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Homenaje a San Martín

Tengo un ‘feeling’ especial con Martín Palermo. Es una cosa rara porque no me gusta escribir de fútbol en mi blog y no lo he hecho, ni siquiera, por el Diego (del que si me pondría a escribir tanto como hablo de él tendríamos una bitácora nueva llamada “Hipoteca Maradona”, o algo así). Pero Palermo es otra cosa.

Debe ser que me identifico con esos tipos que juegan hasta lesionados. Que a su edad, con las rodillas destrozadas, con 1.500 cicatrices en el cuerpo y en el alma, aún tienen un pedacito de cielo para repartirle a la gente. Debe ser porque quisiera llegar a viejo como él, que solo tiene 37 años pero que en su deporte es casi como ser un jubilado.

Quizás es porque yo también tengo las rodillas destrozadas, o porque cada año sumo una herida nueva al alma. O porque todavía tengo un pedacito de cielo guardado por ahí para regalar, aunque esté medio nublado y sin estrellas fugaces como las de hoy.

Los argentinos –siempre de ambiciones desmedidas– hablan de la película de Palermo como si esperaran que alguien en Hollywood fuera a comprar los derechos para llevar al cine esa historia extraña. Yo, de ambiciones más modestas, prefiero escribirle un cuento (o algo así).

 

En la tercera bandeja de la popular de La Bombonera conviven los jóvenes que no tienen dinero y los extranjeros que han sido estafados pagando el triple del precio por una entrada con la que ves el sueño de lejos. Gente que calienta la garganta mientras se congela por el viento helado de una ciudad que, irónicamente, se llama Buenos Aires. En la baranda que separa a los hinchas del vacío se ubican los entusiastas, los que cantan, los que se aprenden las letras de las barras de un equipo --que curiosamente se parecen a las que se cantan en mi país de origen, porque somos copiones y porque ese deporte que se juega abajo es igualito en todos lados--. Ahí, de pie, le he preguntado a un chico en sus veintitantos si es verdad que La Bombonera tiembla. Cuando termino de formular mi pregunta, Román suelta un balón como quien le da un hijo a un amigo para que lo cuide. Despacito, con cariño, casi una sutileza, porque entregar lo que más quieres en este mundo a otro debe ser un acto sutil y de confianza ciega. Y Martín le devuelve el gesto con un cariño, que los periodistas decían que no existía, con un toque de zurda, una red y un abrazo. Y luego de que yo me abrazo con ese pibe él me contesta: “Te decía, bolú, no tiembla, late”. Y yo sentía cómo un solo hombre provocaba un terremoto. Luego me di cuenta por qué le dicen Titán.

 

 

Este es aquel gol

 

Y este es su gol 300, anotado hace apenas unas horas

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Una vez me sentí Beckenbauer

La imagen es de un VHS viejo, que hoy debe estar enmohecido en una de las tantas cajas llenas de cachivaches que mamá guarda en la casa. Ahí, al costado del tocadiscos que saco de cuando en vez para escuchar Sinfonía Inconclusa en la Mar, Piero. El video, que me regaló papá, dice en la tapa “The World Greatest Players”, o algo así. Y chiquita, a un costado de la imagen detestable de Pelé saltando, aparece un gringo con cara de buena gente. Esa es la imagen que recuerdo con más cariño de un fútbol que no he visto en esta vida.

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En la semifinal de México ’70, ese Mundial que todo el mundo recuerda por míster Do Nascimento y nuestros futbolistas viejos, Franz Beckenbauer se dislocó el hombro derecho y jugó así los tiempos suplementarios del partido que su selección perdió 4-3 con Italia: con el brazo en cabestrillo, vendado, aferrándose con la mano de su extremidad lastimada a su corazón, para que no quepa duda. Y así, perdió.
Solo una vez me sentí cerquita a esos jugadores elegidos. No me refiero a lo que sucedió en mayo, cuando mi clavícula izquierda se salió de su lugar en medio de una noche en que me sentí un arquero suicida: “Hace poco, cosa de cinco meses, se convirtió en un joven futbolista retirado: saltó para despejar una pelota y un tipo de 150 kilos le cayó encima. Se rompió el hombro y el brazo izquierdo”, así lo narró Villegas en un libro que pensamos publicar. Pero no hablo de ese día.

En realidad, me refiero a lo que sucedió en noviembre del 2000. Entonces jugaba vóley, no leía diarios deportivos y estaba en quinto de media. Era mi último año en la selección del cole y tenía una cinta en mi camiseta que indicaba que era el capitán de un equipo condenado a ganar un solo partido, como todos los años, contra el más débil del grupo.

