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Home alone

He vivido un mes solo. Bueno, no solo. Apenas con un compañero de departamento de quien acabé siendo un inquilino azaroso. Él es un tipo que tiene un iPhone 4 pero que no comparte su vida en redes sociales como otros exhibicionistas. Como yo. Por eso nada más, calculo que no le importará que hable de él, que me dio cobijo en medio de una de esas medidas desesperadas.

La historia dice así: tenía un mes para terminar mi tesis, de la que llevaba escritas únicamente diez páginas. Diego, acaso uno de mis mejores amigos, tenía una habitación libre en su departamento miraflorino hasta el 28 de marzo, cuando Carlos, su rommate, llegaría de Miami. Le rogué hacerle compañía a cambio de un espacio libre de ruido paterno que me permitiera trabajar hasta tarde. Un sitio alejado de distracciones mundanas para un tipo que ve pasar una mosca y empieza a fabular el viaje que debe haber dado hasta mi habitación. Y aceptó.

Nuestro viaje fue tranquilo. Casi, diría, placentero. Llegaba de trabajar y me ponía a escribir mi tesis a punta energizantes mientras él acababa el último comercial para un supermercado en el que un montón de madres de familia que entran tranquilamente en la categoría MILF le coqueteaban a la cámara. Sobrevivíamos a punta de hamburguesas compradas al filo de la media noche en un fast food y frituras cocinadas en casa. Solo caminábamos con un grupo de desadaptados la madrugada del lunes para mantenernos en forma e íbamos de vez en cuando a jugar fútbol con sus amigos. Y así bajé cinco centímetros de panza que acabo de recuperar, luego de volver a casa de mis padres.

Acabé mi tesis en los 28 días pactados. La presenté y estoy a la espera de una fecha de sustentación que provoque que me digan licenciado. Que provoque, de paso, que tenga algo que estuve esperando para irme de casa. No lo hice antes, entre otras cosas, porque una vez le dije a mi vieja –en uno de esos ridículos ritos de paso que tenemos generalmente los machos de la especie– que me iría cuando estuviera listo. Y ya casi, casi, lo estoy.

Digamos que luego de la Copa América, una vez que haya salido del estrés del enviado especial, o quizás antes, Juanjo –el primo-cómplice– encontrará un departamento miraflorino bueno, bonito y barato. Digamos también que decidimos no asesinarnos en el intento de convivir y que empiezo a trabajar en mi libro. Entonces diré adiós. Mientras tanto, espero.

Recuerdo que alguna vez mi viejo me dijo que era un desconsiderado. Que tenía la costumbre de dejar los platos, en los que acababa de comer, sobre la mesa. Que la ropa que andaba tirada en mi cama seguía tirada ahí por los siglos de los siglos hasta que alguien que no era yo se atrevía a lavarla. Que mi cuarto es un desastre lleno de vajilla, botellas, cajas de cigarrillos vacías y libros. Recuerdo que le respondí con un carajo y un “no tienes por qué hacerlo” que fue replicado por un “alguien tiene que” que acabó partiéndome el alma. Fue poco antes de mudarme con Diego y aprender que para sobrevivir debes estar virtualmente solo, por más que vivas acompañado. O algo así. La cosa es que, por ejemplo, en este momento he decidido dejar de escribir porque tengo que limpiar.

 

Nomás para acordarme, el comercial en el que trabajaba Diego. Él mismo lo dirigió y editó: un capo:

 

Y LOS MILLONES DE ENERGIZANTES QUE TOMAMOS EN EL MES

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En buenos Aires brilla el sol…

