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10 cosas que odio de ti (o palabras sueltas frente al espejo)

 

1. Tus ojeras. “Te has pasado más noches despierto de las que deberías, casi siempre pensando en cosas que no valen la pena, o que no deberían valerla”. Esa fue la sentencia de una amiga que ahora debe estar durmiendo, a diferencia mía. Más que por las sombras negras en mis ojos, me molestan porque, como día la China Tudela, “mi insomnio me pone en una especie de estado crepuscular, cholita, en el que no puedo evitar pensar en huevada y media que me consumen todas las energías”

2. Tu panza. “El periodismo es como la prostitución, se aprende en la calle”. La vida también y últimamente no salgo ni en mis días libres. Prefiero cultivar ese terrible hábito de desligarme del mundo desapareciendo en una habitación de 5x4. Lo paradójico es que la prueba de ello es una bola de grasa que no armoniza con el resto de mi cuerpo.

3. Tus brazos. El derecho (izquierdo en el espejo) tiene una cicatriz en forma de círculo, de un centímetro de diámetro, y el izquierdo (derecho de mi reflejo), una herida del tamaño de mi dedo meñique y tres puntitos donde estuvieron los clavos. Cada que las veo me recuerdan que a veces puedo ser imprudente. O que hay momentos en que no me importa la autodestrucción.

4. Tu cabello. Desde abandoné a Sandro, el peluquero de la Residencial San Felipe, porque me hacía siempre el mismo corte, no he encontrado a nadie que pueda con los tres remolinos que adornan mi cabeza. Felizmente no me han adornado con otra cosa… No que yo sepa, al menos.

5. Tus uñas. Cuando están disparejas y cortas, canibalizadas por mí, solo me acuerdo de un viaje terrible… y de ansiolíticos que saben feo.

6. Tu sensación. Me refiero a esa que siento en el pecho, de cuando en cuando, en esos momentos en que me enfrento a cosas que sé que están ahí pero que no quiero ver. La defino como “sentir que tu corazón se arruga como si fuera una hoja de papel”. Y ya se ha arrugado tanto que es difícil leerlo.

7. Tu espejo retrovisor. Digo nomás, ¿no puedo empezar a recordar sin ponerte triste? Ah sí, hay veces en que puedo acordarme de cosas y sonreír: ocurre cuando veo a tipos como el Cansado, el Cuervo, el Gato, Yoyi y Chanchito, que lejos de tener apodo de pandilla de jardín de niños, me traen recuerdos de mi infancia vivida en la adolescencia.

8. Tu memoria. Vivo en un estado extraño. Algunas veces puedo recordar cosas inútiles como los nombres de los seis ingleses a los que Maradona dejó regados en el campo o la frase de un cuento que leí cuando estaba en sexto grado. O la ropa que llevaba a un amigo mío el día que fumamos una cajetilla de cigarros Inca en su habitación. O el olor que tenía ella ese día que estuvimos tirados en el césped hace 8 o 9 años. O el sabor de sus besos con helado de vainilla y chocochips. O cuántos futbolistas aparecen en Los Simpson. Pero olvido aniversarios y fechas de cumpleaños de la gente a la que más quiero. Y tengo pánico de que me pregunten cuál es la fecha de hoy porque tiendo a dudarlo… Felizmente para todo lo demás está Google.

9. Tu olor. Fumo cuando me siento mal. También cuando me siento bien. A veces me percato que ambos estados de ánimo le dan a mi cuerpo olores distintos, e igual de deliciosos. A veces, también, me doy cuenta que mi sobrina me dice que huelo a palo de fumar. Y no sé cómo decirle que soy un adicto.

10. Tus adicciones. Los que me conocen, las conocen… No son drogas socialmente no aceptadas, pero igual. Eso sí, suelo desconfiar de la gente que dice no tener vicios porque rechazan una de las cosas que los hace humanos y falibles. Y no, no estoy en rehabilitación.

 

Imagen tomada de acá.

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De luto...

A todos...

Somos los nietos, los hermanos, los sobrinos, el hijo de quien fue para nosotros algo más y distinto que una gran artista popular. Con ella compartimos la vida, las alegrías y las angustias privadas. Porque esa gran artista fue además nuestra abuela, nuestra hermana, nuestra tía, nuestra mamá. Es por eso que queremos llegar a ustedes desde ese lugar íntimo, lejos de la severidad y la dureza de los comunicados oficiales: porque sabemos que también la quisieron y la siguen queriendo aún mucho más allá de la cantante y de la artista que los acompañó tantas veces, a la que han hecho parte de su familia aún sin tener lazos de sangre.

