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Cosas que mis amigos no entienden

Mi mejor amigo y yo. El único que realmente me entiende.



Mis ciclosde sueño. He luchado durante años contra el insomnio y él y yo hemos llegado a un sano acuerdo: yo lo uso cuando tengo que hacer cosas y él me deja dormir cuando sea total y absolutamente necesario. En el trabajo no entienden que si me paso una semana completa de amanecidas es porque el acuerdo sigue en pie. Ellos, que se preocupan por mi, me mandar a dormir (a veces de formas poco cariñosas). El caso opuesto también conduce al desastre: el otro día me llamó una amiga a las 4 de la mañana, luego de enviarme un mensaje de texto al celular (que, obviamente, no contesté por estar dormido) para decirme que vayaa su casa a beber. La mandé a la mierda lo más cortésmente que pude y, acto seguido, me fui a dormir. No pude. El sueño se había ido.

Que no me gusta verlos. A mi mejor amigo lo veo cada ocho meses. En el mejor de los casos,coincidimos un día en que no hay nada qué hacer y salimos a caminar y a tomar unas cervezas mientras que nos contamos lo desastrosas que ha sido nuestras vidas. En medio de todo, encontramos motivos para ser felices y reímos de aquellas cosas que, por separado, nos harían llorar. Él, que me conoce hace mil años, sabe que cada vez que lo veo, es la continuación de la anterior. Por eso me enerva esa gente que te llama para salir tres veces por semana, dar una vuelta, ver cómo estás, preguntar por tu perro y contarte lo que almorzaron. Lo hago, sí, pero solo con algunos elegidos.

Mi mal humor. Lo admito. Soy un tipo difícil de tratar. Mis amigos, los que me conocen hace mil años, saben que cuando estoy de malas es mejor no acercarse. Puedo acabar siendo sumamente hiriente y sacando los esqueletos del clóset para que recuerden por qué no se deben meter conmigo. La última vez hice llorar como un niño a un tipo que mide metro ochenta y tiene cuerpo de luchador. Nomás porque se atrevió a decirme que no sea tan amargado.

Mi relación con mis padres. A mamá le hablo cono si fuera un brother, con ajos, cebollas ytodo el chimichurri. Mis amigos se escandalizan cada vez que me escuchan hablar por teléfono con ella y me clavan, ipso facto, la etiqueta de mal hijo en la frente. En mi defensa he de decir que, al otro lado de la línea telefónica, mamá me trata igual. O peor. A papá, en cambio, le hablo con el mayor de los respetos pero reniego de sus manías y poca practicidad. Como cuando salgo apurado de la casa y él me dice que me jala para ir a la chamba. Se demora la vida para salir, casi siempre ha olvidado algo y debe volver a entrar para recogerlo. En el camino, recuerda que el auto no tiene gasolina y debe pasar por el grifo. Pese a todo, no me he bajado del auto a tomar taxi porque entiendo que sus intenciones son buenas. Tampoco le cuento nada de mi vida, pero es el primero al que recurro cuando necesito sacarme el nudo de la garganta. Y casi siempre sabe calmarme.

Mi trabajo. Veamos. Soy workaholic. Puedo trabajar hasta veinte horas al día entre la oficina y mi casa. A veces despierto y escribo notas mientras fumo. Las acabo,envío, y me voy al trabajo. No intenten persuadirme de que no lo haga. Enserio.

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Homenaje a San Martín

Tengo un ‘feeling’ especial con Martín Palermo. Es una cosa rara porque no me gusta escribir de fútbol en mi blog y no lo he hecho, ni siquiera, por el Diego (del que si me pondría a escribir tanto como hablo de él tendríamos una bitácora nueva llamada “Hipoteca Maradona”, o algo así). Pero Palermo es otra cosa.

Debe ser que me identifico con esos tipos que juegan hasta lesionados. Que a su edad, con las rodillas destrozadas, con 1.500 cicatrices en el cuerpo y en el alma, aún tienen un pedacito de cielo para repartirle a la gente. Debe ser porque quisiera llegar a viejo como él, que solo tiene 37 años pero que en su deporte es casi como ser un jubilado.

Quizás es porque yo también tengo las rodillas destrozadas, o porque cada año sumo una herida nueva al alma. O porque todavía tengo un pedacito de cielo guardado por ahí para regalar, aunque esté medio nublado y sin estrellas fugaces como las de hoy.

Los argentinos –siempre de ambiciones desmedidas– hablan de la película de Palermo como si esperaran que alguien en Hollywood fuera a comprar los derechos para llevar al cine esa historia extraña. Yo, de ambiciones más modestas, prefiero escribirle un cuento (o algo así).