¡Hoy reservé mi pasaje a Baires! Y casi tengo hotel de mochileros gracias a la Pioja que me dio todos los tips para convertirme en un turista que no hará circuitos turísticos… Bueno, igual tengo que ir al estadio de Boca cuando jueguen con Newell’s para saber si es verdad que tiembla cuando está lleno… Y al cementerio de la Recoleta a ver si encuentro la tumba del tal Natalio Ruiz… Y a Caminito, para ver de nuevo a Escolástico Méndez… Y a la UBA, a ver si hay algún posgrado bueno, bonito y barato… Y también al Museo de la Memoria nomás porque Angelito Cappa llevó ahí a sus jugadores para mostrarles la Argentina de verdad… Y volveré a conocer la calle mas larga, el rio mas ancho, las minas mas lindas del mundo (como dice la Bersuit)… Y me subiré al metro… Y me iré a Uruguay en ferry a ver si puedo encontrarme con Tupa Ginares (el de verdad, que es como el de mis cuentos, pero más entrañable)… Y hablando de Dolina, la Pioja (mi guía antiturística) ¡Me ha dicho que se pueden conseguir entradas para su programa en el teatro donde se presenta el Negro!... Lo único malo es que no hay conciertos de Fito por esos días… Aunque fácil el digo al buen Fer Roques que mande al diablo a la aerolínea y convoque a todos los Viejos Macabros en honor a mi llegada… Y tengo que visitar a la China en La Plata un día, eso de cajón, pero será sorpresa (así que no le digan nada)… O de repente le digo que se venga a Buenos Aires conmigo para caminar un rato… Y volveré a visitar a Alfredo, el vendedor de libros de Corrientes que tiene todo sobre Dolina (Bueno, solo tenía las Crónicas del Ángel Gris, pero ese libro es TODO)… Y tengo que ir al teatro, porque todas las amigas teatreras gauchas de Nelly dicen que es vital que vaya… Hablando de ellas, es una lástima que no conoceré a los papás de Liber (el chiquito que corría desnudo por el mundo). Ellos viven en Córdoba… Caracho, aún no llego y ya quiero quedarme más días… Y quiero conocer gente… Y bailar tango (bueno, eso no)… Y quiero beber… ¡Y quiero… Zás… Zás! (Como diría El Chavo)… Y no estaré para el cumple de Mario (pero le traeré un regalo sorpresa)… Y a mi regreso le diré a la Gi para ir a tomarnos un café y le contaré toooooooooodo… Y claro, volveré más pobre que El Chavo en Acapulco, pero veré a Charly (en Lima) cuando se presente el 23 de setiembre por acá (si no es que no me quedo por allá)…

 

Y nada, nomás porque es Baires, les dejo Fito

Y a la Bersuit

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Lucía

Lucía tiene el cabello casi rubio, pero no es una casi-rubia-tonta como piensa Carolina, una morocha que infatigablemente la apura con la mirada. No confiaba en nadie la Caro, menos en mí. Cuando nos conocimos, cerquita al parque Kennedy, Lucía me dijo con ese tono tan melódicamente detestable.
–¿Disculpe, sabéi de algún sitio dónde comer por aquí?

Esa tarde de octubre, Lucía, la Caro y yo nos conocimos. Me abordaron en una esquina de la avenida Pardo mientras yo fumaba un cigarro. Lucía solo me preguntó dónde podían comer y yo decidí acompañarlas porque mi hora de almuerzo me martillaba el estómago con la misma fuerza que sus ojos pardos. Luego supe que estaban hospedadas en un hotelito sanisidrino que no conocí hasta la noche, después de que cenamos pizza y bebimos pisco peruano y vino chileno.

Esa noche, en el segundo restaurante al que íbamos juntos desde que nos conocíamos, descubrí que ambas eran diez años mayores que yo y nos morimos de risa, comimos y bebimos. Mientras la Caro nos vigilaba, Lucía y yo nos tomamos de las manos. Por un momento, me vino a la mente el nombre de esa vieja serie gringa: Yo amo a Lucy.

Yo amé a Lucy. Y ella a mí. Nos amamos esa noche mientras la Caro dormía en la habitación de al lado y nos seguimos amando un par de noches sucesivas. La cuarta noche fui hacia el aeropuerto a dejarlas.

Lucy debía tener 30 años el 2004 y desde aquellas tres noches no dejamos de hablar por MSN. Todos los lunes, a las 6 p.m., conversábamos sobre cualquier cosa que nos permitiera pensar que ella andaba por Lima nuevamente, o que yo conocía esa ciudad extraña y fría llamada Valdivia, cerquita de La Serena.

Un lunes no llegó. Al siguiente, tampoco. A la tercera semana la Caro me contactó: el cerebro loco de Lucy había rebotado mil veces en el interior de una camioneta luego de la volcadura. Que no me preocupe. Que el siguiente lunes Lucy estaría de vuelta. El lunes de la cuarta semana apareció, adolorida, ante su webcam. Y yo ante la mía, acariciaba uno y cada uno de los golpes que había tenido. Que suene cojudo: recién ese día nos soltamos un “te amo”. Lucy (y yo) en el cielo, con diamantes.