Es desde este lugar que queremos contarles que Mercedes -la mamá, la tía, la abuela, la hermana-abandonó este mundo el día de hoy. Pero también queremos decirles que estuvo siempre acompañada-inclusive cuando ya no podía saberlo- por un desfile interminable de amigos y artistas populares, y en cada uno de ellos: Ustedes. Y que a pesar de lo triste de cualquier agonía, pasó esos últimos momentos en paz, peleando aguerridamente contra una muerte que terminó ganándole la pulseada.

Por cierto estamos conmovidos y queremos compartir con ustedes esta tristeza. Aunque, al mismo tiempo, nos queda la tranquilidad de que todos hicieron lo posible- incluida nuestra Negra- para quedarse un ratito más entre nosotros.

Lo que más feliz la hacía a Mercedes era cantar. Y seguramente ella hubiera querido cantarles también en este final. De modo que así queremos recordarla y así los invitamos a hacerlo con nosotros.

Infinitas gracias por ese acompañamiento que jamás dejó de estar presente.

Familia de Mercedes

Fuente: La web de la Negra


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En invierno es mejor un cuento triste

Hoy es día para un post triste. Intenté besar a mi ex y me rechazó. A veces pienso que a ellas les gustan los tipos malos. Especialmente los tipos que se acercan sigilosos con cara de buena gente y les rompen el corazón. Esos que terminan siendo sus amigos porque ya cumplieron la meta y se fueron. Lo siento, soy un corazón roto. Un corazón inerme que se ha ido a la mierda. Bonito, de a poquitos y con dolor, como debe de ser. Porque siempre me han gustado las cosas que son como deben ser. Como antaño, porque me imagino a los abuelos afanándose. Así que creo que es la hora de terminar contando la historia calata, sin ropa interior. Nomás porque estoy deprimido, y siempre es bueno echarle la culpa a una enfermedad, aunque este no sea el caso.

Kathy y yo nos conocimos en la universidad. Nacional, Mayor, de San Marcos y eso. Bailamos cheek-to-cheek (como dijo Telmo) una salsa preciosa y atorrante. La miraba con ojos raros, lo sé. Con mis ojos de mirada profunda, como decía una amiga mía, a la que no puedo recurrir a estas horas. No pasó nada aquella vez.

Años después robé vilmente su celular. Le dije a una amiga suya que llamara del mío y luego, con el teléfono de mi antigua chamba, hablamos durante horas. Mi jefe me dijo que tenía consumidos más de mil minutos al mes y que podía botarme. No me importó. Le dije, olímpicamente, que soy bueno en lo que hago y que no me joda. Jorge entendió. El día que me lo dijo, comiendo un caldo de gallina en una esquina de Canadá, me dijo que viviera, y que si era con ella, mejor. Ese día lo bauticé como mi padre (putativo, of course).

Esta es una declaración de principios. Ámala sobre todas las cosas. No tomes su nombre en vano. Santificarás sus fiestas (o días gratos). Desde que salimos, un tarde del 25 de junio del 2006, hasta que terminamos, el jueves antes del 12 de setiembre del 2007, quisimos ser felices.

El 12 de setiembre del 2007, en un ataque hedonista, fumé una buena marihuana y me hizo ver colores en mi vómito. Desde ahí, he vagado entre mujeres de sonrisa fácil y corazón roto. He viajado (o huido) buscando a mi abuelo y a mí mismo. No los encontré, sino detrás de sus ojos color pepita de níspero. He querido pensar que las historias de las comedias románticas de Tom Hanks no son ficción y que algún día haré una locura lo suficientemente grande para que vuelva. No se puede. Ella está lo suficientemente loca para que cada una de las cosas que haga le parezcan locuras tristes de un tipo triste. Y sí, lo soy.

Estoy triste porque hoy hice el último gran intento. Portarme como uno de esos patanes que le rompieron el corazón (incluyendo los últimos dos, que ella no sabe que yo sabía… en realidad no supe, sino que lo sentí). No pude. Casi, casi, le pedí permiso. Lo sé, soy un huevón. Hoy, no sé qué pase.

Hoy no sé qué pase porque es la primera vez que admito en público que hay cosas que no hemos terminado. Que hay cosas que no debo contar aunque por un ratos diga que prefiero la verdad calata, sin ataduras. Que no funcionó el consejo de los amigos (sus amigos, que aún me quieren de cuñado) de forzar las cosas. Porque en eso sí soy débil. En ella.

Con ella, en cambio, era(mos) fuerte(s), pero eso es otra historia. A veces, en invierno, es mejor un cuento triste. Y aún no llegamos a primavera.

