1. Un registrador civil que conozco 'cazó' a una pareja vía Internet. Ella era una trujillana que había conocido a un ciudadano inglés a través del Facebook. Como él no podía venir al Perú para casarse, le dio un poder a un tercero para que desposara, en su nombre, a su futura esposa. Desde un bar en Manchester, gracias a una laptop instalada en la municipalidad, el buen Joseph vio cómo un completo desconocido se casaba con la mujer que él ama. Y pese a lo turbador de la visión, estaba feliz con eso.
2. Uno de mis mejores amigos se convirtió en papá y conviviente hace más de dos años. Luego de un tiempo de felicidad, él –un hacker experto– descubrió que ella le era infiel y que, incluso era novia de un mocoso de veinte años. Ella lo expulsó de su casa pero de vez en cuando regresa para dormir con la excusa de cuidar a su hijo. Ella se lo permite y cada vez sus encuentros carnales resultan siendo más cercanos. Ayer, en la víspera del 14 de febrero, mi amigo, que se ha convertido en el amante, recibió un mensaje terrorífico: "Podemos hacer lo que quieras, menos penetrarme. Tengo que respetar a mi novio".
3. Hace cuatro años ellos veían el Mundial de fútbol. Él le iba a Francia, por Zidane, y ella a Italia, por Totti. Hicieron una apuesta: "El que pierda en la final deberá planear 24 horas para nosotros dos". Luego del cabezazo a Materazzi y la tanda de penales, el lloró de tristeza por Zidane y de alegría por ella. En esas 24 horas, ambos hicieron el amor juntos por primera vez. Esa no fue la locura de amor: un día, él pudo acercarse a Horacio Elizondo, el árbitro de la final, y le dejó un sobre en el bolsillo interior del saco con una advertencia: "Por favor, lealo". Él lo hizo: "Querido Horacio. Usted no está para saberlo ni yo para contarlo, pero el partido por el que más se le recuerda nos cambió la vida a mi novia y a mi. No quiero ser un infidente, pero me encantaría tomarme algún día un café en Buenos Aires junto a ella y a usted para contarle los detalles. Solo gracias, mil gracias. Por su culpa, me caso". Elizondo le sonrió y le dio un abrazo. Ambos se tomaron juntos una foto, que quedó como la prueba del delito y la complicidad. Él y ella ahora no están. Cada uno ha ido por su camino.
4. Ayer un amigo había planeado la noche perfecta: iría a un luau fuera de la ciudad con su novia. A las 9 de la noche el salió de trabajar y fue a su casa. Ella lo llamó y le dijo que acababa de encontrarse con una amiga que recién había llegado de Canadá. "Que nos vamos a la casa de fulanita, que no nos vemos hoy". Él, un tipo que detestaba celebrar las fechas cursis hasta que estuvo con ella, estalló. Acabó tomando mil cervezas en una esquina trujillana porque todos sus amigos habían viajado a otra playa fuera de la ciudad. Me llamó molesto para contarme todo esto. Hasta ahora no sé qué más pasó con él.
Y bueno, como dice Sabina: Yo no quiero 14 de febrero.
Tristes historias para San Valentín
De luto...
Somos los nietos, los hermanos, los sobrinos, el hijo de quien fue para nosotros algo más y distinto que una gran artista popular. Con ella compartimos la vida, las alegrías y las angustias privadas. Porque esa gran artista fue además nuestra abuela, nuestra hermana, nuestra tía, nuestra mamá. Es por eso que queremos llegar a ustedes desde ese lugar íntimo, lejos de la severidad y la dureza de los comunicados oficiales: porque sabemos que también la quisieron y la siguen queriendo aún mucho más allá de la cantante y de la artista que los acompañó tantas veces, a la que han hecho parte de su familia aún sin tener lazos de sangre.
Es desde este lugar que queremos contarles que Mercedes -la mamá, la tía, la abuela, la hermana-abandonó este mundo el día de hoy. Pero también queremos decirles que estuvo siempre acompañada-inclusive cuando ya no podía saberlo- por un desfile interminable de amigos y artistas populares, y en cada uno de ellos: Ustedes. Y que a pesar de lo triste de cualquier agonía, pasó esos últimos momentos en paz, peleando aguerridamente contra una muerte que terminó ganándole la pulseada.