Un día, tiempo después, Lucy me propuso ir a verla. Andábamos por marzo y mis ahorros estaban designados a un boleto de avión sin pasaje de vuelta. Una semana después me propuso vivir con ella. Yo ya había hecho mis maletas sin que mamá y papá supieran que sacaría un pasaporte, renunciaría a mi trabajo, abordaría un vuelo directo a Santiago y luego tomaría un tren al sur (o algo que se le parezca). Hasta que tuvimos esta charla:

Lucy says: Hola bebé ¿Cómo andás?
Angel says: Peor que tú, espero ;)
Lucy says: Tenemos que hablar.

Lo que siguió fue un final del que solo recuerdo algunas frases:

Lucy says: ¿Tú me pedirías que cambie por tí?
Angel says: Nunca.
Lucy says: Pues yo no puedo pedirte que cambies tu vida entera por mí.

Ese día Lucy me confesó que desde el accidente sufría dolores de cabeza, tomaba pastillas para disolver un coágulo rebelde y olvidaba cosas de tanto en tanto. Que algunas veces había dejado de entrar al MSN porque no recordaba que su contraseña era Tinta Roja, el título de uno de nuestros libros favoritos. Me dijo también que sería la última vez que usaría esa cuenta de correo. Y lloramos hasta que no pudimos más.

Hace mucho que no sé nada sobre Lucía, pero hace poco pensé en ella mientras caminaba por Miraflores y fumaba un cigarro, cinco años después, en aquella esquina de Pardo. Ahora que recuerdo, un día apareciste. Fue después del terremoto que zarandeó todo Lima el 15 de agosto del 2007. Tu nickname decía: “Espero que te encuentres bien”.

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El post que no pienso escribir

Sé que si alguien (aunque lo dudo) ha seguido mi peregrinaje, estará esperando el momento en que vea la luz al final del túnel y descubra a mi abuelo. Yo, al menos, he esperado el momento en que lo ideal se ha ido al diablo y descubro que su nombre, pese a ser igual al mío, no es lo mismo. Ese momento llegó, pero me he prohibido escribir sobre eso.

Sobre la historia de mi viaje por aquella zona del Valle Sagrado que casi no aparece en las guías oficiales de turismo (y por la que he caminado sin el más mínimo interés en turistear), solo puedo decir que llegué a donde el abuelo y que, como siempre, las respuestas están más cerca de lo que uno cree.

Luego de apuñalar un tronco de árbol regresaba derrotado rumbo al cruce de caminos, hasta que vi a una mujer que dice llamarse Elizabeth. Tiene 26 años y tres hijos. Yo le creo porque gente como ella no tiene por qué mentir. Ha salido de entre unos arbustos con la menor de sus niños envuelta en una lliclla que puede haber sido improvisada con una sábana color celeste-desteñido-que-en-otro-tiempo-pasado-fue-mejor.

La niña se llama Diana y su madre es la encargada de cuidar lo que algún día fue la casa de mi abuelo, y de mi viejo. He abrazado (a Elizabeth), y he cargado entre mis brazos (a Diana) como si fuera un náufrago mientras le explicaba a la madre cosas dementes sobre una búsqueda de mis raíces que seguramente no ha entendido. Durante quince minutos le he contado la historia de mi familia y he inspeccionado la casa donde vive de lejos, porque a nadie le gusta que un desconocido entre en su casa y esa no es la mía. Tampoco la de ella, porque Elizabeth la cuida junto a un esposo ausente en ese instante.

Luego, he regresado al cruce de caminos, he terminado de llenar de polvo mi jean con una caminada de quince minutos a Santa María. He regresado a Quellouno en la tolva de una camioneta de aquellos buenos amigos de la municipalidad, he tomado una ducha luego de haber sido brutalmente bañado por una tormenta selvática y he vuelto a algún lugar donde siento que todavía pertenezco. A Quillabamba. Después Cusco. Arribé al terminal a las 6:00 a.m. y me fui a dormir.

Ese mismo día, por la tarde, en Cusco, descubrí quien era mi abuelo. Me lo dijo una tía, vieja como el tiempo, a la que llamaré la curandera, pues fue ella quien sanó el brazo roto de mi padre con un par de cañas, la savia de un árbol y hojas de plátano, junto a mi abuelo. Cuando salí de su casa escribí los detalles en un cuaderno, llovía y las hojas sobre las que garabateaba se mojaban con mis lágrimas. No puedo contar más. La curandera me hizo prometerle que mi padre nunca se enteraría de los detalles. Yo he decidido cumplir.