PS: No le he hecho ping a mis auspiciadores. Es mejor que el pueblo no me vea tan vulnerable.

La canción que escucho justo ahora.

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Lucía

Lucía tiene el cabello casi rubio, pero no es una casi-rubia-tonta como piensa Carolina, una morocha que infatigablemente la apura con la mirada. No confiaba en nadie la Caro, menos en mí. Cuando nos conocimos, cerquita al parque Kennedy, Lucía me dijo con ese tono tan melódicamente detestable.
–¿Disculpe, sabéi de algún sitio dónde comer por aquí?

Esa tarde de octubre, Lucía, la Caro y yo nos conocimos. Me abordaron en una esquina de la avenida Pardo mientras yo fumaba un cigarro. Lucía solo me preguntó dónde podían comer y yo decidí acompañarlas porque mi hora de almuerzo me martillaba el estómago con la misma fuerza que sus ojos pardos. Luego supe que estaban hospedadas en un hotelito sanisidrino que no conocí hasta la noche, después de que cenamos pizza y bebimos pisco peruano y vino chileno.

Esa noche, en el segundo restaurante al que íbamos juntos desde que nos conocíamos, descubrí que ambas eran diez años mayores que yo y nos morimos de risa, comimos y bebimos. Mientras la Caro nos vigilaba, Lucía y yo nos tomamos de las manos. Por un momento, me vino a la mente el nombre de esa vieja serie gringa: Yo amo a Lucy.

Yo amé a Lucy. Y ella a mí. Nos amamos esa noche mientras la Caro dormía en la habitación de al lado y nos seguimos amando un par de noches sucesivas. La cuarta noche fui hacia el aeropuerto a dejarlas.

Lucy debía tener 30 años el 2004 y desde aquellas tres noches no dejamos de hablar por MSN. Todos los lunes, a las 6 p.m., conversábamos sobre cualquier cosa que nos permitiera pensar que ella andaba por Lima nuevamente, o que yo conocía esa ciudad extraña y fría llamada Valdivia, cerquita de La Serena.

Un lunes no llegó. Al siguiente, tampoco. A la tercera semana la Caro me contactó: el cerebro loco de Lucy había rebotado mil veces en el interior de una camioneta luego de la volcadura. Que no me preocupe. Que el siguiente lunes Lucy estaría de vuelta. El lunes de la cuarta semana apareció, adolorida, ante su webcam. Y yo ante la mía, acariciaba uno y cada uno de los golpes que había tenido. Que suene cojudo: recién ese día nos soltamos un “te amo”. Lucy (y yo) en el cielo, con diamantes.

Un día, tiempo después, Lucy me propuso ir a verla. Andábamos por marzo y mis ahorros estaban designados a un boleto de avión sin pasaje de vuelta. Una semana después me propuso vivir con ella. Yo ya había hecho mis maletas sin que mamá y papá supieran que sacaría un pasaporte, renunciaría a mi trabajo, abordaría un vuelo directo a Santiago y luego tomaría un tren al sur (o algo que se le parezca). Hasta que tuvimos esta charla:

Lucy says: Hola bebé ¿Cómo andás?
Angel says: Peor que tú, espero ;)
Lucy says: Tenemos que hablar.

Lo que siguió fue un final del que solo recuerdo algunas frases:

Lucy says: ¿Tú me pedirías que cambie por tí?
Angel says: Nunca.
Lucy says: Pues yo no puedo pedirte que cambies tu vida entera por mí.

Ese día Lucy me confesó que desde el accidente sufría dolores de cabeza, tomaba pastillas para disolver un coágulo rebelde y olvidaba cosas de tanto en tanto. Que algunas veces había dejado de entrar al MSN porque no recordaba que su contraseña era Tinta Roja, el título de uno de nuestros libros favoritos. Me dijo también que sería la última vez que usaría esa cuenta de correo. Y lloramos hasta que no pudimos más.

Hace mucho que no sé nada sobre Lucía, pero hace poco pensé en ella mientras caminaba por Miraflores y fumaba un cigarro, cinco años después, en aquella esquina de Pardo. Ahora que recuerdo, un día apareciste. Fue después del terremoto que zarandeó todo Lima el 15 de agosto del 2007. Tu nickname decía: “Espero que te encuentres bien”.