Por cierto estamos conmovidos y queremos compartir con ustedes esta tristeza. Aunque, al mismo tiempo, nos queda la tranquilidad de que todos hicieron lo posible- incluida nuestra Negra- para quedarse un ratito más entre nosotros.
Lo que más feliz la hacía a Mercedes era cantar. Y seguramente ella hubiera querido cantarles también en este final. De modo que así queremos recordarla y así los invitamos a hacerlo con nosotros.
Infinitas gracias por ese acompañamiento que jamás dejó de estar presente.
Familia de Mercedes
Fuente: La web de la Negra
En invierno es mejor un cuento triste
Hoy es día para un post triste. Intenté besar a mi ex y me rechazó. A veces pienso que a ellas les gustan los tipos malos. Especialmente los tipos que se acercan sigilosos con cara de buena gente y les rompen el corazón. Esos que terminan siendo sus amigos porque ya cumplieron la meta y se fueron. Lo siento, soy un corazón roto. Un corazón inerme que se ha ido a la mierda. Bonito, de a poquitos y con dolor, como debe de ser. Porque siempre me han gustado las cosas que son como deben ser. Como antaño, porque me imagino a los abuelos afanándose. Así que creo que es la hora de terminar contando la historia calata, sin ropa interior. Nomás porque estoy deprimido, y siempre es bueno echarle la culpa a una enfermedad, aunque este no sea el caso.
Kathy y yo nos conocimos en la universidad. Nacional, Mayor, de San Marcos y eso. Bailamos cheek-to-cheek (como dijo Telmo) una salsa preciosa y atorrante. La miraba con ojos raros, lo sé. Con mis ojos de mirada profunda, como decía una amiga mía, a la que no puedo recurrir a estas horas. No pasó nada aquella vez.
Años después robé vilmente su celular. Le dije a una amiga suya que llamara del mío y luego, con el teléfono de mi antigua chamba, hablamos durante horas. Mi jefe me dijo que tenía consumidos más de mil minutos al mes y que podía botarme. No me importó. Le dije, olímpicamente, que soy bueno en lo que hago y que no me joda. Jorge entendió. El día que me lo dijo, comiendo un caldo de gallina en una esquina de Canadá, me dijo que viviera, y que si era con ella, mejor. Ese día lo bauticé como mi padre (putativo, of course).
Esta es una declaración de principios. Ámala sobre todas las cosas. No tomes su nombre en vano. Santificarás sus fiestas (o días gratos). Desde que salimos, un tarde del 25 de junio del 2006, hasta que terminamos, el jueves antes del 12 de setiembre del 2007, quisimos ser felices.
El 12 de setiembre del 2007, en un ataque hedonista, fumé una buena marihuana y me hizo ver colores en mi vómito. Desde ahí, he vagado entre mujeres de sonrisa fácil y corazón roto. He viajado (o huido) buscando a mi abuelo y a mí mismo. No los encontré, sino detrás de sus ojos color pepita de níspero. He querido pensar que las historias de las comedias románticas de Tom Hanks no son ficción y que algún día haré una locura lo suficientemente grande para que vuelva. No se puede. Ella está lo suficientemente loca para que cada una de las cosas que haga le parezcan locuras tristes de un tipo triste. Y sí, lo soy.
Estoy triste porque hoy hice el último gran intento. Portarme como uno de esos patanes que le rompieron el corazón (incluyendo los últimos dos, que ella no sabe que yo sabía… en realidad no supe, sino que lo sentí). No pude. Casi, casi, le pedí permiso. Lo sé, soy un huevón. Hoy, no sé qué pase.
Hoy no sé qué pase porque es la primera vez que admito en público que hay cosas que no hemos terminado. Que hay cosas que no debo contar aunque por un ratos diga que prefiero la verdad calata, sin ataduras. Que no funcionó el consejo de los amigos (sus amigos, que aún me quieren de cuñado) de forzar las cosas. Porque en eso sí soy débil. En ella.
Con ella, en cambio, era(mos) fuerte(s), pero eso es otra historia. A veces, en invierno, es mejor un cuento triste. Y aún no llegamos a primavera.
PS: No le he hecho ping a mis auspiciadores. Es mejor que el pueblo no me vea tan vulnerable.
La canción que escucho justo ahora.