No recuerdo el nombre del equipo con el que jugábamos. Por la camiseta amarilla y el tipo alto que asesinaba con sus mates, creo que era el Santa María, uno de esos colegios que se hacen clásicos rivales porque competíamos por mujeres y hombrtía, como animales salvajes dispuestos a marcar territorio.
La jugada precisa fue provocada por un mate de ese tipo del que solo recuerdo el metro noventa y seis. El balón lo recibió Óscar, uno de esos hermanos que no tengo y que por su contextura y andar se había ganado el mote de “cansado”. El balón salió disparado hasta una posición imposible y yo fui por él. Cuando estaba apunto de llegar, mi rodilla maltrecha golpeó la banca y escuché un ruido suave. Me cambiaron. Por mí ingresó César, y me pusieron éter mientras el gordo cumplía con su labor de futbolista de equipo chico: podíamos vencer a todo un equipo los dos solos en el entrenamiento, pero apenas se ponía la camiseta, le pesaba. Luego ingresé. Nunca lo dije, pero esa noche no pude dormir por el dolor y me dopé con antiinflamatorios hasta que mi rodilla regresó a su tamaño normal. Carlos, la única persona que conozco a la que no le importa lo que pueda pensar fue testigo presencial. Caí justo a un metro suyo.

–Puta madre, estuve a esto de llegar –le dije, separando mi índice y mi pulgar apenas un par de centímetros.
–No llegabas –replicó.
–Tenía que haberlo hecho.
–No tenías por qué hacerlo. Sabías que no ibas a llegar, pero yo sé que pensaste que si lo hacías nadie se iba a dar cuenta que jugabas con la rodilla lesionada desde antes. No puedes con tu ego, solo querías que dijeran que hiciste la salvada de la década. Eres un huevón.

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De luto...

A todos...

Somos los nietos, los hermanos, los sobrinos, el hijo de quien fue para nosotros algo más y distinto que una gran artista popular. Con ella compartimos la vida, las alegrías y las angustias privadas. Porque esa gran artista fue además nuestra abuela, nuestra hermana, nuestra tía, nuestra mamá. Es por eso que queremos llegar a ustedes desde ese lugar íntimo, lejos de la severidad y la dureza de los comunicados oficiales: porque sabemos que también la quisieron y la siguen queriendo aún mucho más allá de la cantante y de la artista que los acompañó tantas veces, a la que han hecho parte de su familia aún sin tener lazos de sangre.

Es desde este lugar que queremos contarles que Mercedes -la mamá, la tía, la abuela, la hermana-abandonó este mundo el día de hoy. Pero también queremos decirles que estuvo siempre acompañada-inclusive cuando ya no podía saberlo- por un desfile interminable de amigos y artistas populares, y en cada uno de ellos: Ustedes. Y que a pesar de lo triste de cualquier agonía, pasó esos últimos momentos en paz, peleando aguerridamente contra una muerte que terminó ganándole la pulseada.

Por cierto estamos conmovidos y queremos compartir con ustedes esta tristeza. Aunque, al mismo tiempo, nos queda la tranquilidad de que todos hicieron lo posible- incluida nuestra Negra- para quedarse un ratito más entre nosotros.

Lo que más feliz la hacía a Mercedes era cantar. Y seguramente ella hubiera querido cantarles también en este final. De modo que así queremos recordarla y así los invitamos a hacerlo con nosotros.

Infinitas gracias por ese acompañamiento que jamás dejó de estar presente.

Familia de Mercedes

Fuente: La web de la Negra


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Hay cosas que no cambian

Hace cuatro años, cuando trabajábamos en la redacción de El Bocón (un diario deportivo de Lima), Kike, Eloy, Diego y yo nos tomamos esta foto.




Cuatro años después, ninguno de nosotros trabaja ahí. Ya no estamos tan flacos y a cada quien la vida lo ha engreído y golpeado de la forma en que lo ha buscado. Que paja saber que a pesar de esas cosas, todavía podemos tomarnos fotos como entonces. Eso es casi como tener un tambor de hojalata.

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Tres historias del Bronx

“Te voy a decir algo. Tú solo tienes permitidas tres grandes mujeres en tu vida. Ellas llegan como los grandes luchadores, una vez cada diez años: Rocky Marciano, Sugar Ray Robinson, Joe Louis. A veces las tienes todas a la vez”
Sonny, en Una historia del Bronx (A Bronx Tale). 1993

La primera, casualmente, también se llama C. Teníamos 15 y jugamos a ser novios en la sala de su casa, donde nunca nos encontraron haciendo el amor. Hice que me dejara mientras yo me encontraba de viaje y me terminó en una llamada, un 14 de febrero, solo para que suene huachafo cuando lo cuente. Aquel día yo estaba ebrio luego de haberme tomado un tequila y el único testigo de mi primer corazón roto fue un teléfono público. Con ella aprendí a no ser nunca como su padre.

La segunda se llama B. Me enseñó a bailar y comer en sitios caros, a vestir camisas y a regalar rosas compradas en florería. También aprendí que uno debe conocerse. A sus 24, ella quería rebelarse a su familia estando con un chico cuatro años y medio menor, y yo le dije que estaba dispuesto a no enamorarme para que cumpliera su cometido. Me equivoqué. Me dejó y le debo haber dicho cosas horribles cuando lo hizo. Tantas, que no la he vuelto a ver.

Miento. La tuve cerca una vez. En ese entonces estaba con L. –cuya inicial verdadera no pienso citar– y fuimos a una discoteca. De pronto, llegó B. Yo le había contado la historia a mi novia de ese entonces y su reacción fue alucinante: Me tomó de la mano, me llevó a bailar cerca de B. y su nuevo novio. Y me besó con toda la ternura con la que puede hacerlo una cazafantasmas. Nunca le vi la cara a B. y no me importa si ella me vio. Solo quería que el tiempo se congelara en la sonrisa de L.