 

En la tercera bandeja de la popular de La Bombonera conviven los jóvenes que no tienen dinero y los extranjeros que han sido estafados pagando el triple del precio por una entrada con la que ves el sueño de lejos. Gente que calienta la garganta mientras se congela por el viento helado de una ciudad que, irónicamente, se llama Buenos Aires. En la baranda que separa a los hinchas del vacío se ubican los entusiastas, los que cantan, los que se aprenden las letras de las barras de un equipo --que curiosamente se parecen a las que se cantan en mi país de origen, porque somos copiones y porque ese deporte que se juega abajo es igualito en todos lados--. Ahí, de pie, le he preguntado a un chico en sus veintitantos si es verdad que La Bombonera tiembla. Cuando termino de formular mi pregunta, Román suelta un balón como quien le da un hijo a un amigo para que lo cuide. Despacito, con cariño, casi una sutileza, porque entregar lo que más quieres en este mundo a otro debe ser un acto sutil y de confianza ciega. Y Martín le devuelve el gesto con un cariño, que los periodistas decían que no existía, con un toque de zurda, una red y un abrazo. Y luego de que yo me abrazo con ese pibe él me contesta: “Te decía, bolú, no tiembla, late”. Y yo sentía cómo un solo hombre provocaba un terremoto. Luego me di cuenta por qué le dicen Titán.

 

 

Este es aquel gol

 

Y este es su gol 300, anotado hace apenas unas horas

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Mi buena estrella

Mi buena estrella me dijo, con el ceño fruncido y ganas de cachetearme, que soy un tipo triste al que le gusta revolcarse en su tristeza quién sabe para qué. Y después de ese día en que se fue por un ratito terrible, mi buena estrella volvió y no quiero que se vaya de nuevo.

Hoy, por ejemplo, tomé un taxi en las calles de Magdalena –un distrito en el que siempre quisiera vivir por las noches– y le pedí al taxista que me lleve a mi casa previo paso por un cajero dónde sacar plata para pagarle. “Su transacción ha sido cancelada. Por favor, retire la tarjeta”, me dijo en dos estaciones de servicio el aparatito de marras ese, sin darme ni un billete. Era la 1:30 de la mañana, tenía 30 centavos en el bolsillo y compré una bebida con mi tarjeta solo para saber si el problema era que esta había sido inexplicablemente bloqueada. No era así, pero igual el chofer se negó a llevarme hasta mi hogar, esperar a que tocara el timbre y bajara con el dinero: “¿Es edificio? No, ahí no acepto. Ya me la han hecho muchas veces”. Incluso se rehusó a aceptar la oferta inigualable de comprar productos en la tienda, con mi tarjeta, por el doble del valor que me iba a cobrar.

Me dejó varado, a ocho cuadras de la buena estrella y a miles de mi casa, que empecé a caminar porque tengo cosas pendientes que hacer en mi hogar y no en el suyo. De pronto, un milagro: una combi –uno de esos detestables vehículos de transporte público en el que todo peruano promedio como yo viaja apretado– paró y el cobrador me quedó mirando. “Te pago con esto hasta Guardia Civil”, dije mostrando la botella aún sin abrir para que abriera la puerta. Y la abrió.

Hace muchos años una mujer que no he vuelto a ver me dijo que no debería abusar de mi buena estrella. Me lo dijo un día, en que aparecí en su casa diez minutos después de haberme ido. Salí de ese lugar en el reino de “Muy Muy Lejano”, con una moneda en el bolsillo, con la intención de caminar un kilómetro hasta un paradero de autobuses y esperando a que aún pasara el que me llevaba a mi hogar. A mitad de camino, un auto pasó a mi lado y el copiloto me hizo un gesto ofensivo. Yo mascullé un par de insultos irreproducibles hasta para un tipo procaz como yo y el Toyota blanco se detuvo. Pensé que iba a bajar un tipo iracundo con muy buen oído dispuesto a pegarme un tiro, pero de pronto empecé a escuchar voces conocidas que se preguntaban entre ellas si el tipo que estaba parado al lado del camino era de verdad yo. Ellos, viejos amigos a los que adoro, me rescataron, me llevaron a comprar licor, a recoger a aquella mujer, beber en un parque, dejarla en su casa y luego, me dejaron en la mía.

Creo que esa mujer de mil años atrás tuvo razón en muchas cosas que me dijo, pero que en la que más acertó fue en eso de no abusar de mi buena estrella. Peor aún ahora que la he encontrado y no quiero dejarla ir. Por eso ahora solo soy un tipo feliz que quiere escribir(le) bonito a una luz que brilla en el cielo, a medianoche.

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Una vez me sentí Beckenbauer

La imagen es de un VHS viejo, que hoy debe estar enmohecido en una de las tantas cajas llenas de cachivaches que mamá guarda en la casa. Ahí, al costado del tocadiscos que saco de cuando en vez para escuchar Sinfonía Inconclusa en la Mar, Piero. El video, que me regaló papá, dice en la tapa “The World Greatest Players”, o algo así. Y chiquita, a un costado de la imagen detestable de Pelé saltando, aparece un gringo con cara de buena gente. Esa es la imagen que recuerdo con más cariño de un fútbol que no he visto en esta vida.