Read More......Lucía
Esa tarde de octubre, Lucía, la Caro y yo nos conocimos. Me abordaron en una esquina de la avenida Pardo mientras yo fumaba un cigarro. Lucía solo me preguntó dónde podían comer y yo decidí acompañarlas porque mi hora de almuerzo me martillaba el estómago con la misma fuerza que sus ojos pardos. Luego supe que estaban hospedadas en un hotelito sanisidrino que no conocí hasta la noche, después de que cenamos pizza y bebimos pisco peruano y vino chileno.
Esa noche, en el segundo restaurante al que íbamos juntos desde que nos conocíamos, descubrí que ambas eran diez años mayores que yo y nos morimos de risa, comimos y bebimos. Mientras la Caro nos vigilaba, Lucía y yo nos tomamos de las manos. Por un momento, me vino a la mente el nombre de esa vieja serie gringa: Yo amo a Lucy.
Yo amé a Lucy. Y ella a mí. Nos amamos esa noche mientras la Caro dormía en la habitación de al lado y nos seguimos amando un par de noches sucesivas. La cuarta noche fui hacia el aeropuerto a dejarlas.
Lucy debía tener 30 años el 2004 y desde aquellas tres noches no dejamos de hablar por MSN. Todos los lunes, a las 6 p.m., conversábamos sobre cualquier cosa que nos permitiera pensar que ella andaba por Lima nuevamente, o que yo conocía esa ciudad extraña y fría llamada Valdivia, cerquita de La Serena.
Un lunes no llegó. Al siguiente, tampoco. A la tercera semana la Caro me contactó: el cerebro loco de Lucy había rebotado mil veces en el interior de una camioneta luego de la volcadura. Que no me preocupe. Que el siguiente lunes Lucy estaría de vuelta. El lunes de la cuarta semana apareció, adolorida, ante su webcam. Y yo ante la mía, acariciaba uno y cada uno de los golpes que había tenido. Que suene cojudo: recién ese día nos soltamos un “te amo”. Lucy (y yo) en el cielo, con diamantes.
Un día, tiempo después, Lucy me propuso ir a verla. Andábamos por marzo y mis ahorros estaban designados a un boleto de avión sin pasaje de vuelta. Una semana después me propuso vivir con ella. Yo ya había hecho mis maletas sin que mamá y papá supieran que sacaría un pasaporte, renunciaría a mi trabajo, abordaría un vuelo directo a Santiago y luego tomaría un tren al sur (o algo que se le parezca). Hasta que tuvimos esta charla:
Lucy says: Hola bebé ¿Cómo andás?
Angel says: Peor que tú, espero ;)
Lucy says: Tenemos que hablar.
Lo que siguió fue un final del que solo recuerdo algunas frases:
Lucy says: ¿Tú me pedirías que cambie por tí?
Angel says: Nunca.
Lucy says: Pues yo no puedo pedirte que cambies tu vida entera por mí.
Ese día Lucy me confesó que desde el accidente sufría dolores de cabeza, tomaba pastillas para disolver un coágulo rebelde y olvidaba cosas de tanto en tanto. Que algunas veces había dejado de entrar al MSN porque no recordaba que su contraseña era Tinta Roja, el título de uno de nuestros libros favoritos. Me dijo también que sería la última vez que usaría esa cuenta de correo. Y lloramos hasta que no pudimos más.
Hace mucho que no sé nada sobre Lucía, pero hace poco pensé en ella mientras caminaba por Miraflores y fumaba un cigarro, cinco años después, en aquella esquina de Pardo. Ahora que recuerdo, un día apareciste. Fue después del terremoto que zarandeó todo Lima el 15 de agosto del 2007. Tu nickname decía: “Espero que te encuentres bien”.
Tres historias del Bronx
“Te voy a decir algo. Tú solo tienes permitidas tres grandes mujeres en tu vida. Ellas llegan como los grandes luchadores, una vez cada diez años: Rocky Marciano, Sugar Ray Robinson, Joe Louis. A veces las tienes todas a la vez”
Sonny, en Una historia del Bronx (A Bronx Tale). 1993
La primera, casualmente, también se llama C. Teníamos 15 y jugamos a ser novios en la sala de su casa, donde nunca nos encontraron haciendo el amor. Hice que me dejara mientras yo me encontraba de viaje y me terminó en una llamada, un 14 de febrero, solo para que suene huachafo cuando lo cuente. Aquel día yo estaba ebrio luego de haberme tomado un tequila y el único testigo de mi primer corazón roto fue un teléfono público. Con ella aprendí a no ser nunca como su padre.