La sonrisa de L. se congeló. Poco a poco se fue volviendo fría y no hice lo mínimo indispensable para calentarla. El jueves anterior al 12 de octubre del 2007, en una calle de San Borja, me dijo adiós sin que yo atinara a pedirle que se quede. Y ese fue mi error.

Nunca más le he vuelto a contar cuentos a nadie en un parque. No he vuelto a recorrer medio Lima en tiempo récord. No he huido de ladrones aferrado a la mano de alguien a quien quería proteger. He dejado de escribir cuentos con dedicatoria que algún día serán un libro. Y no he vuelto a disfrazarme de payaso para mi sobrina mientras pensaba que la función era para dos. Con ella aprendí a pensar de a dos, aunque a ratos olvidé cómo.

Lo curioso es que los caminos de L. y el mío se cruzan todo el tiempo. No sé si es porque cuando uno quiere a alguien, un ente supranacional hace que esas personas estén cerca. O si solo es que nuestros intereses siempre han sido los mismos. Algunos me dicen que la odie, otro que la deje en paz. Unos pocos hombres del Ángel Gris me piden que siga luchando, no porque el que persigue alcanza, sino porque cerca de ella es la única forma en que yo sea el tipazo que soy. Quizás ya pasaron las tres de las que le habla Sonny al joven C. Solo tengo 25, y una afirmación así da miedo.

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PS: De las tres, solo L. pasó a la primera (en un taxi y no en un auto que no tengo) la Prueba de la Puerta, que Sonny también dio a conocer a C. (Callogero, para su padre). Aquí la transcripción.

- Hazle mi prueba, la Prueba de la Puerta –le dijo Sonny a C.

- ¿Qué es eso? –preguntó Callogero

- Escúchame: Llegas a recogerla. Antes de salir del auto asegura ambas puertas. Sales del auto, caminas hacia ella. La llevas al carro. Tomas la llave y abres la puerta para ella. La haces entrar y cierras la puerta. Caminas detrás del auto y miras detrás de la ventana trasera. Si ella no se estira y quita el seguro para que tú puedas entrar, déjala.

- ¿Así nada más?

- Escúchame muchacho. Si ella no se estira y levanta el seguro para ti… Es porque ella solo piensa en sí misma y todo lo que estás viendo es la punta del iceberg. Déjala rápido.

- ¿Y qué hay de todas las cosas bellas que acabas de decirme sobre hacer lo que mi corazón me diga, encontrar a alguien que ponga viento en mis velas? Ella podría ser una de las grandes.

- Tonterías chico, lo que importa es la prueba de la puerta.

La Prueba de la Puerta, según Sonny, está en los últimos tres minutos de este video.

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Breve tratado sobre la depresión

"Bostezaste. Acabo de decirte algo interesante, así que no es aburrimiento. Son las once de la mañana, estás bebiendo café, así que no estás cansado. No bostecé, así que no es un bostezo inducido. Es un síntoma".
Gregory House

Soy depresivo. A veces soy también deprimente, pero eso no está en cuestión ahora. Me lo han diagnosticado y la prueba de ello es que estoy escribiendo mientras mil quinientas cosas pasan por mi cabeza. Pronto dejaré este post a medias y lo olvidaré un tiempo, hasta que sobrevenga otra de esas etapas maravillosas en las que uno es Superman. Dentro de poco pasaré mis dos días libres sin bañarme, en frente de la computadora, leyendo cualquier cosa o viendo una serie. Seguramente, volveré a abandonar mi tesis.

La depre es así. Te engaña como una mujer a la que le das todo y luego te deja porque no pudiste darle más. A una mujer le echaba las culpas de mi tristeza hace unos meses, cuando terminaba en un bar llorando en el hombro de un buen amigo. Eran las mismas lágrimas que derramaba antes, por otra chica, o quizás porque no me sentía lo suficientemente bueno en mi trabajo. O en los estudios. O whatever.

Mientras no estás deprimido (y no estás “nomal”), estás eufórico. Esa etapa me gusta. Usualmente tengo mil temas sobre los cuales escribir y no duermo más de dos horas al día. Las ideas sobre cada uno de los textos se agolpan en mi mente y he aprendido que todo se hace tan confuso que es imposible sacar una sola línea coherente.

Entonces retengo en mi mente cada una de esas ideas hasta que tienen que salir. Quizás es la capacidad que más he ejercitado, la única que puedo usar cuando sé que estoy feliz y que pronto empezaré a ponerme de un insoportable color azul.

Cuando me pongo azul me medico con cafeína. En realidad no lo supe hasta que entendí por qué el estado de cuenta de mi tarjeta de crédito empezaba a tener consumos cada vez más frecuentes en Starbucks en mis momentos tristes. O hasta que descubrí que la hierba mate no tiene cafeína, pero sí mateína, que es -en correcto peruano- la misma chola con diferente calzón.

