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| Mi mejor amigo y yo. El único que realmente me entiende. |
Cosas que mis amigos no entienden
Home alone
He vivido un mes solo. Bueno, no solo. Apenas con un compañero de departamento de quien acabé siendo un inquilino azaroso. Él es un tipo que tiene un iPhone 4 pero que no comparte su vida en redes sociales como otros exhibicionistas. Como yo. Por eso nada más, calculo que no le importará que hable de él, que me dio cobijo en medio de una de esas medidas desesperadas.
La historia dice así: tenía un mes para terminar mi tesis, de la que llevaba escritas únicamente diez páginas. Diego, acaso uno de mis mejores amigos, tenía una habitación libre en su departamento miraflorino hasta el 28 de marzo, cuando Carlos, su rommate, llegaría de Miami. Le rogué hacerle compañía a cambio de un espacio libre de ruido paterno que me permitiera trabajar hasta tarde. Un sitio alejado de distracciones mundanas para un tipo que ve pasar una mosca y empieza a fabular el viaje que debe haber dado hasta mi habitación. Y aceptó.
Nuestro viaje fue tranquilo. Casi, diría, placentero. Llegaba de trabajar y me ponía a escribir mi tesis a punta energizantes mientras él acababa el último comercial para un supermercado en el que un montón de madres de familia que entran tranquilamente en la categoría MILF le coqueteaban a la cámara. Sobrevivíamos a punta de hamburguesas compradas al filo de la media noche en un fast food y frituras cocinadas en casa. Solo caminábamos con un grupo de desadaptados la madrugada del lunes para mantenernos en forma e íbamos de vez en cuando a jugar fútbol con sus amigos. Y así bajé cinco centímetros de panza que acabo de recuperar, luego de volver a casa de mis padres.
Acabé mi tesis en los 28 días pactados. La presenté y estoy a la espera de una fecha de sustentación que provoque que me digan licenciado. Que provoque, de paso, que tenga algo que estuve esperando para irme de casa. No lo hice antes, entre otras cosas, porque una vez le dije a mi vieja –en uno de esos ridículos ritos de paso que tenemos generalmente los machos de la especie– que me iría cuando estuviera listo. Y ya casi, casi, lo estoy.
Digamos que luego de la Copa América, una vez que haya salido del estrés del enviado especial, o quizás antes, Juanjo –el primo-cómplice– encontrará un departamento miraflorino bueno, bonito y barato. Digamos también que decidimos no asesinarnos en el intento de convivir y que empiezo a trabajar en mi libro. Entonces diré adiós. Mientras tanto, espero.
Recuerdo que alguna vez mi viejo me dijo que era un desconsiderado. Que tenía la costumbre de dejar los platos, en los que acababa de comer, sobre la mesa. Que la ropa que andaba tirada en mi cama seguía tirada ahí por los siglos de los siglos hasta que alguien que no era yo se atrevía a lavarla. Que mi cuarto es un desastre lleno de vajilla, botellas, cajas de cigarrillos vacías y libros. Recuerdo que le respondí con un carajo y un “no tienes por qué hacerlo” que fue replicado por un “alguien tiene que” que acabó partiéndome el alma. Fue poco antes de mudarme con Diego y aprender que para sobrevivir debes estar virtualmente solo, por más que vivas acompañado. O algo así. La cosa es que, por ejemplo, en este momento he decidido dejar de escribir porque tengo que limpiar.
Nomás para acordarme, el comercial en el que trabajaba Diego. Él mismo lo dirigió y editó: un capo:
Y LOS MILLONES DE ENERGIZANTES QUE TOMAMOS EN EL MES
Read More......Una vez me sentí Beckenbauer
–Puta madre, estuve a esto de llegar –le dije, separando mi índice y mi pulgar apenas un par de centímetros.
–No llegabas –replicó.
–Tenía que haberlo hecho.
–No tenías por qué hacerlo. Sabías que no ibas a llegar, pero yo sé que pensaste que si lo hacías nadie se iba a dar cuenta que jugabas con la rodilla lesionada desde antes. No puedes con tu ego, solo querías que dijeran que hiciste la salvada de la década. Eres un huevón. Read More......
Hay cosas que no cambian
Hace cuatro años, cuando trabajábamos en la redacción de El Bocón (un diario deportivo de Lima), Kike, Eloy, Diego y yo nos tomamos esta foto.

Cuatro años después, ninguno de nosotros trabaja ahí. Ya no estamos tan flacos y a cada quien la vida lo ha engreído y golpeado de la forma en que lo ha buscado. Que paja saber que a pesar de esas cosas, todavía podemos tomarnos fotos como entonces. Eso es casi como tener un tambor de hojalata.