Elizabeth

Elizabeth y Diana (o la luz al final del túnel)


Santos Aires

Santos Aires (o lo que queda de...)

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Eso que llevas ahí

Me he dado cuenta que en la última foto mis mejillas están hinchadas. Como si súbitamente hubiera engordado pese a los desarreglos de las noches cusqueñas que me llevaron a besar a una sueca con los ojos del color de un mar diáfano, el alcohol que he vuelto a tomar desde que dejé los ansiolíticos y a la gran cantidad de amanecidas conversando con Juanjo. En una de ellas, el Jotas me dijo una de aquellas verdades que uno siempre sabe pero no quiere admitir.

– Tú y yo sabemos que estás huyendo, no buscando.

Es verdad. He huido hasta un cruce de caminos, casi a 180 kilómetros de Camisea, que en el mapa apenas puedo identificar. Ahí me ha dejado una camioneta propiedad de la municipalidad de Quellouno, el último pueblo antes de llegar a Santos Aires.

De pie ahí, al lado del camino, me he dado cuenta que he variado el plan que me tracé cuando salí de Quillabamba. No llevo mi bolsa de dormir, lo que significa que no dormiré en medio de la selva. Solo traigo una casaca –por si llueve– y un canguro, donde descansan el mp3 y la navaja del abuelo.

Nunca, hasta ahora, he tenido la sensación de estar perdido. La de transitar solo por el lugar equivocado. Me he sentido perdido en el sentido de haber errado en mis acciones, y casi siempre he estado en lo correcto cuando he tenido la mínima noción de estar metiendo la pata, pero incluso aquella vez que me perdí en una barriada en Mérida y me apuntaron con un arma en la cara, tenía fija en la cabeza la idea de que algo iba a pasar. Pero esta vez la incertidumbre corta hasta la voz de Fito Páez y oculta el latido acelerado de mi corazón.

Hace una hora que he dejado el cruce de caminos. No llevo mapa, solo una indicación que me dieron antes de dejarme: “Ve por ahí, deben ser cuarenta minutos. En el camino te encontrarás con alguien de la familia Cahuache, un poco más allá encontraras la hacienda de la familia Centeno”, me dijeron. “Hace más cincuenta años esa era la hacienda de los Pilares”, pensé mientras me ponía los audífonos y colocaba aquella canción.

Estoy perdido. Encontré a una mujer con zanjas en el rostro que me anunció que estaba por buen camino: “Solo cruza el río y ahí nomás está, papá”. He despreciado un tronco viejo y llego de hongos por otros tres que ofrecían mayor garantía y he empezado a subir por un cerro sin saber que acababa de tomar, como diría Villeguitas, “una combi asesina directamente hacia la mierda”. Me doy cuenta de ello cuando he subido demasiado, me he fumado mi último cigarro, y veo –a los lejos– el cruce de dos ríos donde según la narración de mi padre, estaban los dos pabellones que componían su casa.

Me he sentado nuevamente en aquellos tres troncos que me hicieron atravesar el río para perderme durante una hora. Mi reloj dice que falta poco para que los benefactores que me llevaron hasta el cruce de caminos pasen por Santa María, un poblado de carretera donde me recogerán. De no alcanzarlos, bien podría buscar un lugar en el suelo para poder dormir hasta el día siguiente, cuando pasen nuevamente las camionetas del municipio. Desenfundo el cuchillo, admiro su hoja afilada antes de salir de Lima, con la que sin querer me hice un corte días antes. A mi mente llegó una frase, según la cual, nadie arriba a un lugar para el que no está preparado.

Tiempo atrás, Óscar Rodríguez –uno de los amigos más sensatos y entrañables que me dejó la escuela– me dijo que sabía cuándo pensaba que había errado cuando empezaba a golpear mi cabeza. La lectura semiótica de aquel castigo es que no me sirve de nada ser tan inteligente como todos dicen, cuando fallo en una cosa que cualquier otro podría hacer.

Hoy me he golpeado la cabeza tantas veces con la palma de mi mano, que he decidido despedirme de mi abuelo habiendo fracasado, y he tallado sus iniciales (que son las mías, a su vez) en uno de los tres troncos sobre los que estoy sentado. Con el movimiento, mi mp3 se ha encendido y nuevamente escucho aquella canción, solo quizás ahí me di cuenta que ya está muerto y dibujo una cruz encima. Luego, mi rabia empieza a apuñalar salvajemente el tronco sobre el que estoy sentado mientras las lágrimas corren por mi rostro. Cuando me detengo, ha empezado a llover. Es como una señal: “Lo importante no es llegar, lo importante es el camino”, dice Fito en mis oídos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(La tumba de mi abuelo, poco después de la lluvia)

 

Esta es la canción que escuché todo el camino, mientras me picaban los mosquitos y una cantidad enorme de bichos que no sabía que existían. Casi, casi, un himno para aquellos que buscamos.