En personas excesivamente melodramáticas, obsesivas y exageradas como yo (¿Se fijaron cómo exageré esto?), de vez en cuando sobreviene -como decían Pablo y Pachu- "la hecatombe". Usualmente cuando un café no es suficiente busco otras maneras de hacer que la adrenalina fluya. Lo que provoca una seguidilla de hechos bochornosos en los que intervienen no solo tú, sino cualquiera que ose ponerse en frente en medio de esa búsqueda de emociones.

Deprimido, he bebido en la absoluta soledad de un bar en Venezuela. Me he expuesto a que un ladrón peruano me pegue un tiro en una barriada en Mérida (posibilidad que no llegó a consumarse al reconocerme como connacional). he provocado que un amigo mío maneje, conmigo de copiloto, a 160 Km/h en la Vía Expresa. He gastado fortunas en llamadas de larga distancia. He echo un viaje no planeado buscando las raíces de mi depresión. Y un largo etcétera lleno de errores que me hacen deprimirme aún más cuando los recuerdo.

Hoy, por ejemplo, acabo de enterarme que Danica McKellar (la Winnie Cooper de Los Años Maravillosos) se ha casado. Alguien ha decidido así darle un golpe tan duro a mi euforia que me ha quitado las ganas de escribir. No tiene nada que ver con el niño que llevo dentro, sino con aquella vana nostalgia por los amores perdidos. Felizmente, estoy saliendo de mi casa para verme con Rudy, y seguir planeando un libro que no tiene cuándo salir, y la melancolía -para esas cosas- es necesaria.

A veces, cuando uno está deprimido, ni los consejos más sabios sirven (Pero cuando uno ve este video, le dan ganas de hacer pesas).

Para los depresivos, obsesivos, megalomaníacos y melodramáticos, una canción que me recuerda que a veces se puede salir de los momentos azules con un poquito de hipocresía.

¿Winnie Cooper, por qué te casaste?

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Eso que llevas ahí

Me he dado cuenta que en la última foto mis mejillas están hinchadas. Como si súbitamente hubiera engordado pese a los desarreglos de las noches cusqueñas que me llevaron a besar a una sueca con los ojos del color de un mar diáfano, el alcohol que he vuelto a tomar desde que dejé los ansiolíticos y a la gran cantidad de amanecidas conversando con Juanjo. En una de ellas, el Jotas me dijo una de aquellas verdades que uno siempre sabe pero no quiere admitir.

– Tú y yo sabemos que estás huyendo, no buscando.

Es verdad. He huido hasta un cruce de caminos, casi a 180 kilómetros de Camisea, que en el mapa apenas puedo identificar. Ahí me ha dejado una camioneta propiedad de la municipalidad de Quellouno, el último pueblo antes de llegar a Santos Aires.

De pie ahí, al lado del camino, me he dado cuenta que he variado el plan que me tracé cuando salí de Quillabamba. No llevo mi bolsa de dormir, lo que significa que no dormiré en medio de la selva. Solo traigo una casaca –por si llueve– y un canguro, donde descansan el mp3 y la navaja del abuelo.

Nunca, hasta ahora, he tenido la sensación de estar perdido. La de transitar solo por el lugar equivocado. Me he sentido perdido en el sentido de haber errado en mis acciones, y casi siempre he estado en lo correcto cuando he tenido la mínima noción de estar metiendo la pata, pero incluso aquella vez que me perdí en una barriada en Mérida y me apuntaron con un arma en la cara, tenía fija en la cabeza la idea de que algo iba a pasar. Pero esta vez la incertidumbre corta hasta la voz de Fito Páez y oculta el latido acelerado de mi corazón.

Hace una hora que he dejado el cruce de caminos. No llevo mapa, solo una indicación que me dieron antes de dejarme: “Ve por ahí, deben ser cuarenta minutos. En el camino te encontrarás con alguien de la familia Cahuache, un poco más allá encontraras la hacienda de la familia Centeno”, me dijeron. “Hace más cincuenta años esa era la hacienda de los Pilares”, pensé mientras me ponía los audífonos y colocaba aquella canción.

Estoy perdido. Encontré a una mujer con zanjas en el rostro que me anunció que estaba por buen camino: “Solo cruza el río y ahí nomás está, papá”. He despreciado un tronco viejo y llego de hongos por otros tres que ofrecían mayor garantía y he empezado a subir por un cerro sin saber que acababa de tomar, como diría Villeguitas, “una combi asesina directamente hacia la mierda”. Me doy cuenta de ello cuando he subido demasiado, me he fumado mi último cigarro, y veo –a los lejos– el cruce de dos ríos donde según la narración de mi padre, estaban los dos pabellones que componían su casa.

Me he sentado nuevamente en aquellos tres troncos que me hicieron atravesar el río para perderme durante una hora. Mi reloj dice que falta poco para que los benefactores que me llevaron hasta el cruce de caminos pasen por Santa María, un poblado de carretera donde me recogerán. De no alcanzarlos, bien podría buscar un lugar en el suelo para poder dormir hasta el día siguiente, cuando pasen nuevamente las camionetas del municipio. Desenfundo el cuchillo, admiro su hoja afilada antes de salir de Lima, con la que sin querer me hice un corte días antes. A mi mente llegó una frase, según la cual, nadie arriba a un lugar para el que no está preparado.

