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Cosas que mis amigos no entienden

Mi mejor amigo y yo. El único que realmente me entiende.



Mis ciclosde sueño. He luchado durante años contra el insomnio y él y yo hemos llegado a un sano acuerdo: yo lo uso cuando tengo que hacer cosas y él me deja dormir cuando sea total y absolutamente necesario. En el trabajo no entienden que si me paso una semana completa de amanecidas es porque el acuerdo sigue en pie. Ellos, que se preocupan por mi, me mandar a dormir (a veces de formas poco cariñosas). El caso opuesto también conduce al desastre: el otro día me llamó una amiga a las 4 de la mañana, luego de enviarme un mensaje de texto al celular (que, obviamente, no contesté por estar dormido) para decirme que vayaa su casa a beber. La mandé a la mierda lo más cortésmente que pude y, acto seguido, me fui a dormir. No pude. El sueño se había ido.

Que no me gusta verlos. A mi mejor amigo lo veo cada ocho meses. En el mejor de los casos,coincidimos un día en que no hay nada qué hacer y salimos a caminar y a tomar unas cervezas mientras que nos contamos lo desastrosas que ha sido nuestras vidas. En medio de todo, encontramos motivos para ser felices y reímos de aquellas cosas que, por separado, nos harían llorar. Él, que me conoce hace mil años, sabe que cada vez que lo veo, es la continuación de la anterior. Por eso me enerva esa gente que te llama para salir tres veces por semana, dar una vuelta, ver cómo estás, preguntar por tu perro y contarte lo que almorzaron. Lo hago, sí, pero solo con algunos elegidos.

Mi mal humor. Lo admito. Soy un tipo difícil de tratar. Mis amigos, los que me conocen hace mil años, saben que cuando estoy de malas es mejor no acercarse. Puedo acabar siendo sumamente hiriente y sacando los esqueletos del clóset para que recuerden por qué no se deben meter conmigo. La última vez hice llorar como un niño a un tipo que mide metro ochenta y tiene cuerpo de luchador. Nomás porque se atrevió a decirme que no sea tan amargado.

Mi relación con mis padres. A mamá le hablo cono si fuera un brother, con ajos, cebollas ytodo el chimichurri. Mis amigos se escandalizan cada vez que me escuchan hablar por teléfono con ella y me clavan, ipso facto, la etiqueta de mal hijo en la frente. En mi defensa he de decir que, al otro lado de la línea telefónica, mamá me trata igual. O peor. A papá, en cambio, le hablo con el mayor de los respetos pero reniego de sus manías y poca practicidad. Como cuando salgo apurado de la casa y él me dice que me jala para ir a la chamba. Se demora la vida para salir, casi siempre ha olvidado algo y debe volver a entrar para recogerlo. En el camino, recuerda que el auto no tiene gasolina y debe pasar por el grifo. Pese a todo, no me he bajado del auto a tomar taxi porque entiendo que sus intenciones son buenas. Tampoco le cuento nada de mi vida, pero es el primero al que recurro cuando necesito sacarme el nudo de la garganta. Y casi siempre sabe calmarme.

Mi trabajo. Veamos. Soy workaholic. Puedo trabajar hasta veinte horas al día entre la oficina y mi casa. A veces despierto y escribo notas mientras fumo. Las acabo,envío, y me voy al trabajo. No intenten persuadirme de que no lo haga. Enserio.

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10 cosas que odio de ti (o palabras sueltas frente al espejo)

 

1. Tus ojeras. “Te has pasado más noches despierto de las que deberías, casi siempre pensando en cosas que no valen la pena, o que no deberían valerla”. Esa fue la sentencia de una amiga que ahora debe estar durmiendo, a diferencia mía. Más que por las sombras negras en mis ojos, me molestan porque, como día la China Tudela, “mi insomnio me pone en una especie de estado crepuscular, cholita, en el que no puedo evitar pensar en huevada y media que me consumen todas las energías”

2. Tu panza. “El periodismo es como la prostitución, se aprende en la calle”. La vida también y últimamente no salgo ni en mis días libres. Prefiero cultivar ese terrible hábito de desligarme del mundo desapareciendo en una habitación de 5x4. Lo paradójico es que la prueba de ello es una bola de grasa que no armoniza con el resto de mi cuerpo.