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En la semifinal de México ’70, ese Mundial que todo el mundo recuerda por míster Do Nascimento y nuestros futbolistas viejos, Franz Beckenbauer se dislocó el hombro derecho y jugó así los tiempos suplementarios del partido que su selección perdió 4-3 con Italia: con el brazo en cabestrillo, vendado, aferrándose con la mano de su extremidad lastimada a su corazón, para que no quepa duda. Y así, perdió.
Solo una vez me sentí cerquita a esos jugadores elegidos. No me refiero a lo que sucedió en mayo, cuando mi clavícula izquierda se salió de su lugar en medio de una noche en que me sentí un arquero suicida: “Hace poco, cosa de cinco meses, se convirtió en un joven futbolista retirado: saltó para despejar una pelota y un tipo de 150 kilos le cayó encima. Se rompió el hombro y el brazo izquierdo”, así lo narró Villegas en un libro que pensamos publicar. Pero no hablo de ese día.

En realidad, me refiero a lo que sucedió en noviembre del 2000. Entonces jugaba vóley, no leía diarios deportivos y estaba en quinto de media. Era mi último año en la selección del cole y tenía una cinta en mi camiseta que indicaba que era el capitán de un equipo condenado a ganar un solo partido, como todos los años, contra el más débil del grupo.

No recuerdo el nombre del equipo con el que jugábamos. Por la camiseta amarilla y el tipo alto que asesinaba con sus mates, creo que era el Santa María, uno de esos colegios que se hacen clásicos rivales porque competíamos por mujeres y hombrtía, como animales salvajes dispuestos a marcar territorio.
La jugada precisa fue provocada por un mate de ese tipo del que solo recuerdo el metro noventa y seis. El balón lo recibió Óscar, uno de esos hermanos que no tengo y que por su contextura y andar se había ganado el mote de “cansado”. El balón salió disparado hasta una posición imposible y yo fui por él. Cuando estaba apunto de llegar, mi rodilla maltrecha golpeó la banca y escuché un ruido suave. Me cambiaron. Por mí ingresó César, y me pusieron éter mientras el gordo cumplía con su labor de futbolista de equipo chico: podíamos vencer a todo un equipo los dos solos en el entrenamiento, pero apenas se ponía la camiseta, le pesaba. Luego ingresé. Nunca lo dije, pero esa noche no pude dormir por el dolor y me dopé con antiinflamatorios hasta que mi rodilla regresó a su tamaño normal. Carlos, la única persona que conozco a la que no le importa lo que pueda pensar fue testigo presencial. Caí justo a un metro suyo.

–Puta madre, estuve a esto de llegar –le dije, separando mi índice y mi pulgar apenas un par de centímetros.
–No llegabas –replicó.
–Tenía que haberlo hecho.
–No tenías por qué hacerlo. Sabías que no ibas a llegar, pero yo sé que pensaste que si lo hacías nadie se iba a dar cuenta que jugabas con la rodilla lesionada desde antes. No puedes con tu ego, solo querías que dijeran que hiciste la salvada de la década. Eres un huevón.

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El post que no pienso escribir

Sé que si alguien (aunque lo dudo) ha seguido mi peregrinaje, estará esperando el momento en que vea la luz al final del túnel y descubra a mi abuelo. Yo, al menos, he esperado el momento en que lo ideal se ha ido al diablo y descubro que su nombre, pese a ser igual al mío, no es lo mismo. Ese momento llegó, pero me he prohibido escribir sobre eso.

Sobre la historia de mi viaje por aquella zona del Valle Sagrado que casi no aparece en las guías oficiales de turismo (y por la que he caminado sin el más mínimo interés en turistear), solo puedo decir que llegué a donde el abuelo y que, como siempre, las respuestas están más cerca de lo que uno cree.

Luego de apuñalar un tronco de árbol regresaba derrotado rumbo al cruce de caminos, hasta que vi a una mujer que dice llamarse Elizabeth. Tiene 26 años y tres hijos. Yo le creo porque gente como ella no tiene por qué mentir. Ha salido de entre unos arbustos con la menor de sus niños envuelta en una lliclla que puede haber sido improvisada con una sábana color celeste-desteñido-que-en-otro-tiempo-pasado-fue-mejor.

La niña se llama Diana y su madre es la encargada de cuidar lo que algún día fue la casa de mi abuelo, y de mi viejo. He abrazado (a Elizabeth), y he cargado entre mis brazos (a Diana) como si fuera un náufrago mientras le explicaba a la madre cosas dementes sobre una búsqueda de mis raíces que seguramente no ha entendido. Durante quince minutos le he contado la historia de mi familia y he inspeccionado la casa donde vive de lejos, porque a nadie le gusta que un desconocido entre en su casa y esa no es la mía. Tampoco la de ella, porque Elizabeth la cuida junto a un esposo ausente en ese instante.

Luego, he regresado al cruce de caminos, he terminado de llenar de polvo mi jean con una caminada de quince minutos a Santa María. He regresado a Quellouno en la tolva de una camioneta de aquellos buenos amigos de la municipalidad, he tomado una ducha luego de haber sido brutalmente bañado por una tormenta selvática y he vuelto a algún lugar donde siento que todavía pertenezco. A Quillabamba. Después Cusco. Arribé al terminal a las 6:00 a.m. y me fui a dormir.