Tiempo atrás, Óscar Rodríguez –uno de los amigos más sensatos y entrañables que me dejó la escuela– me dijo que sabía cuándo pensaba que había errado cuando empezaba a golpear mi cabeza. La lectura semiótica de aquel castigo es que no me sirve de nada ser tan inteligente como todos dicen, cuando fallo en una cosa que cualquier otro podría hacer.

Hoy me he golpeado la cabeza tantas veces con la palma de mi mano, que he decidido despedirme de mi abuelo habiendo fracasado, y he tallado sus iniciales (que son las mías, a su vez) en uno de los tres troncos sobre los que estoy sentado. Con el movimiento, mi mp3 se ha encendido y nuevamente escucho aquella canción, solo quizás ahí me di cuenta que ya está muerto y dibujo una cruz encima. Luego, mi rabia empieza a apuñalar salvajemente el tronco sobre el que estoy sentado mientras las lágrimas corren por mi rostro. Cuando me detengo, ha empezado a llover. Es como una señal: “Lo importante no es llegar, lo importante es el camino”, dice Fito en mis oídos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(La tumba de mi abuelo, poco después de la lluvia)

 

Esta es la canción que escuché todo el camino, mientras me picaban los mosquitos y una cantidad enorme de bichos que no sabía que existían. Casi, casi, un himno para aquellos que buscamos.

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George of the Jungle

Tío George fue el primero que me enseñó el vicio de los videojuegos. Una de las contadas veces que he visto a mi padrino (guarapero, mujeriego y patadeperro) caminábamos por la residencial San Felipe y yo me quedé viendo una de aquellas maquinitas ‘coin-op’ con algún pésimo ‘shooter’ que entonces me parecía el mejor de los simuladores de vuelo.

El tipo enorme y fuerte, aunque delgado, me hizo entrar al local y, llegando en puntas de pie, pude jugar un rato. Luego vendrían las épocas de Street Fighter y sus secuelas, el reciente vicio de FIFA que disfruto junto a una cajetilla de cigarros algunas noches, cada vez más separadas una de la otra.

La última vez que lo vi él tenía un corte longitudinal a lo largo del abdomen y otro, en forma de arco que nacía en un costado del estómago, pasaba por debajo de su caja torácica siguiendo el diafragma y continuaba hasta terminar en el lado opuesto. Pesaba 45 kilos y luego de una complicada operación en el hospital María Auxiliadora, había sobrevivido de milagro al cáncer. Tiempo después de enteré que dijo lo siguiente:

“El doctor me ordenó que no coma helados. Yo pensé que era por lo frío, pero las chelas heladas pasan nomás”

Desde entonces no toma lácteos, lo han operado dos veces más (una del estómago y otra por un ‘lifting’ que acentuó su vanidad) y yo he aprendido a querer a mi padrino por ese cariño demente que le tengo a la gente libre. Sin embargo, su libertad (Aquí viene el momento en que alguien me dirá que no la confunda con libertinaje, pero es mi tío y prefiero pensarlo libre) lo ha llevado a caminos extremos.

Jorge, el que solo fuma cuando bebe o cuando viaja a Cusco para ver a Cienciano, dejó a su esposa en Quillabamba y se fue a Maranura, una ciudad vecina, donde le puso a su amante una tienda. Si la de mi tía Berna (horrorosa forma de nombrar a una mujer que se llama Sabina) tiene afuera un rótulo que dice “Mi Bodeguita”, la de la otra se llamaba “Su Bodeguita”. Luego, cuando los males lo aquejaron, dejó a su amante y regresó a su ciudad, y a su casa, pero en una habitación a treinta metros de la de su esposa.

George, de cariño, es el hijo mayor de mi abuelo. Dice Sabina Flores, su esposa, que ambos “son igualitos de pinta y de carácter”. Aunque ignoro si mi abuelo engañó a mi abuela, lo sospecho. El día que llegué, mi tío George entró al cuarto que me habían cedido. A pesar que había llegado tres horas antes y que lo busqué por toda esa ciudad chica no lo encontré pues se había pasado el día dando vueltas en el mismo auto que hace poco chocó y que le valió una pelea con dos mototaxistas. Usa lentes oscuros, para que no se le vean los moretones.

–Yo vivía en Canto Grande, por Acho –me dijo cuando finalmente pude hablar con él.

–¿Tu has vivido en Lima?

–Claro. Yo era muy andariego, conozco Lima, Huaral, Huacho, Paramonga, Huarmey, Supe. Todo eso.

–¿Y qué hacías ahí?

–Trabajando en lo que sea. Trabaje en el Ministerio de Salud. Era matarrata.

–¿Mararrata?

–Fumigador, pues. Al Banco de la Nación entré como cadenero, esos que cuidan las puertas, y ascendí hasta apoderado (N. de R: Eso sí no tengo idea qué cosa sea). Trabajé 39 años y 9 meses, ya después de mis aventuras.

–¿Y cómo te mandaste a mudar?