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Tres historias del Bronx

“Te voy a decir algo. Tú solo tienes permitidas tres grandes mujeres en tu vida. Ellas llegan como los grandes luchadores, una vez cada diez años: Rocky Marciano, Sugar Ray Robinson, Joe Louis. A veces las tienes todas a la vez”
Sonny, en Una historia del Bronx (A Bronx Tale). 1993

La primera, casualmente, también se llama C. Teníamos 15 y jugamos a ser novios en la sala de su casa, donde nunca nos encontraron haciendo el amor. Hice que me dejara mientras yo me encontraba de viaje y me terminó en una llamada, un 14 de febrero, solo para que suene huachafo cuando lo cuente. Aquel día yo estaba ebrio luego de haberme tomado un tequila y el único testigo de mi primer corazón roto fue un teléfono público. Con ella aprendí a no ser nunca como su padre.

La segunda se llama B. Me enseñó a bailar y comer en sitios caros, a vestir camisas y a regalar rosas compradas en florería. También aprendí que uno debe conocerse. A sus 24, ella quería rebelarse a su familia estando con un chico cuatro años y medio menor, y yo le dije que estaba dispuesto a no enamorarme para que cumpliera su cometido. Me equivoqué. Me dejó y le debo haber dicho cosas horribles cuando lo hizo. Tantas, que no la he vuelto a ver.

Miento. La tuve cerca una vez. En ese entonces estaba con L. –cuya inicial verdadera no pienso citar– y fuimos a una discoteca. De pronto, llegó B. Yo le había contado la historia a mi novia de ese entonces y su reacción fue alucinante: Me tomó de la mano, me llevó a bailar cerca de B. y su nuevo novio. Y me besó con toda la ternura con la que puede hacerlo una cazafantasmas. Nunca le vi la cara a B. y no me importa si ella me vio. Solo quería que el tiempo se congelara en la sonrisa de L.

La sonrisa de L. se congeló. Poco a poco se fue volviendo fría y no hice lo mínimo indispensable para calentarla. El jueves anterior al 12 de octubre del 2007, en una calle de San Borja, me dijo adiós sin que yo atinara a pedirle que se quede. Y ese fue mi error.

Nunca más le he vuelto a contar cuentos a nadie en un parque. No he vuelto a recorrer medio Lima en tiempo récord. No he huido de ladrones aferrado a la mano de alguien a quien quería proteger. He dejado de escribir cuentos con dedicatoria que algún día serán un libro. Y no he vuelto a disfrazarme de payaso para mi sobrina mientras pensaba que la función era para dos. Con ella aprendí a pensar de a dos, aunque a ratos olvidé cómo.

Lo curioso es que los caminos de L. y el mío se cruzan todo el tiempo. No sé si es porque cuando uno quiere a alguien, un ente supranacional hace que esas personas estén cerca. O si solo es que nuestros intereses siempre han sido los mismos. Algunos me dicen que la odie, otro que la deje en paz. Unos pocos hombres del Ángel Gris me piden que siga luchando, no porque el que persigue alcanza, sino porque cerca de ella es la única forma en que yo sea el tipazo que soy. Quizás ya pasaron las tres de las que le habla Sonny al joven C. Solo tengo 25, y una afirmación así da miedo.

**************

PS: De las tres, solo L. pasó a la primera (en un taxi y no en un auto que no tengo) la Prueba de la Puerta, que Sonny también dio a conocer a C. (Callogero, para su padre). Aquí la transcripción.

- Hazle mi prueba, la Prueba de la Puerta –le dijo Sonny a C.

- ¿Qué es eso? –preguntó Callogero

- Escúchame: Llegas a recogerla. Antes de salir del auto asegura ambas puertas. Sales del auto, caminas hacia ella. La llevas al carro. Tomas la llave y abres la puerta para ella. La haces entrar y cierras la puerta. Caminas detrás del auto y miras detrás de la ventana trasera. Si ella no se estira y quita el seguro para que tú puedas entrar, déjala.

- ¿Así nada más?

- Escúchame muchacho. Si ella no se estira y levanta el seguro para ti… Es porque ella solo piensa en sí misma y todo lo que estás viendo es la punta del iceberg. Déjala rápido.

- ¿Y qué hay de todas las cosas bellas que acabas de decirme sobre hacer lo que mi corazón me diga, encontrar a alguien que ponga viento en mis velas? Ella podría ser una de las grandes.

- Tonterías chico, lo que importa es la prueba de la puerta.

La Prueba de la Puerta, según Sonny, está en los últimos tres minutos de este video.

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Un poema violento

(o un triste y pobre homenaje al buen Mario Benedetti)


Necesito drogarme,

necesito alcohol,

necesito una hembra que cabalgue en mis piernas,

la necesito a ella

.
.
.