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George of the Jungle

Tío George fue el primero que me enseñó el vicio de los videojuegos. Una de las contadas veces que he visto a mi padrino (guarapero, mujeriego y patadeperro) caminábamos por la residencial San Felipe y yo me quedé viendo una de aquellas maquinitas ‘coin-op’ con algún pésimo ‘shooter’ que entonces me parecía el mejor de los simuladores de vuelo.

El tipo enorme y fuerte, aunque delgado, me hizo entrar al local y, llegando en puntas de pie, pude jugar un rato. Luego vendrían las épocas de Street Fighter y sus secuelas, el reciente vicio de FIFA que disfruto junto a una cajetilla de cigarros algunas noches, cada vez más separadas una de la otra.

La última vez que lo vi él tenía un corte longitudinal a lo largo del abdomen y otro, en forma de arco que nacía en un costado del estómago, pasaba por debajo de su caja torácica siguiendo el diafragma y continuaba hasta terminar en el lado opuesto. Pesaba 45 kilos y luego de una complicada operación en el hospital María Auxiliadora, había sobrevivido de milagro al cáncer. Tiempo después de enteré que dijo lo siguiente:

“El doctor me ordenó que no coma helados. Yo pensé que era por lo frío, pero las chelas heladas pasan nomás”

Desde entonces no toma lácteos, lo han operado dos veces más (una del estómago y otra por un ‘lifting’ que acentuó su vanidad) y yo he aprendido a querer a mi padrino por ese cariño demente que le tengo a la gente libre. Sin embargo, su libertad (Aquí viene el momento en que alguien me dirá que no la confunda con libertinaje, pero es mi tío y prefiero pensarlo libre) lo ha llevado a caminos extremos.

Jorge, el que solo fuma cuando bebe o cuando viaja a Cusco para ver a Cienciano, dejó a su esposa en Quillabamba y se fue a Maranura, una ciudad vecina, donde le puso a su amante una tienda. Si la de mi tía Berna (horrorosa forma de nombrar a una mujer que se llama Sabina) tiene afuera un rótulo que dice “Mi Bodeguita”, la de la otra se llamaba “Su Bodeguita”. Luego, cuando los males lo aquejaron, dejó a su amante y regresó a su ciudad, y a su casa, pero en una habitación a treinta metros de la de su esposa.

George, de cariño, es el hijo mayor de mi abuelo. Dice Sabina Flores, su esposa, que ambos “son igualitos de pinta y de carácter”. Aunque ignoro si mi abuelo engañó a mi abuela, lo sospecho. El día que llegué, mi tío George entró al cuarto que me habían cedido. A pesar que había llegado tres horas antes y que lo busqué por toda esa ciudad chica no lo encontré pues se había pasado el día dando vueltas en el mismo auto que hace poco chocó y que le valió una pelea con dos mototaxistas. Usa lentes oscuros, para que no se le vean los moretones.

–Yo vivía en Canto Grande, por Acho –me dijo cuando finalmente pude hablar con él.

–¿Tu has vivido en Lima?

–Claro. Yo era muy andariego, conozco Lima, Huaral, Huacho, Paramonga, Huarmey, Supe. Todo eso.

–¿Y qué hacías ahí?

–Trabajando en lo que sea. Trabaje en el Ministerio de Salud. Era matarrata.

–¿Mararrata?

–Fumigador, pues. Al Banco de la Nación entré como cadenero, esos que cuidan las puertas, y ascendí hasta apoderado (N. de R: Eso sí no tengo idea qué cosa sea). Trabajé 39 años y 9 meses, ya después de mis aventuras.

–¿Y cómo te mandaste a mudar?

–No aguantaba, mi viejo era jodido. Me pegaba. Una vez había un mulo grandazo, tendría yo 13 años. Había un saco que pesaba un quintal, o sea unos cincuenta kilos, y quería que lo suba. Lo empujé de más, se cayó al otro lado y me metió una patada. Así era él, hasta que no aguanté más y agarré un camión. Me alojé en San Cosme, en el cerro El Pino, en Breña. Ahí chambeaba de jalapitas, en un ascensor. No me gustó y me fui a Puente Piedra. Tenía 17 años cuando me fui de la casa.