–No aguantaba, mi viejo era jodido. Me pegaba. Una vez había un mulo grandazo, tendría yo 13 años. Había un saco que pesaba un quintal, o sea unos cincuenta kilos, y quería que lo suba. Lo empujé de más, se cayó al otro lado y me metió una patada. Así era él, hasta que no aguanté más y agarré un camión. Me alojé en San Cosme, en el cerro El Pino, en Breña. Ahí chambeaba de jalapitas, en un ascensor. No me gustó y me fui a Puente Piedra. Tenía 17 años cuando me fui de la casa.

Esa conversación la registré con una grabadora encendida subrepticiamente y duró apenas media hora. Yo vestía los mismos jeans rotos con los que llegué a Quillabamba y que no me cambié hasta que llegó el momento de regresar a Cusco. Al día siguiente me llevó a una hacienda llamada Potrero, donde mi abuelo trabajó como capataz mucho tiempo después de vender sus tierras en Santos Aires. Me dijo, ese día, que extrañaba a su viejo, mientras yo jugaba con la escopeta que usa Jorge cuando va al monte, de cacería.

“Yo también”, le dije. No hablamos más. Al día siguiente, a las cinco de la mañana, tomé una combi asesina que llevaría mi rabia a su siguiente destino, con la convicción de que cuando uno busca encuentra muchas cosas. Incluso aquellas que no quiere saber. A pesar de todo, quiero mucho a George of the Jungle y a mi abuelo. Total, las andanzas de mi tío Jorge las conocí desde niño y no han cambiado la opinión que tengo de él, así que con mi abuelo pasa lo mismo. Todavía recuerdo a Jorge Pilares sonriendo, cuando pasé al segundo nivel de aquel videojuego viejo.

Recién me he dado cuenta que escribir me pone triste, que quizás he descubierto, como diría ;el buen Pedrito, que las fiestas de fin de año hacen que uno recuerde a los que no están. Acaban de pasar y he recordado, de pronto, aquel vaticinio tan lleno de honestidad que hiciera el tío George cuando me fui de Quillabamba.

–¿Cuándo te voy a volver a ver?

–Ya no me vas a ver de nuevo. Ya me estoy jugando los descuentos.

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Tío George y yo (aunque te juegues los descuentos).

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Episodio I: La amenaza fantasma

Nuca me gustaron los cementerios. Vengo, casi, obligado por esa estúpida misión de saber quién soy, de donde vengo y a dónde voy. Me he disforzado tanto que casi hasta podría cantar esa canción la, si supiera la letra. Estoy extrañamente excitado mientras busco dos nichos pequeños, uno al lado de otro, ahí donde han sido mudados aquellos cuyos cuerpos fueron cremados.

***

–Ni se te ocurra enterrarme en la misma tumba que tu padre –le dijo mi abuela a mi tía Elva, veinte años antes, quizás más.

Mi tía Elva me lo había contado un par de días atrás durante el almuerzo. Ella es la única soltera de los ocho hermanos (Solterona, corrijo) y vive en la misma casa que compartió con mi abuela hasta que esta falleció. Un día, cercano a 1960 mis abuelos se separaron y se repartieron los hijos. Jorge y Rebeca –los mayores– se fueron solos. El resto, con María Nelly Casas Alarcón. El abuelo, se quedó solo.

–¿Por qué se separaron?
–Nadie sabe. Nunca se pelearon delante de nosotros.

***

El cementerio de la Almudena es uno de esos camposantos antiguos que quedan en barrios igual de viejos. El barrio se llama Santiago, y la Almudena está en la misma avenida en la que mi padre jugaba en su adolescencia, cuando ya había dejado Quillabamba y mucho después de salir de un lugar perdido en la selva llamado Santos Aires.

Ahí están las cenizas del abuelo. A menos de cien metros de la entrada y a cinco centímetros del suelo. Cerca de una iglesia vieja y a la entrada de un antiguo camposanto donde, hasta hace algunos años, dormían los restos de los hijos ilustres del Cusco colonial. Mi abuela está a su lado. Cuando ambos murieron, sus restos ocupaban nichos distintos. Luego decidieron cremarlos y mi tía Elva los ubicó juntos, pero no revueltos.

En contra de la usanza cusqueña, que ubica a las parejas cremadas en un mismo hoyo en la pared, a ellos los colocaron uno al lado del otro. Presumo que mi tía tuvo a bien seguir fielmente las indicaciones de su madre y sacarle la vuelta a la situación. Mientras tanto, yo he confundido el nicho con otro donde el nombre se lee a medias por la cantidad de flores e, incluso, he tratado de abrir aquel recinto equivocado con una llave pequeña. Le ofrezco un clavel a aquel difunto cuyo sueño he interrumpido y encuentro, gracias a Juanjo (el primo-gruía que me acompaña pese a que odia los cementerios tanto como yo), el lugar correcto. José Ángel Pilares Campana murió un tres de febrero de 1982. A veces es la muerte el lugar por donde se empieza a buscar.

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La mujer de tus sueños tiene el cuerpo de un Ferrari

Este resumen no está disponible. Haz clic aquí para ver la publicación.