3. Tus brazos. El derecho (izquierdo en el espejo) tiene una cicatriz en forma de círculo, de un centímetro de diámetro, y el izquierdo (derecho de mi reflejo), una herida del tamaño de mi dedo meñique y tres puntitos donde estuvieron los clavos. Cada que las veo me recuerdan que a veces puedo ser imprudente. O que hay momentos en que no me importa la autodestrucción.

4. Tu cabello. Desde abandoné a Sandro, el peluquero de la Residencial San Felipe, porque me hacía siempre el mismo corte, no he encontrado a nadie que pueda con los tres remolinos que adornan mi cabeza. Felizmente no me han adornado con otra cosa… No que yo sepa, al menos.

5. Tus uñas. Cuando están disparejas y cortas, canibalizadas por mí, solo me acuerdo de un viaje terrible… y de ansiolíticos que saben feo.

6. Tu sensación. Me refiero a esa que siento en el pecho, de cuando en cuando, en esos momentos en que me enfrento a cosas que sé que están ahí pero que no quiero ver. La defino como “sentir que tu corazón se arruga como si fuera una hoja de papel”. Y ya se ha arrugado tanto que es difícil leerlo.

7. Tu espejo retrovisor. Digo nomás, ¿no puedo empezar a recordar sin ponerte triste? Ah sí, hay veces en que puedo acordarme de cosas y sonreír: ocurre cuando veo a tipos como el Cansado, el Cuervo, el Gato, Yoyi y Chanchito, que lejos de tener apodo de pandilla de jardín de niños, me traen recuerdos de mi infancia vivida en la adolescencia.

8. Tu memoria. Vivo en un estado extraño. Algunas veces puedo recordar cosas inútiles como los nombres de los seis ingleses a los que Maradona dejó regados en el campo o la frase de un cuento que leí cuando estaba en sexto grado. O la ropa que llevaba a un amigo mío el día que fumamos una cajetilla de cigarros Inca en su habitación. O el olor que tenía ella ese día que estuvimos tirados en el césped hace 8 o 9 años. O el sabor de sus besos con helado de vainilla y chocochips. O cuántos futbolistas aparecen en Los Simpson. Pero olvido aniversarios y fechas de cumpleaños de la gente a la que más quiero. Y tengo pánico de que me pregunten cuál es la fecha de hoy porque tiendo a dudarlo… Felizmente para todo lo demás está Google.

9. Tu olor. Fumo cuando me siento mal. También cuando me siento bien. A veces me percato que ambos estados de ánimo le dan a mi cuerpo olores distintos, e igual de deliciosos. A veces, también, me doy cuenta que mi sobrina me dice que huelo a palo de fumar. Y no sé cómo decirle que soy un adicto.

10. Tus adicciones. Los que me conocen, las conocen… No son drogas socialmente no aceptadas, pero igual. Eso sí, suelo desconfiar de la gente que dice no tener vicios porque rechazan una de las cosas que los hace humanos y falibles. Y no, no estoy en rehabilitación.

 

Imagen tomada de acá.

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Una vez me sentí Beckenbauer

La imagen es de un VHS viejo, que hoy debe estar enmohecido en una de las tantas cajas llenas de cachivaches que mamá guarda en la casa. Ahí, al costado del tocadiscos que saco de cuando en vez para escuchar Sinfonía Inconclusa en la Mar, Piero. El video, que me regaló papá, dice en la tapa “The World Greatest Players”, o algo así. Y chiquita, a un costado de la imagen detestable de Pelé saltando, aparece un gringo con cara de buena gente. Esa es la imagen que recuerdo con más cariño de un fútbol que no he visto en esta vida.