Ese mismo día, por la tarde, en Cusco, descubrí quien era mi abuelo. Me lo dijo una tía, vieja como el tiempo, a la que llamaré la curandera, pues fue ella quien sanó el brazo roto de mi padre con un par de cañas, la savia de un árbol y hojas de plátano, junto a mi abuelo. Cuando salí de su casa escribí los detalles en un cuaderno, llovía y las hojas sobre las que garabateaba se mojaban con mis lágrimas. No puedo contar más. La curandera me hizo prometerle que mi padre nunca se enteraría de los detalles. Yo he decidido cumplir.


Elizabeth

Elizabeth y Diana (o la luz al final del túnel)


Santos Aires

Santos Aires (o lo que queda de...)

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Eso que llevas ahí

Me he dado cuenta que en la última foto mis mejillas están hinchadas. Como si súbitamente hubiera engordado pese a los desarreglos de las noches cusqueñas que me llevaron a besar a una sueca con los ojos del color de un mar diáfano, el alcohol que he vuelto a tomar desde que dejé los ansiolíticos y a la gran cantidad de amanecidas conversando con Juanjo. En una de ellas, el Jotas me dijo una de aquellas verdades que uno siempre sabe pero no quiere admitir.

– Tú y yo sabemos que estás huyendo, no buscando.

Es verdad. He huido hasta un cruce de caminos, casi a 180 kilómetros de Camisea, que en el mapa apenas puedo identificar. Ahí me ha dejado una camioneta propiedad de la municipalidad de Quellouno, el último pueblo antes de llegar a Santos Aires.

De pie ahí, al lado del camino, me he dado cuenta que he variado el plan que me tracé cuando salí de Quillabamba. No llevo mi bolsa de dormir, lo que significa que no dormiré en medio de la selva. Solo traigo una casaca –por si llueve– y un canguro, donde descansan el mp3 y la navaja del abuelo.

Nunca, hasta ahora, he tenido la sensación de estar perdido. La de transitar solo por el lugar equivocado. Me he sentido perdido en el sentido de haber errado en mis acciones, y casi siempre he estado en lo correcto cuando he tenido la mínima noción de estar metiendo la pata, pero incluso aquella vez que me perdí en una barriada en Mérida y me apuntaron con un arma en la cara, tenía fija en la cabeza la idea de que algo iba a pasar. Pero esta vez la incertidumbre corta hasta la voz de Fito Páez y oculta el latido acelerado de mi corazón.

Hace una hora que he dejado el cruce de caminos. No llevo mapa, solo una indicación que me dieron antes de dejarme: “Ve por ahí, deben ser cuarenta minutos. En el camino te encontrarás con alguien de la familia Cahuache, un poco más allá encontraras la hacienda de la familia Centeno”, me dijeron. “Hace más cincuenta años esa era la hacienda de los Pilares”, pensé mientras me ponía los audífonos y colocaba aquella canción.

Estoy perdido. Encontré a una mujer con zanjas en el rostro que me anunció que estaba por buen camino: “Solo cruza el río y ahí nomás está, papá”. He despreciado un tronco viejo y llego de hongos por otros tres que ofrecían mayor garantía y he empezado a subir por un cerro sin saber que acababa de tomar, como diría Villeguitas, “una combi asesina directamente hacia la mierda”. Me doy cuenta de ello cuando he subido demasiado, me he fumado mi último cigarro, y veo –a los lejos– el cruce de dos ríos donde según la narración de mi padre, estaban los dos pabellones que componían su casa.

Me he sentado nuevamente en aquellos tres troncos que me hicieron atravesar el río para perderme durante una hora. Mi reloj dice que falta poco para que los benefactores que me llevaron hasta el cruce de caminos pasen por Santa María, un poblado de carretera donde me recogerán. De no alcanzarlos, bien podría buscar un lugar en el suelo para poder dormir hasta el día siguiente, cuando pasen nuevamente las camionetas del municipio. Desenfundo el cuchillo, admiro su hoja afilada antes de salir de Lima, con la que sin querer me hice un corte días antes. A mi mente llegó una frase, según la cual, nadie arriba a un lugar para el que no está preparado.

Tiempo atrás, Óscar Rodríguez –uno de los amigos más sensatos y entrañables que me dejó la escuela– me dijo que sabía cuándo pensaba que había errado cuando empezaba a golpear mi cabeza. La lectura semiótica de aquel castigo es que no me sirve de nada ser tan inteligente como todos dicen, cuando fallo en una cosa que cualquier otro podría hacer.

Hoy me he golpeado la cabeza tantas veces con la palma de mi mano, que he decidido despedirme de mi abuelo habiendo fracasado, y he tallado sus iniciales (que son las mías, a su vez) en uno de los tres troncos sobre los que estoy sentado. Con el movimiento, mi mp3 se ha encendido y nuevamente escucho aquella canción, solo quizás ahí me di cuenta que ya está muerto y dibujo una cruz encima. Luego, mi rabia empieza a apuñalar salvajemente el tronco sobre el que estoy sentado mientras las lágrimas corren por mi rostro. Cuando me detengo, ha empezado a llover. Es como una señal: “Lo importante no es llegar, lo importante es el camino”, dice Fito en mis oídos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(La tumba de mi abuelo, poco después de la lluvia)

 

Esta es la canción que escuché todo el camino, mientras me picaban los mosquitos y una cantidad enorme de bichos que no sabía que existían. Casi, casi, un himno para aquellos que buscamos.