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Dos pájaros, un tiro. El concierto de los que sobran

A las 9 en punto de la noche del 21 de diciembre, Joaquín y Joan Manuel bajaron unas escaleras. Se burlaron uno del otro y me hicieron llorar encima de otras escaleras que el sueño de todo fanático hubiera querido que bajen ellos mientras cantaban, tal como lo hacían a cincuenta metros de mi. De mi y de todos.

Las escaleras son el camino al cielo. En la Biblia, Jacob tiene una visión en la que sostenía una escalera que llegaba hasta el cielo. Desde la cima de la escalera, escuchó la voz de Dios, que repetía muchas bendiciones hacia él. Cuando yo subí una escalera, escuché una bendición de Joaquín y Joan Manuel que no recuerdo.

Prometí ir a ese concierto como he prometido ir al de Soda Stereo, pero no podía pagar los 118 soles que cuesta la entrada más barata, de la que sólo quedaba la última fila dos días antes del evento. En su lugar, hice lo de Jacob y tomé una escalera. La del puente peatonal del Jockey Club. Pero no era el único.

Cuando llegué, hacían veinte minutos que había empezado Dos Pájaros de un Tiro, la gira mundial de Sabina y Serrat, o viceversa, que no es lo mismo ni es igual. Veinte minutos de concierto ya me decían que había veinte personas en el puente peatonal. Lo más irónico es que los desposeídos escuchan el concierto justo al frente de donde ingresan aquellos que poseen una entrada Platinum que costaba 495 soles con 50 centavos.

Habían veinte personas tomando y fumando mientras trataban de oir cada canción. Ya lo dije, pero lo repito con la misma insolencia con la que Sabina tomó una foto antes de decirle a su compadre que "los catalanes han inventado el amor por no tener que pagar por tirar". Yo no podía verlo, creo que ni siquiera lo escuché. Sé que lo dijo y lo imagino como imaginaba, al igual que todos los que estábamos en esa escalera que se necesita para subir al cielo, por tí seré, por tí seré.

"¿Chela, chela? ¿Causa, quieres chela?" era un susurro que recorría la escalerita esta que me andaba llevando hasta el cielo. Quique y yo compramos una a cuatro soles, pidiendo rebaja. Si una escalera te lleva al paraíso, el sólo hablar de dinero te regresa de un jalón a la tierra mientras Joaquín alterna con Serrat eso de que "Tu nombre me sabe a hierba / De la que nace en el valle / A golpes de sol y de agua / Tu nombre me lleva atado / En un pliege de tu talle / Y en el bies de tu enagua / Porque te quiero a ti, porque te quiero / Aunque estás lejos yo te siento a flor de piel". Bis, bis, bis.

Una hora después había oído Princesa, mucho antes que Serrat le respondiera a Sabina que cataluña ha aportado a la historia de la humanidad, cosas de tanta importancia como Ronaldinho, Leonel Messi y el consolador. Me dieron las diez, pero no me dieron nunca las once. A las 10:20 habían cincuenta hombres y mujeres queriendo tener un oído de tísico insuperable. Cuando había invertido un cigarro en gilearme a un pésimo prospecto y a Quique su prospecto se le había escapado (o mejor dicho, la mandó a volar), cuando la conversa con Zelez y Vlad (que no conversaba, sólo añoraba) se había vuelto casi perfecta, se acabó la magia.

Todos esos que esperábamos que alguna de las mil 130 entradas que se habían quedado sin vender llegaran a nuestras manos y estirábamos los cuellos para poder ver la mitad de la cabeza de alguno de los dos pájaros en una pantalla gigante tapada por un muro, fuimos expulsados de nuestra escalerita al cielo por una horda de hombres color verde policía. Ese color que uno aprendió a odiar en la Venezuela de Chávez. Ellos, of course, se quedaron escuchando algo que sus cerebros no les permitían entender, como no comprendieron la afrenta de Zeles, cuando nos íbamos, de subir la escalerita, caminar por el puente, escuchar un poquito, y bajar.

En mi bolsillo sólo habían, además de mis pasajes y una cajetilla de cigarros, nada. No iba a ir a La Noche a esperar el milagro de que Joaquín y Serrat aparezcan a tomarse una copa del Perinet de las bodegas que tiene Serrat. Al día siguiente, tempranito, ellos se iban con un millón de dólares en el bolsillo. Al menos así me dijeron. Pero cumplí la promesa de ir a escuchar a dos pájaros matarse de un tiro. La única que le cumplí.

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Del mensaje de Alan

Ok, ok, lo admito. Me perdí el mensaje de Alan, pero sé de qué habló vía el mercioco y su minuto a minuto (Dios, esto fue más comercial que el de la abuela). La cosa es que, en el fondo, este mensaje de 28 me parece más apropiado para los días de eme que vive el Perú. Sólo espero que Alan no termine diciendo que la abuelita Rina es una envidiosa, picona y comechada y que poco depsués vaya a pedirle disculpas argumentando que también tiene una abuelita.




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Condorito preso (¿Y los otros?)