La segunda se llama B. Me enseñó a bailar y comer en sitios caros, a vestir camisas y a regalar rosas compradas en florería. También aprendí que uno debe conocerse. A sus 24, ella quería rebelarse a su familia estando con un chico cuatro años y medio menor, y yo le dije que estaba dispuesto a no enamorarme para que cumpliera su cometido. Me equivoqué. Me dejó y le debo haber dicho cosas horribles cuando lo hizo. Tantas, que no la he vuelto a ver.
Miento. La tuve cerca una vez. En ese entonces estaba con L. –cuya inicial verdadera no pienso citar– y fuimos a una discoteca. De pronto, llegó B. Yo le había contado la historia a mi novia de ese entonces y su reacción fue alucinante: Me tomó de la mano, me llevó a bailar cerca de B. y su nuevo novio. Y me besó con toda la ternura con la que puede hacerlo una cazafantasmas. Nunca le vi la cara a B. y no me importa si ella me vio. Solo quería que el tiempo se congelara en la sonrisa de L.
La sonrisa de L. se congeló. Poco a poco se fue volviendo fría y no hice lo mínimo indispensable para calentarla. El jueves anterior al 12 de octubre del 2007, en una calle de San Borja, me dijo adiós sin que yo atinara a pedirle que se quede. Y ese fue mi error.
Nunca más le he vuelto a contar cuentos a nadie en un parque. No he vuelto a recorrer medio Lima en tiempo récord. No he huido de ladrones aferrado a la mano de alguien a quien quería proteger. He dejado de escribir cuentos con dedicatoria que algún día serán un libro. Y no he vuelto a disfrazarme de payaso para mi sobrina mientras pensaba que la función era para dos. Con ella aprendí a pensar de a dos, aunque a ratos olvidé cómo.
Lo curioso es que los caminos de L. y el mío se cruzan todo el tiempo. No sé si es porque cuando uno quiere a alguien, un ente supranacional hace que esas personas estén cerca. O si solo es que nuestros intereses siempre han sido los mismos. Algunos me dicen que la odie, otro que la deje en paz. Unos pocos hombres del Ángel Gris me piden que siga luchando, no porque el que persigue alcanza, sino porque cerca de ella es la única forma en que yo sea el tipazo que soy. Quizás ya pasaron las tres de las que le habla Sonny al joven C. Solo tengo 25, y una afirmación así da miedo.
**************
PS: De las tres, solo L. pasó a la primera (en un taxi y no en un auto que no tengo) la Prueba de la Puerta, que Sonny también dio a conocer a C. (Callogero, para su padre). Aquí la transcripción.
- Hazle mi prueba, la Prueba de la Puerta –le dijo Sonny a C.
- ¿Qué es eso? –preguntó Callogero
- Escúchame: Llegas a recogerla. Antes de salir del auto asegura ambas puertas. Sales del auto, caminas hacia ella. La llevas al carro. Tomas la llave y abres la puerta para ella. La haces entrar y cierras la puerta. Caminas detrás del auto y miras detrás de la ventana trasera. Si ella no se estira y quita el seguro para que tú puedas entrar, déjala.
- ¿Así nada más?
- Escúchame muchacho. Si ella no se estira y levanta el seguro para ti… Es porque ella solo piensa en sí misma y todo lo que estás viendo es la punta del iceberg. Déjala rápido.
- ¿Y qué hay de todas las cosas bellas que acabas de decirme sobre hacer lo que mi corazón me diga, encontrar a alguien que ponga viento en mis velas? Ella podría ser una de las grandes.
- Tonterías chico, lo que importa es la prueba de la puerta.
La Prueba de la Puerta, según Sonny, está en los últimos tres minutos de este video.
Read More......Un poema violento
(o un triste y pobre homenaje al buen Mario Benedetti)
Necesito drogarme,
necesito alcohol,
necesito una hembra que cabalgue en mis piernas,
la necesito a ella
.
.
.