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En la semifinal de México ’70, ese Mundial que todo el mundo recuerda por míster Do Nascimento y nuestros futbolistas viejos, Franz Beckenbauer se dislocó el hombro derecho y jugó así los tiempos suplementarios del partido que su selección perdió 4-3 con Italia: con el brazo en cabestrillo, vendado, aferrándose con la mano de su extremidad lastimada a su corazón, para que no quepa duda. Y así, perdió.
Solo una vez me sentí cerquita a esos jugadores elegidos. No me refiero a lo que sucedió en mayo, cuando mi clavícula izquierda se salió de su lugar en medio de una noche en que me sentí un arquero suicida: “Hace poco, cosa de cinco meses, se convirtió en un joven futbolista retirado: saltó para despejar una pelota y un tipo de 150 kilos le cayó encima. Se rompió el hombro y el brazo izquierdo”, así lo narró Villegas en un libro que pensamos publicar. Pero no hablo de ese día.

En realidad, me refiero a lo que sucedió en noviembre del 2000. Entonces jugaba vóley, no leía diarios deportivos y estaba en quinto de media. Era mi último año en la selección del cole y tenía una cinta en mi camiseta que indicaba que era el capitán de un equipo condenado a ganar un solo partido, como todos los años, contra el más débil del grupo.

No recuerdo el nombre del equipo con el que jugábamos. Por la camiseta amarilla y el tipo alto que asesinaba con sus mates, creo que era el Santa María, uno de esos colegios que se hacen clásicos rivales porque competíamos por mujeres y hombrtía, como animales salvajes dispuestos a marcar territorio.
La jugada precisa fue provocada por un mate de ese tipo del que solo recuerdo el metro noventa y seis. El balón lo recibió Óscar, uno de esos hermanos que no tengo y que por su contextura y andar se había ganado el mote de “cansado”. El balón salió disparado hasta una posición imposible y yo fui por él. Cuando estaba apunto de llegar, mi rodilla maltrecha golpeó la banca y escuché un ruido suave. Me cambiaron. Por mí ingresó César, y me pusieron éter mientras el gordo cumplía con su labor de futbolista de equipo chico: podíamos vencer a todo un equipo los dos solos en el entrenamiento, pero apenas se ponía la camiseta, le pesaba. Luego ingresé. Nunca lo dije, pero esa noche no pude dormir por el dolor y me dopé con antiinflamatorios hasta que mi rodilla regresó a su tamaño normal. Carlos, la única persona que conozco a la que no le importa lo que pueda pensar fue testigo presencial. Caí justo a un metro suyo.

–Puta madre, estuve a esto de llegar –le dije, separando mi índice y mi pulgar apenas un par de centímetros.
–No llegabas –replicó.
–Tenía que haberlo hecho.
–No tenías por qué hacerlo. Sabías que no ibas a llegar, pero yo sé que pensaste que si lo hacías nadie se iba a dar cuenta que jugabas con la rodilla lesionada desde antes. No puedes con tu ego, solo querías que dijeran que hiciste la salvada de la década. Eres un huevón.

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Lucía

Lucía tiene el cabello casi rubio, pero no es una casi-rubia-tonta como piensa Carolina, una morocha que infatigablemente la apura con la mirada. No confiaba en nadie la Caro, menos en mí. Cuando nos conocimos, cerquita al parque Kennedy, Lucía me dijo con ese tono tan melódicamente detestable.
–¿Disculpe, sabéi de algún sitio dónde comer por aquí?

Esa tarde de octubre, Lucía, la Caro y yo nos conocimos. Me abordaron en una esquina de la avenida Pardo mientras yo fumaba un cigarro. Lucía solo me preguntó dónde podían comer y yo decidí acompañarlas porque mi hora de almuerzo me martillaba el estómago con la misma fuerza que sus ojos pardos. Luego supe que estaban hospedadas en un hotelito sanisidrino que no conocí hasta la noche, después de que cenamos pizza y bebimos pisco peruano y vino chileno.

Esa noche, en el segundo restaurante al que íbamos juntos desde que nos conocíamos, descubrí que ambas eran diez años mayores que yo y nos morimos de risa, comimos y bebimos. Mientras la Caro nos vigilaba, Lucía y yo nos tomamos de las manos. Por un momento, me vino a la mente el nombre de esa vieja serie gringa: Yo amo a Lucy.