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George of the Jungle

Tío George fue el primero que me enseñó el vicio de los videojuegos. Una de las contadas veces que he visto a mi padrino (guarapero, mujeriego y patadeperro) caminábamos por la residencial San Felipe y yo me quedé viendo una de aquellas maquinitas ‘coin-op’ con algún pésimo ‘shooter’ que entonces me parecía el mejor de los simuladores de vuelo.

El tipo enorme y fuerte, aunque delgado, me hizo entrar al local y, llegando en puntas de pie, pude jugar un rato. Luego vendrían las épocas de Street Fighter y sus secuelas, el reciente vicio de FIFA que disfruto junto a una cajetilla de cigarros algunas noches, cada vez más separadas una de la otra.

La última vez que lo vi él tenía un corte longitudinal a lo largo del abdomen y otro, en forma de arco que nacía en un costado del estómago, pasaba por debajo de su caja torácica siguiendo el diafragma y continuaba hasta terminar en el lado opuesto. Pesaba 45 kilos y luego de una complicada operación en el hospital María Auxiliadora, había sobrevivido de milagro al cáncer. Tiempo después de enteré que dijo lo siguiente:

“El doctor me ordenó que no coma helados. Yo pensé que era por lo frío, pero las chelas heladas pasan nomás”

Desde entonces no toma lácteos, lo han operado dos veces más (una del estómago y otra por un ‘lifting’ que acentuó su vanidad) y yo he aprendido a querer a mi padrino por ese cariño demente que le tengo a la gente libre. Sin embargo, su libertad (Aquí viene el momento en que alguien me dirá que no la confunda con libertinaje, pero es mi tío y prefiero pensarlo libre) lo ha llevado a caminos extremos.

Jorge, el que solo fuma cuando bebe o cuando viaja a Cusco para ver a Cienciano, dejó a su esposa en Quillabamba y se fue a Maranura, una ciudad vecina, donde le puso a su amante una tienda. Si la de mi tía Berna (horrorosa forma de nombrar a una mujer que se llama Sabina) tiene afuera un rótulo que dice “Mi Bodeguita”, la de la otra se llamaba “Su Bodeguita”. Luego, cuando los males lo aquejaron, dejó a su amante y regresó a su ciudad, y a su casa, pero en una habitación a treinta metros de la de su esposa.

George, de cariño, es el hijo mayor de mi abuelo. Dice Sabina Flores, su esposa, que ambos “son igualitos de pinta y de carácter”. Aunque ignoro si mi abuelo engañó a mi abuela, lo sospecho. El día que llegué, mi tío George entró al cuarto que me habían cedido. A pesar que había llegado tres horas antes y que lo busqué por toda esa ciudad chica no lo encontré pues se había pasado el día dando vueltas en el mismo auto que hace poco chocó y que le valió una pelea con dos mototaxistas. Usa lentes oscuros, para que no se le vean los moretones.

–Yo vivía en Canto Grande, por Acho –me dijo cuando finalmente pude hablar con él.

–¿Tu has vivido en Lima?

–Claro. Yo era muy andariego, conozco Lima, Huaral, Huacho, Paramonga, Huarmey, Supe. Todo eso.

–¿Y qué hacías ahí?

–Trabajando en lo que sea. Trabaje en el Ministerio de Salud. Era matarrata.

–¿Mararrata?

–Fumigador, pues. Al Banco de la Nación entré como cadenero, esos que cuidan las puertas, y ascendí hasta apoderado (N. de R: Eso sí no tengo idea qué cosa sea). Trabajé 39 años y 9 meses, ya después de mis aventuras.

–¿Y cómo te mandaste a mudar?

–No aguantaba, mi viejo era jodido. Me pegaba. Una vez había un mulo grandazo, tendría yo 13 años. Había un saco que pesaba un quintal, o sea unos cincuenta kilos, y quería que lo suba. Lo empujé de más, se cayó al otro lado y me metió una patada. Así era él, hasta que no aguanté más y agarré un camión. Me alojé en San Cosme, en el cerro El Pino, en Breña. Ahí chambeaba de jalapitas, en un ascensor. No me gustó y me fui a Puente Piedra. Tenía 17 años cuando me fui de la casa.

Esa conversación la registré con una grabadora encendida subrepticiamente y duró apenas media hora. Yo vestía los mismos jeans rotos con los que llegué a Quillabamba y que no me cambié hasta que llegó el momento de regresar a Cusco. Al día siguiente me llevó a una hacienda llamada Potrero, donde mi abuelo trabajó como capataz mucho tiempo después de vender sus tierras en Santos Aires. Me dijo, ese día, que extrañaba a su viejo, mientras yo jugaba con la escopeta que usa Jorge cuando va al monte, de cacería.