No,
solo a ella
Querida C. (y otros cuentos de vampiros)
Preludio (o la novia de Wolfgang)
Se casa en diciembre. Me lo contó con el rubor en las mejillas de alguien que llama a ese acto "un error". Tiene 19. Se sienta a mi lado durante poco más de seis horas y me coquetea descaradamente para luego hacerse la ofendida cuando la beso, después de la cena en un bus que camina a paso de locomotora desde Lima hasta Cusco.
No diré su nombre completo porque uno no puede andar publicando esos datos. Su futuro esposo, el alemán, tiene suficiente con no saberse cornudo y yo me siento como si hubiera roto el pacto más importante del mundo al no haber sido capaz de cumplir con eso de la solidaridad de género. Sin embargo, su frase –extraída de toda una infancia viendo telenovelas– todavía retumba en mis oídos.
– ¿Por qué me besaste?
Villegas (o el hermano Miguel), me dijo una vez algo que me dolió, entre las muchas cosas dolorosas que me ha dicho: “Un hombre puede tener mil relaciones y morir enamorado de la misma mujer. En cambio, cuando una mujer busca a otro hombre, es que ha olvidado al que lo precedió”. Nunca más equivocado. Milagros me demostró que aún una mujer puede estar enamorada de otro y hacerse la ofendida cuando uno la besa. ¿O es que de verdad cree haberse equivocado con el gringo?
Cuando me deja, abandono ese estado raro de quién no sabe cómo comportarse. Es más fácil andar sin compañía en esas circunstancias. Más aún en las que me obligan a tomar un bus que en poco menos de 20 horas llega a una ciudad lluviosa que amo y en la que un taxista, Jorge, me recibe a bordo de un Tico adornado con una multitud de imágenes del Señor de Huanca y del Taytacho de los Temblores.
Antes de hacerle cambiar cincuenta soles para pagarle una carrera que cuesta tres, dispara: “¿Cómo está Lima? ¿A qué viene?”. No se si de dio cuenta por la pinta de náufrago, por los jeans viejos, o la mochila enorme sobre la que se alza un sleeping bag. "Puta madre –pienso– yo que no quería parecer limeño". Felizmente, no lo soy.
– He venido a buscar a mi abuelo –le dije a Jorge, sin contarle que él murió hace veintiséis años.
Read More......Historias del día de brujas
El padre Dubois dice que todas las mujeres son, en realidad, brujas. Y que todas las brujas son el diablo. Desde su púlpito colige que todas las mujeres son –sin saberlo– el demonio, que toma diferentes formas para que los hombres tengan, al menos, un pecado capital en su vida.
El turco Ahmed, cuentan en el barrio, fue seducido por una mujer misteriosa que lo hizo desaparecer de la casa que luego ocupó Tupa Ginares, el yorugua del tambor piano, mucho antes que el árabe Akram y sus hijos llegaran en el barco. Omar, el hijo del árabe, recogió de las historias que se cuentan durante las partidas de dados en la trastienda de su padre, una lista de aquellas mujeres que el turco Ahmed no había podido olvidar y se dio cuenta que el desaparecido podría ser el único hombre del mundo que ha sido seducido por siete brujas y siete pecados distintos.
La lista elaborada por Omar el árabe comprometía a las siguientes mujeres y los pecados, listados en este orden: Gula, avaricia, envidia, ira, pereza, soberbia y lujuria.
Dicen que después de ésta última, el turco Ahmed conoció a la suma de todas ellas y desapareció. Aquella mujer de busto generoso, que bailaba demencialmente y hacía el amor como si la noche se acabara a la hora siguiente, tenía los ojos grises y lo despreciaba antes de decirle que lo quería. Era el diablo en persona. Read More......Fátima. Gitana. Caderas anchas y busto generoso. Él la veía a diario caminar por la vereda de enfrente. Una noche decidió cruzarse con ella y la invitó a comer, haciéndole prometer que solo se iría cuando acabara la cena. Ahmed comió toda la noche esperando convencerla de quedarse con él hasta que se le acabó el pan para los kebabs. Cuando fue a comprarlo se escuchaba un tango, ella desapareció siguiendo la música.