Yo amé a Lucy. Y ella a mí. Nos amamos esa noche mientras la Caro dormía en la habitación de al lado y nos seguimos amando un par de noches sucesivas. La cuarta noche fui hacia el aeropuerto a dejarlas.

Lucy debía tener 30 años el 2004 y desde aquellas tres noches no dejamos de hablar por MSN. Todos los lunes, a las 6 p.m., conversábamos sobre cualquier cosa que nos permitiera pensar que ella andaba por Lima nuevamente, o que yo conocía esa ciudad extraña y fría llamada Valdivia, cerquita de La Serena.

Un lunes no llegó. Al siguiente, tampoco. A la tercera semana la Caro me contactó: el cerebro loco de Lucy había rebotado mil veces en el interior de una camioneta luego de la volcadura. Que no me preocupe. Que el siguiente lunes Lucy estaría de vuelta. El lunes de la cuarta semana apareció, adolorida, ante su webcam. Y yo ante la mía, acariciaba uno y cada uno de los golpes que había tenido. Que suene cojudo: recién ese día nos soltamos un “te amo”. Lucy (y yo) en el cielo, con diamantes.

Un día, tiempo después, Lucy me propuso ir a verla. Andábamos por marzo y mis ahorros estaban designados a un boleto de avión sin pasaje de vuelta. Una semana después me propuso vivir con ella. Yo ya había hecho mis maletas sin que mamá y papá supieran que sacaría un pasaporte, renunciaría a mi trabajo, abordaría un vuelo directo a Santiago y luego tomaría un tren al sur (o algo que se le parezca). Hasta que tuvimos esta charla:

Lucy says: Hola bebé ¿Cómo andás?
Angel says: Peor que tú, espero ;)
Lucy says: Tenemos que hablar.

Lo que siguió fue un final del que solo recuerdo algunas frases:

Lucy says: ¿Tú me pedirías que cambie por tí?
Angel says: Nunca.
Lucy says: Pues yo no puedo pedirte que cambies tu vida entera por mí.

Ese día Lucy me confesó que desde el accidente sufría dolores de cabeza, tomaba pastillas para disolver un coágulo rebelde y olvidaba cosas de tanto en tanto. Que algunas veces había dejado de entrar al MSN porque no recordaba que su contraseña era Tinta Roja, el título de uno de nuestros libros favoritos. Me dijo también que sería la última vez que usaría esa cuenta de correo. Y lloramos hasta que no pudimos más.

Hace mucho que no sé nada sobre Lucía, pero hace poco pensé en ella mientras caminaba por Miraflores y fumaba un cigarro, cinco años después, en aquella esquina de Pardo. Ahora que recuerdo, un día apareciste. Fue después del terremoto que zarandeó todo Lima el 15 de agosto del 2007. Tu nickname decía: “Espero que te encuentres bien”.

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El post que no pienso escribir

Sé que si alguien (aunque lo dudo) ha seguido mi peregrinaje, estará esperando el momento en que vea la luz al final del túnel y descubra a mi abuelo. Yo, al menos, he esperado el momento en que lo ideal se ha ido al diablo y descubro que su nombre, pese a ser igual al mío, no es lo mismo. Ese momento llegó, pero me he prohibido escribir sobre eso.

Sobre la historia de mi viaje por aquella zona del Valle Sagrado que casi no aparece en las guías oficiales de turismo (y por la que he caminado sin el más mínimo interés en turistear), solo puedo decir que llegué a donde el abuelo y que, como siempre, las respuestas están más cerca de lo que uno cree.

Luego de apuñalar un tronco de árbol regresaba derrotado rumbo al cruce de caminos, hasta que vi a una mujer que dice llamarse Elizabeth. Tiene 26 años y tres hijos. Yo le creo porque gente como ella no tiene por qué mentir. Ha salido de entre unos arbustos con la menor de sus niños envuelta en una lliclla que puede haber sido improvisada con una sábana color celeste-desteñido-que-en-otro-tiempo-pasado-fue-mejor.