Esa conversación la registré con una grabadora encendida subrepticiamente y duró apenas media hora. Yo vestía los mismos jeans rotos con los que llegué a Quillabamba y que no me cambié hasta que llegó el momento de regresar a Cusco. Al día siguiente me llevó a una hacienda llamada Potrero, donde mi abuelo trabajó como capataz mucho tiempo después de vender sus tierras en Santos Aires. Me dijo, ese día, que extrañaba a su viejo, mientras yo jugaba con la escopeta que usa Jorge cuando va al monte, de cacería.

“Yo también”, le dije. No hablamos más. Al día siguiente, a las cinco de la mañana, tomé una combi asesina que llevaría mi rabia a su siguiente destino, con la convicción de que cuando uno busca encuentra muchas cosas. Incluso aquellas que no quiere saber. A pesar de todo, quiero mucho a George of the Jungle y a mi abuelo. Total, las andanzas de mi tío Jorge las conocí desde niño y no han cambiado la opinión que tengo de él, así que con mi abuelo pasa lo mismo. Todavía recuerdo a Jorge Pilares sonriendo, cuando pasé al segundo nivel de aquel videojuego viejo.

Recién me he dado cuenta que escribir me pone triste, que quizás he descubierto, como diría ;el buen Pedrito, que las fiestas de fin de año hacen que uno recuerde a los que no están. Acaban de pasar y he recordado, de pronto, aquel vaticinio tan lleno de honestidad que hiciera el tío George cuando me fui de Quillabamba.

–¿Cuándo te voy a volver a ver?

–Ya no me vas a ver de nuevo. Ya me estoy jugando los descuentos.

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Tío George y yo (aunque te juegues los descuentos).

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Dead Man Riding

He llegado a Quillabamba. Mi salida de Cusco se pospuso tres días por un derrumbe en la carretera. Aún así he decidido subir a un bus maldito y no al carruaje destartalado al que subía una noble mujer de ojos alegremente tristes, porque no quiero distracciones para esta peregrinación.

Una frase que encontré en Internet me dijo, días antes de tomar un bus, que la muerte es una peregrinación incierta. Esta lo es de todas maneras porque desde que llegué al terminal de Punqui –en Cusco todavía– el sol acababa de salir y el mercado circundante despertaba junto a los ladrones y a un hombre ebrio al que el sol le daba en la cara. Al ver el brazo con el que se cubría, me fijé en uno de esos tatuajes que solo se hacen en las cárceles como Quencoro, un penal que hace diez años quedaba en las afueras de la ciudad y que hoy queda en medio de su casco urbano.

Recién ahora me doy cuenta que este terminal queda en la misma avenida que el cementerio donde está enterrado mi abuelo, el mismo cuya historia he venido a contar. “Todo debe estar relacionado”, pienso ahora mientras me cago de risa, no sé si de miedo o de una inesperada tranquilidad.

Al comprar mi pasaje me pregunté si tendría que caminar para hacer trasbordo por los derrumbes, si tendría que pernoctar en algún lugar de la carretera o si me iban a abandonar en el camino y me vería obligado a caminar por algún lugar inhóspito. “Ha llamado un pasajero, dice que ha hecho trasbordo y que el carro lo ha dejado”, dijo minutos antes de mi partida la chica que vendía los boletos. Pensando en eso último fue que me obligué a llevar mi bolsa de dormir, con la esperanza de no abrirla nunca.

El autobús al que subo tiene tantos kilómetros recorridos por el Valle Sagrado que lo único que parece estar en su sitio es el nombre de la empresa. “Ampay”, en quechua significa bostezar, pero en el Perú esa palabra la usábamos los niños que jugábamos a las escondidas cuando nos tocaba la mala fortuna de ser aquel que buscaba al resto. Todavía me pregunto qué voy a encontrar mientras cierro los ojos y trato de descansar un rato.

El bus maldito me ha dado un susto al poco tiempo de despertarme. Estaba parado, no había posibilidades de avanzar hasta que algún buen obrero nos diga que teníamos la vía libre. Cuando veo por la ventana solo hay niebla y un barranco hacia el lado izquierdo. Una mujer con el rostro más arrugado que mi pantalón, ha empezado a orar el Salmo 23, aquel que empieza con “El Señor es mi pastor” y que siempre he oído en los velorios que aborrezco porque detesto las despedidas. Yo me puse a rezar con ella, sin que lo supiera, porque sabía que en este viaje algo de mi iba a irse. En ese momento, vi el acantilado demasiado cerca, y avanzamos.