“Yo también”, le dije. No hablamos más. Al día siguiente, a las cinco de la mañana, tomé una combi asesina que llevaría mi rabia a su siguiente destino, con la convicción de que cuando uno busca encuentra muchas cosas. Incluso aquellas que no quiere saber. A pesar de todo, quiero mucho a George of the Jungle y a mi abuelo. Total, las andanzas de mi tío Jorge las conocí desde niño y no han cambiado la opinión que tengo de él, así que con mi abuelo pasa lo mismo. Todavía recuerdo a Jorge Pilares sonriendo, cuando pasé al segundo nivel de aquel videojuego viejo.

Recién me he dado cuenta que escribir me pone triste, que quizás he descubierto, como diría ;el buen Pedrito, que las fiestas de fin de año hacen que uno recuerde a los que no están. Acaban de pasar y he recordado, de pronto, aquel vaticinio tan lleno de honestidad que hiciera el tío George cuando me fui de Quillabamba.

–¿Cuándo te voy a volver a ver?

–Ya no me vas a ver de nuevo. Ya me estoy jugando los descuentos.

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Tío George y yo (aunque te juegues los descuentos).

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Episodio I: La amenaza fantasma

Nuca me gustaron los cementerios. Vengo, casi, obligado por esa estúpida misión de saber quién soy, de donde vengo y a dónde voy. Me he disforzado tanto que casi hasta podría cantar esa canción la, si supiera la letra. Estoy extrañamente excitado mientras busco dos nichos pequeños, uno al lado de otro, ahí donde han sido mudados aquellos cuyos cuerpos fueron cremados.

***

–Ni se te ocurra enterrarme en la misma tumba que tu padre –le dijo mi abuela a mi tía Elva, veinte años antes, quizás más.

Mi tía Elva me lo había contado un par de días atrás durante el almuerzo. Ella es la única soltera de los ocho hermanos (Solterona, corrijo) y vive en la misma casa que compartió con mi abuela hasta que esta falleció. Un día, cercano a 1960 mis abuelos se separaron y se repartieron los hijos. Jorge y Rebeca –los mayores– se fueron solos. El resto, con María Nelly Casas Alarcón. El abuelo, se quedó solo.

–¿Por qué se separaron?
–Nadie sabe. Nunca se pelearon delante de nosotros.

***

El cementerio de la Almudena es uno de esos camposantos antiguos que quedan en barrios igual de viejos. El barrio se llama Santiago, y la Almudena está en la misma avenida en la que mi padre jugaba en su adolescencia, cuando ya había dejado Quillabamba y mucho después de salir de un lugar perdido en la selva llamado Santos Aires.

Ahí están las cenizas del abuelo. A menos de cien metros de la entrada y a cinco centímetros del suelo. Cerca de una iglesia vieja y a la entrada de un antiguo camposanto donde, hasta hace algunos años, dormían los restos de los hijos ilustres del Cusco colonial. Mi abuela está a su lado. Cuando ambos murieron, sus restos ocupaban nichos distintos. Luego decidieron cremarlos y mi tía Elva los ubicó juntos, pero no revueltos.

En contra de la usanza cusqueña, que ubica a las parejas cremadas en un mismo hoyo en la pared, a ellos los colocaron uno al lado del otro. Presumo que mi tía tuvo a bien seguir fielmente las indicaciones de su madre y sacarle la vuelta a la situación. Mientras tanto, yo he confundido el nicho con otro donde el nombre se lee a medias por la cantidad de flores e, incluso, he tratado de abrir aquel recinto equivocado con una llave pequeña. Le ofrezco un clavel a aquel difunto cuyo sueño he interrumpido y encuentro, gracias a Juanjo (el primo-gruía que me acompaña pese a que odia los cementerios tanto como yo), el lugar correcto. José Ángel Pilares Campana murió un tres de febrero de 1982. A veces es la muerte el lugar por donde se empieza a buscar.

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Telemaquía (o el regreso a uno mismo)

El título de este post me lo dio Luna Longwood, hace casi un año, cuando le conté mi plan. Ella me dijo que todo hombre, en algún momento, deseaba regresar a la figura paterna ausente, como el buen Telémaco en la Odisea. Hoy es mi día. Y no hay planes.

El único plan que tengo es llegar a Cusco. Después ir donde los tíos y embarcarme hacia una hacienda perdida en la selva de la que solo quedan casuchas viejas. Se llama Santos Aires y ahí vivió el abuelo. Nunca lo conocí. De él solo sé que murió un año antes de que yo naciera y que se llamaba Ángel, como yo.

Fuguet citó alguna vez a Alejandro Jodorowsky. En su libro La Danza de la Realidad, Jodorowsky dice: “Con los años comprendí que el nombre y el apellido encierran programas mentales que son como semillas. De ellos pueden surgir árboles frutales o plantas venenosas. En el Árbol genealógico los nombres repetidos son vehículos de dramas. Es peligroso nacer después de un hermano muerto y recibir el nombre de un desaparecido. Eso nos condena a ser el otro, nunca nosotros mismos”.

Con el abuelo sucede lo mismo. Nunca lo conocí y, aunque nadie espera que yo sea como él, he querido siempre aprender lo que él alguna vez supo: disparar una carabina, o curar una fractura con cañas y savia de un árbol. Sin embargo, soy citadino. Nací en Arequipa, la tercera ciudad más grande del Perú y luego me moví a una urbe convulsionada como Chiclayo, en el norte. Luego llegué a Lima en la época en que Alan García (quien por estos días anda repitiendo mandato) convirtió a los peruanos en millonarios a los que un ajo de billetes no les alcanzaba para comprar un pan.