Lucía
Esa tarde de octubre, Lucía, la Caro y yo nos conocimos. Me abordaron en una esquina de la avenida Pardo mientras yo fumaba un cigarro. Lucía solo me preguntó dónde podían comer y yo decidí acompañarlas porque mi hora de almuerzo me martillaba el estómago con la misma fuerza que sus ojos pardos. Luego supe que estaban hospedadas en un hotelito sanisidrino que no conocí hasta la noche, después de que cenamos pizza y bebimos pisco peruano y vino chileno.
Esa noche, en el segundo restaurante al que íbamos juntos desde que nos conocíamos, descubrí que ambas eran diez años mayores que yo y nos morimos de risa, comimos y bebimos. Mientras la Caro nos vigilaba, Lucía y yo nos tomamos de las manos. Por un momento, me vino a la mente el nombre de esa vieja serie gringa: Yo amo a Lucy.
Yo amé a Lucy. Y ella a mí. Nos amamos esa noche mientras la Caro dormía en la habitación de al lado y nos seguimos amando un par de noches sucesivas. La cuarta noche fui hacia el aeropuerto a dejarlas.
Lucy debía tener 30 años el 2004 y desde aquellas tres noches no dejamos de hablar por MSN. Todos los lunes, a las 6 p.m., conversábamos sobre cualquier cosa que nos permitiera pensar que ella andaba por Lima nuevamente, o que yo conocía esa ciudad extraña y fría llamada Valdivia, cerquita de La Serena.
Un lunes no llegó. Al siguiente, tampoco. A la tercera semana la Caro me contactó: el cerebro loco de Lucy había rebotado mil veces en el interior de una camioneta luego de la volcadura. Que no me preocupe. Que el siguiente lunes Lucy estaría de vuelta. El lunes de la cuarta semana apareció, adolorida, ante su webcam. Y yo ante la mía, acariciaba uno y cada uno de los golpes que había tenido. Que suene cojudo: recién ese día nos soltamos un “te amo”. Lucy (y yo) en el cielo, con diamantes.
Un día, tiempo después, Lucy me propuso ir a verla. Andábamos por marzo y mis ahorros estaban designados a un boleto de avión sin pasaje de vuelta. Una semana después me propuso vivir con ella. Yo ya había hecho mis maletas sin que mamá y papá supieran que sacaría un pasaporte, renunciaría a mi trabajo, abordaría un vuelo directo a Santiago y luego tomaría un tren al sur (o algo que se le parezca). Hasta que tuvimos esta charla:
Lucy says: Hola bebé ¿Cómo andás?
Angel says: Peor que tú, espero ;)
Lucy says: Tenemos que hablar.
Lo que siguió fue un final del que solo recuerdo algunas frases:
Lucy says: ¿Tú me pedirías que cambie por tí?
Angel says: Nunca.
Lucy says: Pues yo no puedo pedirte que cambies tu vida entera por mí.
Ese día Lucy me confesó que desde el accidente sufría dolores de cabeza, tomaba pastillas para disolver un coágulo rebelde y olvidaba cosas de tanto en tanto. Que algunas veces había dejado de entrar al MSN porque no recordaba que su contraseña era Tinta Roja, el título de uno de nuestros libros favoritos. Me dijo también que sería la última vez que usaría esa cuenta de correo. Y lloramos hasta que no pudimos más.
Hace mucho que no sé nada sobre Lucía, pero hace poco pensé en ella mientras caminaba por Miraflores y fumaba un cigarro, cinco años después, en aquella esquina de Pardo. Ahora que recuerdo, un día apareciste. Fue después del terremoto que zarandeó todo Lima el 15 de agosto del 2007. Tu nickname decía: “Espero que te encuentres bien”.
Querida C. (y otros cuentos de vampiros)
La neurona
- Ángel Hugo
- Célula irreverente y políticamente incorrecta. Se autoproclama periodista y asegura estar a mitad de la metamorfosis kafkiana que lo llevará a ser cronista. Fumador compulsivo, pensador aficionado, creador de neologismos, usuario de palabras rebuscadas, citador casi profesional de frases y hechos que nadie recuerda, inventor de realidades y cuenta cuentos despistado. Este es su tercer intento de ser blogger. Su mejor amigo todavía se pregunta por qué es tan ingenuo al pensar que ahora sí lo logrará. Yo también.
Disclaimer
Nube (o lluvia) de ideas
La persistencia de la memoria
Citas Citables
- "¿Sabes cómo matar a un cerdo? Lo haces correr hasta que no da más y luego le echas un balde de agua helada. Entonces, se le para el corazón" (Paskín)
- "Yo sí creo en la vida después de La Patrona, solo que creo en ella con la misma certeza con la que creo que existe vida en otro planeta..." (Prakzis)
- "Lo de estar jodido es natural, es como la depre, es solo el nombre comercial de la consciencia" (Carlos V.)
- "Tómalo por el lado B" (Gi)
- "¡Scheiße!" (Carmen K.)
Ínsula
Sinapsis
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