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Episodio I: La amenaza fantasma

Nuca me gustaron los cementerios. Vengo, casi, obligado por esa estúpida misión de saber quién soy, de donde vengo y a dónde voy. Me he disforzado tanto que casi hasta podría cantar esa canción la, si supiera la letra. Estoy extrañamente excitado mientras busco dos nichos pequeños, uno al lado de otro, ahí donde han sido mudados aquellos cuyos cuerpos fueron cremados.

***

–Ni se te ocurra enterrarme en la misma tumba que tu padre –le dijo mi abuela a mi tía Elva, veinte años antes, quizás más.

Mi tía Elva me lo había contado un par de días atrás durante el almuerzo. Ella es la única soltera de los ocho hermanos (Solterona, corrijo) y vive en la misma casa que compartió con mi abuela hasta que esta falleció. Un día, cercano a 1960 mis abuelos se separaron y se repartieron los hijos. Jorge y Rebeca –los mayores– se fueron solos. El resto, con María Nelly Casas Alarcón. El abuelo, se quedó solo.

–¿Por qué se separaron?
–Nadie sabe. Nunca se pelearon delante de nosotros.

***

El cementerio de la Almudena es uno de esos camposantos antiguos que quedan en barrios igual de viejos. El barrio se llama Santiago, y la Almudena está en la misma avenida en la que mi padre jugaba en su adolescencia, cuando ya había dejado Quillabamba y mucho después de salir de un lugar perdido en la selva llamado Santos Aires.

Ahí están las cenizas del abuelo. A menos de cien metros de la entrada y a cinco centímetros del suelo. Cerca de una iglesia vieja y a la entrada de un antiguo camposanto donde, hasta hace algunos años, dormían los restos de los hijos ilustres del Cusco colonial. Mi abuela está a su lado. Cuando ambos murieron, sus restos ocupaban nichos distintos. Luego decidieron cremarlos y mi tía Elva los ubicó juntos, pero no revueltos.

En contra de la usanza cusqueña, que ubica a las parejas cremadas en un mismo hoyo en la pared, a ellos los colocaron uno al lado del otro. Presumo que mi tía tuvo a bien seguir fielmente las indicaciones de su madre y sacarle la vuelta a la situación. Mientras tanto, yo he confundido el nicho con otro donde el nombre se lee a medias por la cantidad de flores e, incluso, he tratado de abrir aquel recinto equivocado con una llave pequeña. Le ofrezco un clavel a aquel difunto cuyo sueño he interrumpido y encuentro, gracias a Juanjo (el primo-gruía que me acompaña pese a que odia los cementerios tanto como yo), el lugar correcto. José Ángel Pilares Campana murió un tres de febrero de 1982. A veces es la muerte el lugar por donde se empieza a buscar.

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Preludio (o la novia de Wolfgang)

Se casa en diciembre. Me lo contó con el rubor en las mejillas de alguien que llama a ese acto "un error". Tiene 19. Se sienta a mi lado durante poco más de seis horas y me coquetea descaradamente para luego hacerse la ofendida cuando la beso, después de la cena en un bus que camina a paso de locomotora desde Lima hasta Cusco.

No diré su nombre completo porque uno no puede andar publicando esos datos. Su futuro esposo, el alemán, tiene suficiente con no saberse cornudo y yo me siento como si hubiera roto el pacto más importante del mundo al no haber sido capaz de cumplir con eso de la solidaridad de género. Sin embargo, su frase –extraída de toda una infancia viendo telenovelas– todavía retumba en mis oídos.

– ¿Por qué me besaste?

Villegas (o el hermano Miguel), me dijo una vez algo que me dolió, entre las muchas cosas dolorosas que me ha dicho: “Un hombre puede tener mil relaciones y morir enamorado de la misma mujer. En cambio, cuando una mujer busca a otro hombre, es que ha olvidado al que lo precedió”. Nunca más equivocado. Milagros me demostró que aún una mujer puede estar enamorada de otro y hacerse la ofendida cuando uno la besa. ¿O es que de verdad cree haberse equivocado con el gringo?