Pero regreso al abuelo. O al menos ahí siempre quise volver, aunque la gente no entiende mis motivos y yo no sé explicarlos. No me interesa llegar a un lugar lleno de casuchas viejas, sino descubrir a quien vivía ahí. El plan, repito, es que no hay uno. Solo sé que debo regresar el 26 a Lima, para trabajar nuevamente y que, entre mis reglas, solo figuran no beber, preguntar mucho y fumar solo lo necesario.

En mi equipaje solo llevo el mp3 con el soundtrack de mi vida y mi cámara, dos libros de referencia y un reportaje de Tom Wolfe que compré en Buenos Aires, una libreta para tomar notas y una grabadora de audio, poco dinero y una navaja que mi abuelo usó. Papá la ha guardado celosamente desde que falleció. Al igual que mi padre, aquella navaja no ha podido regresar jamás a Santos Aires.

Dicen que todo viaje es una pequeña muerte. Cuando uno deja su casa, la vida continúa para aquellos que abandonó, o que lo dejaron. Yo lo sé y este viaje es una manera de terminar de dejar atrás cosas que siguen doliendo (aunque cada vez meno). Por mi parte, el asunto es aprender a descubrirme a través de aquel que llevó mi nombre. Solo así podré entenderlo a él, a mi padre, a mi, y a las generaciones que me sigan.

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Dos pájaros, un tiro. El concierto de los que sobran

A las 9 en punto de la noche del 21 de diciembre, Joaquín y Joan Manuel bajaron unas escaleras. Se burlaron uno del otro y me hicieron llorar encima de otras escaleras que el sueño de todo fanático hubiera querido que bajen ellos mientras cantaban, tal como lo hacían a cincuenta metros de mi. De mi y de todos.

Las escaleras son el camino al cielo. En la Biblia, Jacob tiene una visión en la que sostenía una escalera que llegaba hasta el cielo. Desde la cima de la escalera, escuchó la voz de Dios, que repetía muchas bendiciones hacia él. Cuando yo subí una escalera, escuché una bendición de Joaquín y Joan Manuel que no recuerdo.

Prometí ir a ese concierto como he prometido ir al de Soda Stereo, pero no podía pagar los 118 soles que cuesta la entrada más barata, de la que sólo quedaba la última fila dos días antes del evento. En su lugar, hice lo de Jacob y tomé una escalera. La del puente peatonal del Jockey Club. Pero no era el único.

Cuando llegué, hacían veinte minutos que había empezado Dos Pájaros de un Tiro, la gira mundial de Sabina y Serrat, o viceversa, que no es lo mismo ni es igual. Veinte minutos de concierto ya me decían que había veinte personas en el puente peatonal. Lo más irónico es que los desposeídos escuchan el concierto justo al frente de donde ingresan aquellos que poseen una entrada Platinum que costaba 495 soles con 50 centavos.

Habían veinte personas tomando y fumando mientras trataban de oir cada canción. Ya lo dije, pero lo repito con la misma insolencia con la que Sabina tomó una foto antes de decirle a su compadre que "los catalanes han inventado el amor por no tener que pagar por tirar". Yo no podía verlo, creo que ni siquiera lo escuché. Sé que lo dijo y lo imagino como imaginaba, al igual que todos los que estábamos en esa escalera que se necesita para subir al cielo, por tí seré, por tí seré.

"¿Chela, chela? ¿Causa, quieres chela?" era un susurro que recorría la escalerita esta que me andaba llevando hasta el cielo. Quique y yo compramos una a cuatro soles, pidiendo rebaja. Si una escalera te lleva al paraíso, el sólo hablar de dinero te regresa de un jalón a la tierra mientras Joaquín alterna con Serrat eso de que "Tu nombre me sabe a hierba / De la que nace en el valle / A golpes de sol y de agua / Tu nombre me lleva atado / En un pliege de tu talle / Y en el bies de tu enagua / Porque te quiero a ti, porque te quiero / Aunque estás lejos yo te siento a flor de piel". Bis, bis, bis.

Una hora después había oído Princesa, mucho antes que Serrat le respondiera a Sabina que cataluña ha aportado a la historia de la humanidad, cosas de tanta importancia como Ronaldinho, Leonel Messi y el consolador. Me dieron las diez, pero no me dieron nunca las once. A las 10:20 habían cincuenta hombres y mujeres queriendo tener un oído de tísico insuperable. Cuando había invertido un cigarro en gilearme a un pésimo prospecto y a Quique su prospecto se le había escapado (o mejor dicho, la mandó a volar), cuando la conversa con Zelez y Vlad (que no conversaba, sólo añoraba) se había vuelto casi perfecta, se acabó la magia.

