba derrotado rumbo al cruce de caminos, hasta que vi a una mujer que dice llamarse Elizabeth. Tiene 26 años y tres hijos. Yo le creo porque gente como ella no tiene por qué mentir. Ha salido de entre unos arbustos con la menor de sus niños envuelta en una lliclla que puede haber sido improvisada con una sábana color celeste-desteñido-que-en-otro-tiempo-pasado-fue-mejor.
La niña se llama Diana y su madre es la encargada de cuidar lo que algún día fue la casa de mi abuelo, y de mi viejo. He abrazado (a Elizabeth), y he cargado entre mis brazos (a Diana) como si fuera un náufrago mientras le explicaba a la madre cosas dementes sobre una búsqueda de mis raíces que seguramente no ha entendido. Durante quince minutos le he contado la historia de mi familia y he inspeccionado la casa donde vive de lejos, porque a nadie le gusta que un desconocido entre en su casa y esa no es la mía. Tampoco la de ella, porque Elizabeth la cuida junto a un esposo ausente en ese instante.
Luego, he regresado al cruce de caminos, he terminado de llenar de polvo mi jean con una caminada de quince minutos a Santa María. He regresado a Quellouno en la tolva de una camioneta de aquellos buenos amigos de la municipalidad, he tomado una ducha luego de haber sido brutalmente bañado por una tormenta selvática y he vuelto a algún lugar donde siento que todavía pertenezco. A Quillabamba. Después Cusco. Arribé al terminal a las 6:00 a.m. y me fui a dormir.
Ese mismo día, por la tarde, en Cusco, descubrí quien era mi abuelo. Me lo dijo una tía, vieja como el tiempo, a la que llamaré la curandera, pues fue ella quien sanó el brazo roto de mi padre con un par de cañas, la savia de un árbol y hojas de plátano, junto a mi abuelo. Cuando salí de su casa escribí los detalles en un cuaderno, llovía y las hojas sobre las que garabateaba se mojaban con mis lágrimas. No puedo contar más. La curandera me hizo prometerle que mi padre nunca se enteraría de los detalles. Yo he decidido cumplir.
Elizabeth y Diana (o la luz al final del túnel)
Santos Aires (o lo que queda de...)










2 cerebros dicen:
asu..
ya me dio curiosidad?
que mas te dijo tu tia ?!??!
estas seguro que no vas a contar mas?
¬¬
Pues la verdad, el objetivo de mi viaje era concer a mi abuelo y cuando conoces a alguien uno debe borrar toda esa imagen idealizada. Pero claro, el objetivo es que yo lo haga, no mi viejo, que quiere al suyo màs que a nada... Y papá también lee mi blog, así que es mejor que no se entere de las cosas que yo fui descubriendo... (Sí, autocensura, pero con motivo)...
Gracias por comentar
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