No,

solo a ella

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Breve tratado sobre la depresión

"Bostezaste. Acabo de decirte algo interesante, así que no es aburrimiento. Son las once de la mañana, estás bebiendo café, así que no estás cansado. No bostecé, así que no es un bostezo inducido. Es un síntoma".
Gregory House

Soy depresivo. A veces soy también deprimente, pero eso no está en cuestión ahora. Me lo han diagnosticado y la prueba de ello es que estoy escribiendo mientras mil quinientas cosas pasan por mi cabeza. Pronto dejaré este post a medias y lo olvidaré un tiempo, hasta que sobrevenga otra de esas etapas maravillosas en las que uno es Superman. Dentro de poco pasaré mis dos días libres sin bañarme, en frente de la computadora, leyendo cualquier cosa o viendo una serie. Seguramente, volveré a abandonar mi tesis.

La depre es así. Te engaña como una mujer a la que le das todo y luego te deja porque no pudiste darle más. A una mujer le echaba las culpas de mi tristeza hace unos meses, cuando terminaba en un bar llorando en el hombro de un buen amigo. Eran las mismas lágrimas que derramaba antes, por otra chica, o quizás porque no me sentía lo suficientemente bueno en mi trabajo. O en los estudios. O whatever.

Mientras no estás deprimido (y no estás “nomal”), estás eufórico. Esa etapa me gusta. Usualmente tengo mil temas sobre los cuales escribir y no duermo más de dos horas al día. Las ideas sobre cada uno de los textos se agolpan en mi mente y he aprendido que todo se hace tan confuso que es imposible sacar una sola línea coherente.

Entonces retengo en mi mente cada una de esas ideas hasta que tienen que salir. Quizás es la capacidad que más he ejercitado, la única que puedo usar cuando sé que estoy feliz y que pronto empezaré a ponerme de un insoportable color azul.

Cuando me pongo azul me medico con cafeína. En realidad no lo supe hasta que entendí por qué el estado de cuenta de mi tarjeta de crédito empezaba a tener consumos cada vez más frecuentes en Starbucks en mis momentos tristes. O hasta que descubrí que la hierba mate no tiene cafeína, pero sí mateína, que es -en correcto peruano- la misma chola con diferente calzón.

En personas excesivamente melodramáticas, obsesivas y exageradas como yo (¿Se fijaron cómo exageré esto?), de vez en cuando sobreviene -como decían Pablo y Pachu- "la hecatombe". Usualmente cuando un café no es suficiente busco otras maneras de hacer que la adrenalina fluya. Lo que provoca una seguidilla de hechos bochornosos en los que intervienen no solo tú, sino cualquiera que ose ponerse en frente en medio de esa búsqueda de emociones.

Deprimido, he bebido en la absoluta soledad de un bar en Venezuela. Me he expuesto a que un ladrón peruano me pegue un tiro en una barriada en Mérida (posibilidad que no llegó a consumarse al reconocerme como connacional). he provocado que un amigo mío maneje, conmigo de copiloto, a 160 Km/h en la Vía Expresa. He gastado fortunas en llamadas de larga distancia. He echo un viaje no planeado buscando las raíces de mi depresión. Y un largo etcétera lleno de errores que me hacen deprimirme aún más cuando los recuerdo.

Hoy, por ejemplo, acabo de enterarme que Danica McKellar (la Winnie Cooper de Los Años Maravillosos) se ha casado. Alguien ha decidido así darle un golpe tan duro a mi euforia que me ha quitado las ganas de escribir. No tiene nada que ver con el niño que llevo dentro, sino con aquella vana nostalgia por los amores perdidos. Felizmente, estoy saliendo de mi casa para verme con Rudy, y seguir planeando un libro que no tiene cuándo salir, y la melancolía -para esas cosas- es necesaria.

A veces, cuando uno está deprimido, ni los consejos más sabios sirven (Pero cuando uno ve este video, le dan ganas de hacer pesas).

Para los depresivos, obsesivos, megalomaníacos y melodramáticos, una canción que me recuerda que a veces se puede salir de los momentos azules con un poquito de hipocresía.

¿Winnie Cooper, por qué te casaste?

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Citas Citables

  • "¿Sabes cómo matar a un cerdo? Lo haces correr hasta que no da más y luego le echas un balde de agua helada. Entonces, se le para el corazón" (Paskín)
  • "Yo sí creo en la vida después de La Patrona, solo que creo en ella con la misma certeza con la que creo que existe vida en otro planeta..." (Prakzis)
  • "Lo de estar jodido es natural, es como la depre, es solo el nombre comercial de la consciencia" (Carlos V.)
  • "Tómalo por el lado B" (Gi)
  • "¡Scheiße!" (Carmen K.)

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