Todos esos que esperábamos que alguna de las mil 130 entradas que se habían quedado sin vender llegaran a nuestras manos y estirábamos los cuellos para poder ver la mitad de la cabeza de alguno de los dos pájaros en una pantalla gigante tapada por un muro, fuimos expulsados de nuestra escalerita al cielo por una horda de hombres color verde policía. Ese color que uno aprendió a odiar en la Venezuela de Chávez. Ellos, of course, se quedaron escuchando algo que sus cerebros no les permitían entender, como no comprendieron la afrenta de Zeles, cuando nos íbamos, de subir la escalerita, caminar por el puente, escuchar un poquito, y bajar.

En mi bolsillo sólo habían, además de mis pasajes y una cajetilla de cigarros, nada. No iba a ir a La Noche a esperar el milagro de que Joaquín y Serrat aparezcan a tomarse una copa del Perinet de las bodegas que tiene Serrat. Al día siguiente, tempranito, ellos se iban con un millón de dólares en el bolsillo. Al menos así me dijeron. Pero cumplí la promesa de ir a escuchar a dos pájaros matarse de un tiro. La única que le cumplí.

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Papás por siempre

Acabo de leer un post de Renato acerca de esos días que a todas las mujeres deben venir y de los estragos que provoca el hecho de que esos días no lleguen, y empecé a recordar el día en que ese día no llegó.

"No viene", me dijo. Teníamos 16 y pasé 26 días consecutivos (incluyendo sábados, domingos y feríados) yendo a ver a mi madre -la imagen de la virgen maría de la iglesia del parque Kennedy-, rogándole que ese día llegue y buscando trabajo en los clasificados del Comercio.

Por esos días, mamá (la que me parió, no la Virgen) me mostró ese horroroso documento sobre el aborto que les daban a las chicas del colegio donde trabaja como profesora, en el que un feto cuenta a mamá lo que le sucede desde el momento en que es concebido, hasta el momento en que someten a su madre a un aborto inducido. Imagínense, no había salido del colegio, ya pensaba en ser papá, y me ponen eso al alcance de los ojos.

Por fin, un día antes de que ella se someta a la prueba de orina que decidiría el día de mi muerte con un paternal balazo en la cabeza, llegó. No pasó nada, felizmente, pero no entiendo hasta ahora cómo una mujer puede sufrir un retraso de 26 días. Aún así este post no es sobre mi, sino sobre aquellos amigos que no tuvieron mi suerte, pero sí el valor para vivir y ser felices con sus hijos y sus novias.

Un día recibí un email de C, el hermano que nunca tuve. Me pareció raro porque él no suele escribir y mucho menos enviar cadenas. Lo abrí y decía, en pocas palabras y con una emoción incontenible, que yo y los cinco amigos de su universidad a quienes iba dirigido el correo masivo íbamos a ser tíos. Tomé el teléfono y apenas contestó le pregunté, con la misma impactante franqueza con la que nos hemos tratado siempre, si debía felicitarlo o compadecerlo. Cuando sentí su tono de voz aliviado, lo felicité, colgué y luego grité por toda la redacción que iba a tener un bebé. Eso fue mucho menos surrealista que cuando recibí una llamada de M, uno de mis mejores amigos del que sólo criticaba sus ansias de ser irresponsable toda la vida.

- ¿Dónde estás? -me dijo con una voz de velorio que sólo podía interpretar como que acababa de pelearse con A-.
- Abajo de mi casa, en la cabina de internet. En un toque zafo a la Universidad, que tengo clases.
- Ven -replicó como esposa urgida-- Tengo clases -respondí sin ganas de ir a verlo-.
- Creo que metí la pata.

Bastó que M dijera esa frase para que le dijera que llegaba en cinco minutos. Salí, tomé un taxi. Contrario a mi costumbre no le dije ni pío al taxista porque sólo pensaba en llegar a la esquina de Javier Prado donde habíamos quedado en encontrarnos. Ahí estaba él y la chica que en uno de esos breves breaks que dan lo novios, me había gustado.

El trámite fue rápido. Me dio el sobre que ya habían leído y cuyo resultado no habían podido descifrar más allá del "felicidades, estás embarazada" que les dijeron en la clínica. Querían que fuera yo quien les dijera que ella tenía 6 semanas de embarazo. ¿Felicidades? Suena a cacha a veces. Tuve un arranque histriónico y adopté la postura firme y la cara seria mientras mis manos temblaban. "And the winner is..."

Hoy M y C viven felices con sus novias y los pequeños M y C. El primero aprendió a crecer y el segundo a ser feliz viendo como su hijo aprende a hacer caquita por si mismo. Ambos tuvieron que aprender a cambiar pañales. Lo único es que yo hasta ahora no aprendo a ser tío. Si no sé ser tío, peor aún sería si fuera padre.

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Citas Citables

  • "¿Sabes cómo matar a un cerdo? Lo haces correr hasta que no da más y luego le echas un balde de agua helada. Entonces, se le para el corazón" (Paskín)
  • "Yo sí creo en la vida después de La Patrona, solo que creo en ella con la misma certeza con la que creo que existe vida en otro planeta..." (Prakzis)
  • "Lo de estar jodido es natural, es como la depre, es solo el nombre comercial de la consciencia" (Carlos V.)
  • "Tómalo por el lado B" (Gi)
  • "¡Scheiße!" (Carmen K.)

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