Cuando me deja, abandono ese estado raro de quién no sabe cómo comportarse. Es más fácil andar sin compañía en esas circunstancias. Más aún en las que me obligan a tomar un bus que en poco menos de 20 horas llega a una ciudad lluviosa que amo y en la que un taxista, Jorge, me recibe a bordo de un Tico adornado con una multitud de imágenes del Señor de Huanca y del Taytacho de los Temblores.

Antes de hacerle cambiar cincuenta soles para pagarle una carrera que cuesta tres, dispara: “¿Cómo está Lima? ¿A qué viene?”. No se si de dio cuenta por la pinta de náufrago, por los jeans viejos, o la mochila enorme sobre la que se alza un sleeping bag. "Puta madre –pienso– yo que no quería parecer limeño". Felizmente, no lo soy.

– He venido a buscar a mi abuelo –le dije a Jorge, sin contarle que él murió hace veintiséis años.


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Telemaquía (o el regreso a uno mismo)

El título de este post me lo dio Luna Longwood, hace casi un año, cuando le conté mi plan. Ella me dijo que todo hombre, en algún momento, deseaba regresar a la figura paterna ausente, como el buen Telémaco en la Odisea. Hoy es mi día. Y no hay planes.

El único plan que tengo es llegar a Cusco. Después ir donde los tíos y embarcarme hacia una hacienda perdida en la selva de la que solo quedan casuchas viejas. Se llama Santos Aires y ahí vivió el abuelo. Nunca lo conocí. De él solo sé que murió un año antes de que yo naciera y que se llamaba Ángel, como yo.

Fuguet citó alguna vez a Alejandro Jodorowsky. En su libro La Danza de la Realidad, Jodorowsky dice: “Con los años comprendí que el nombre y el apellido encierran programas mentales que son como semillas. De ellos pueden surgir árboles frutales o plantas venenosas. En el Árbol genealógico los nombres repetidos son vehículos de dramas. Es peligroso nacer después de un hermano muerto y recibir el nombre de un desaparecido. Eso nos condena a ser el otro, nunca nosotros mismos”.

Con el abuelo sucede lo mismo. Nunca lo conocí y, aunque nadie espera que yo sea como él, he querido siempre aprender lo que él alguna vez supo: disparar una carabina, o curar una fractura con cañas y savia de un árbol. Sin embargo, soy citadino. Nací en Arequipa, la tercera ciudad más grande del Perú y luego me moví a una urbe convulsionada como Chiclayo, en el norte. Luego llegué a Lima en la época en que Alan García (quien por estos días anda repitiendo mandato) convirtió a los peruanos en millonarios a los que un ajo de billetes no les alcanzaba para comprar un pan.

Pero regreso al abuelo. O al menos ahí siempre quise volver, aunque la gente no entiende mis motivos y yo no sé explicarlos. No me interesa llegar a un lugar lleno de casuchas viejas, sino descubrir a quien vivía ahí. El plan, repito, es que no hay uno. Solo sé que debo regresar el 26 a Lima, para trabajar nuevamente y que, entre mis reglas, solo figuran no beber, preguntar mucho y fumar solo lo necesario.

En mi equipaje solo llevo el mp3 con el soundtrack de mi vida y mi cámara, dos libros de referencia y un reportaje de Tom Wolfe que compré en Buenos Aires, una libreta para tomar notas y una grabadora de audio, poco dinero y una navaja que mi abuelo usó. Papá la ha guardado celosamente desde que falleció. Al igual que mi padre, aquella navaja no ha podido regresar jamás a Santos Aires.

Dicen que todo viaje es una pequeña muerte. Cuando uno deja su casa, la vida continúa para aquellos que abandonó, o que lo dejaron. Yo lo sé y este viaje es una manera de terminar de dejar atrás cosas que siguen doliendo (aunque cada vez meno). Por mi parte, el asunto es aprender a descubrirme a través de aquel que llevó mi nombre. Solo así podré entenderlo a él, a mi padre, a mi, y a las generaciones que me sigan.

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Citas Citables

  • "¿Sabes cómo matar a un cerdo? Lo haces correr hasta que no da más y luego le echas un balde de agua helada. Entonces, se le para el corazón" (Paskín)
  • "Yo sí creo en la vida después de La Patrona, solo que creo en ella con la misma certeza con la que creo que existe vida en otro planeta..." (Prakzis)
  • "Lo de estar jodido es natural, es como la depre, es solo el nombre comercial de la consciencia" (Carlos V.)
  • "Tómalo por el lado B" (Gi)
  • "¡Scheiße!" (Carmen K.)

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