Monique. Francesa. Delgada y de cabello azabache. Cuando Ahmed la conoció ella bailaba en la feria que una vez al año se montaba en octubre y solo se detenía para contar las pocas monedas que le daban los parroquianos. Ahmed arrojó su último centavo antes de que ella regresara a la mansión que tenía en las afueras de la ciudad.La reina de Saba. Prostituta. Sus dotes no están en discusión para nadie en el barrio. Su nombre verdadero nadie lo sabe. Ella se enamoró perdidamente del turco luego de haber conocido a varias de las mujeres con las que él se había acostado. Se mató cuando se dio cuenta que no podía tenerlo.
Sabina. Brasileña de ojos grises. Él la saludaba todos los días y dibujaba una flor sobre la marca de su aliento en el vidrio para quitar el laconismo de su mirada. El idilio duró tres días, hasta que se besaron a través del cristal de la casa de cambio que ella regentaba. Cuando él se despidió, con la promesa de regresar al día siguiente, ella lanzó una banca contra la ventana e incendió el edificio. Dicen los que estuvieron ahí que nunca habían visto tanto fuego en los ojos de una mujer. No se ha vuelto a saber de ella, aunque algunos cuentan que en el barrio alto hay una dama que golpea demasiado fuerte.
Paula. Paraguaya. En el único viaje que hizo el turco Ahmed desde que llegó, ella lo sedujo. Cuando él se acercaba, ella se alejaba. Cuando se aburrió, lo dejó en medio de una pista de baile, completamente enamorado. No hay mayores crónicas al respecto, pues al día siguiente el turco fue asaltado y le robaron, junto al poco dinero que le quedaba, sus recuerdos de la noche anterior. Tuvo que regresar a casa luego de trabajar dos meses en un restaurante de mala muerte.
Lucía. Chilena. Un día, luego de muchos años de enviar y recibir misivas, el turco Ahmed recibió una que tenía escrita una sola línea. “Querido Ahmed, lo amo. Lucía”. El turco, en ese tiempo joven, alistó las maletas, listo para viajar a la dirección del remitente. En el mismo barco que iba a abordar, llegaba otra carta: “Estimado Ahmed: Tengo novio. Usted debería tener novia. No puedo obligarlo a seguirme hasta acá y usted no puede obligarme a llevar una vida diferente a la que acostumbro”. Ahmed lloró y no recibió más cartas pese a que todos los días bajaba al puerto para ver si uno de los miles de sobres que había enviado llegaba a su destino. A ella, por obvias razones, nadie le vio nunca el rostro. Incluso hay quienes piensan que fue solo un producto de la imaginación del turco. Ahmed también.
Inmaculada. Argentina. Nunca se oyó tanto ruido en la casa como cuando vivieron juntos, hasta que apareció el yorugua tocando un candombé con su tambor piano, varios años después. Ella, que había permanecido siempre virgen, le gritaba al turco toda la noche hasta que él caía rendido en el intento de desflorarla. Una vez, luego de haber bebido whisky con unos irlandeses recién llegados, Ahmed confesó nunca haberla tocado, hasta el día en que ella murió repentinamente.
La mujer de tus sueños tiene el cuerpo de un Ferrari
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Read More......La neurona
- Ángel Hugo
- Célula irreverente y políticamente incorrecta. Se autoproclama periodista y asegura estar a mitad de la metamorfosis kafkiana que lo llevará a ser cronista. Fumador compulsivo, pensador aficionado, creador de neologismos, usuario de palabras rebuscadas, citador casi profesional de frases y hechos que nadie recuerda, inventor de realidades y cuenta cuentos despistado. Este es su tercer intento de ser blogger. Su mejor amigo todavía se pregunta por qué es tan ingenuo al pensar que ahora sí lo logrará. Yo también.
Disclaimer
Nube (o lluvia) de ideas
La persistencia de la memoria
Citas Citables
- "¿Sabes cómo matar a un cerdo? Lo haces correr hasta que no da más y luego le echas un balde de agua helada. Entonces, se le para el corazón" (Paskín)
- "Yo sí creo en la vida después de La Patrona, solo que creo en ella con la misma certeza con la que creo que existe vida en otro planeta..." (Prakzis)
- "Lo de estar jodido es natural, es como la depre, es solo el nombre comercial de la consciencia" (Carlos V.)
- "Tómalo por el lado B" (Gi)
- "¡Scheiße!" (Carmen K.)
Ínsula
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