De niño tenía una colección de cien Condoritos, quería casarme con Yayita y quería ser un conchudo de primera como Garganta de Lata. Admiraba ese don que tenía el pajarraco para morir y en la tira siguiente renacer, o caer en la cárcel y en el número siguiente ser un millonario. Hoy también lo admiro, pese a que Condorito, por primera vez en su vida, se fue preso de verdad el sábado durante el partido entre Chile y Argentina por la semifinal del Mundial Sub-20 de Canadá que perdió la "rojita" (así le dice la prensa local) por 3-0.

Sin embargo, como si de pronto toda la prensa mundial fuera El Hocicón ("Diario pobre pero honrado", reza el lema), nadie se ha puesto a hablar de la condición clínica de los jugadores que, tras ese encuentro fueron agredidos por la policía canadiense. El mismo país carente de violencia del que Michael Moore hablaba en Bowling for Columbine.

La versión oficial chilena la tiene el diario La Cuarta, que indica a la "rojita" como la víctima mayor de una noche donde no sólo Condorito fue detenido, sino también once jugadores. De paso, le dieron con todo al hombro lesionado de Alexis Sánchez (la versión chilena de Damián Ismodes, supongo) y, según uno de los jugadores, Nicolás Medina, todo se inició porque a su compañero Isaías Peralta le aplicaron descargas de corriente eléctrica después que los policías iniciaron el desmadre porque a Cristián Suárez, otro de los jugadores, se le ocurrió bajar del bus a firmar autógrafos. Mientras, siempre según La Cuarta, la prensa que se encontraba cerca al bus –Chilena y Argentina– fue reprimida para que no pudiera fotografiar. "A los periodistas, chilenos y argentinos, sin distinción, nos golpearon y encerraron en una especie de corral pa' que no viéramos o fotografiáramos los incidentes, al mejor estilo de las peores dictaduras", dice el diario.

Ignoro si esta versión será producto de un nacionalismo exacerbado que no quiera ver absolutamente nada de lo que en verdad pasó o si en realidad es producto de un furibundo golpazo de un policía canadiense que agarró de piñata al enviado especial de este diario, pero lo cierto es que toda expresión de violencia, es abominada por la Fifa, que dice en su declaración de principios. En su artículo cuarto, los estatutos del ente máximo del fútbol mundial dice: "La FIFA promueve las relaciones amistosas a) entre los miembros, confederaciones, clubes, oficiales y jugadores. Toda persona y organización participante en el deportedel fútbol está obligada a observar los Estatutos, los reglamentos y los principios de la deportividad (fair play); b) en la sociedad, con una finalidad humanitaria".


¿Y Condorito?
Bueno, igual no puedo dejar de mencionar al ídolo de los niños de mi generación. Desde que Pepo (René Ríos. 15/12/1911-14/07/2000) lo creó en 1949 para la revista Okey, como reacción a una cómic de Disney llamado "Saludos Amigos" donde Chile se veía mal representado por un avión que apenas y podía alzar vuelo, se convirtió en parte de la cultura popular chilena y sudamericana, e incluso en su país tiene monumentos del tipo que nosotros los peruanos andamos haciendo a nuestros héroes. Como este monumento en Santiago de Chile.

Nuestro héroe (el que no tiene mayor monumento que todas las fotos de las agencias internacionales) le dijo a Las Ultimas Noticias, que "los policías canadienses me trataron como un pajarraco". Christian Miranda es un chileno de 33 años que llegó a Canadá a hacer un curso de efectos especiales para el que diseñó el famoso disfraz. Es el mismo disfraz con el que luego intentó hacer teatro para niños violando el Copyright y que estuvo en el encuentro ante los nigerianos por cuartos de final del torneo, en Montreal. Al término del partido, Miranda invadió el campo y se fue detenido. Ahora amenaza que no sólo estará Condorito (cuya cabeza fue entregada a su esposa por la policía), sino que diseñará disfraces con todos los personajes de la tira cómica.



"Salté dos rejas y entré para demostrar que todo lo que estaba pasando no era justo. Y como no había ningún guardia, corrí y corrí con mis patas de goma hasta que un par de jetones se me tiró encima (...) Cuando me llevaban, mi esposa Carolina le gritó a uno de seguridad que le pasar la cabeza. 'Esa cabeza es de mi marido, la necesito de vuelta', le decía, pero el muy saco de plomo la uqería botar a la basura, porque, según él, todo lo que caía a la cancha era deshecho. Mi señora le dijo que se la tenía que devolver y como media hora se la pasaron. Estaba un póco descascarada y con hoyos".


Imagino lo surrealista de la situación, y a Miranda preguntándose por el hilo
telefónico (con un periodista chileno muerto de risa al otro lado): "Cuándo
Condorito va a disfrutar del mundial de Canadá". ¡Plop!

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Citas Citables

  • "¿Sabes cómo matar a un cerdo? Lo haces correr hasta que no da más y luego le echas un balde de agua helada. Entonces, se le para el corazón" (Paskín)
  • "Yo sí creo en la vida después de La Patrona, solo que creo en ella con la misma certeza con la que creo que existe vida en otro planeta..." (Prakzis)
  • "Lo de estar jodido es natural, es como la depre, es solo el nombre comercial de la consciencia" (Carlos V.)
  • "Tómalo por el lado B" (Gi)
  • "¡Scheiße!" (Carmen K.)

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