La niña se llama Diana y su madre es la encargada de cuidar lo que algún día fue la casa de mi abuelo, y de mi viejo. He abrazado (a Elizabeth), y he cargado entre mis brazos (a Diana) como si fuera un náufrago mientras le explicaba a la madre cosas dementes sobre una búsqueda de mis raíces que seguramente no ha entendido. Durante quince minutos le he contado la historia de mi familia y he inspeccionado la casa donde vive de lejos, porque a nadie le gusta que un desconocido entre en su casa y esa no es la mía. Tampoco la de ella, porque Elizabeth la cuida junto a un esposo ausente en ese instante.

Luego, he regresado al cruce de caminos, he terminado de llenar de polvo mi jean con una caminada de quince minutos a Santa María. He regresado a Quellouno en la tolva de una camioneta de aquellos buenos amigos de la municipalidad, he tomado una ducha luego de haber sido brutalmente bañado por una tormenta selvática y he vuelto a algún lugar donde siento que todavía pertenezco. A Quillabamba. Después Cusco. Arribé al terminal a las 6:00 a.m. y me fui a dormir.

Ese mismo día, por la tarde, en Cusco, descubrí quien era mi abuelo. Me lo dijo una tía, vieja como el tiempo, a la que llamaré la curandera, pues fue ella quien sanó el brazo roto de mi padre con un par de cañas, la savia de un árbol y hojas de plátano, junto a mi abuelo. Cuando salí de su casa escribí los detalles en un cuaderno, llovía y las hojas sobre las que garabateaba se mojaban con mis lágrimas. No puedo contar más. La curandera me hizo prometerle que mi padre nunca se enteraría de los detalles. Yo he decidido cumplir.


Elizabeth

Elizabeth y Diana (o la luz al final del túnel)


Santos Aires

Santos Aires (o lo que queda de...)

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Eso que llevas ahí

Me he dado cuenta que en la última foto mis mejillas están hinchadas. Como si súbitamente hubiera engordado pese a los desarreglos de las noches cusqueñas que me llevaron a besar a una sueca con los ojos del color de un mar diáfano, el alcohol que he vuelto a tomar desde que dejé los ansiolíticos y a la gran cantidad de amanecidas conversando con Juanjo. En una de ellas, el Jotas me dijo una de aquellas verdades que uno siempre sabe pero no quiere admitir.

– Tú y yo sabemos que estás huyendo, no buscando.

Es verdad. He huido hasta un cruce de caminos, casi a 180 kilómetros de Camisea, que en el mapa apenas puedo identificar. Ahí me ha dejado una camioneta propiedad de la municipalidad de Quellouno, el último pueblo antes de llegar a Santos Aires.

De pie ahí, al lado del camino, me he dado cuenta que he variado el plan que me tracé cuando salí de Quillabamba. No llevo mi bolsa de dormir, lo que significa que no dormiré en medio de la selva. Solo traigo una casaca –por si llueve– y un canguro, donde descansan el mp3 y la navaja del abuelo.

Nunca, hasta ahora, he tenido la sensación de estar perdido. La de transitar solo por el lugar equivocado. Me he sentido perdido en el sentido de haber errado en mis acciones, y casi siempre he estado en lo correcto cuando he tenido la mínima noción de estar metiendo la pata, pero incluso aquella vez que me perdí en una barriada en Mérida y me apuntaron con un arma en la cara, tenía fija en la cabeza la idea de que algo iba a pasar. Pero esta vez la incertidumbre corta hasta la voz de Fito Páez y oculta el latido acelerado de mi corazón.

Hace una hora que he dejado el cruce de caminos. No llevo mapa, solo una indicación que me dieron antes de dejarme: “Ve por ahí, deben ser cuarenta minutos. En el camino te encontrarás con alguien de la familia Cahuache, un poco más allá encontraras la hacienda de la familia Centeno”, me dijeron. “Hace más cincuenta años esa era la hacienda de los Pilares”, pensé mientras me ponía los audífonos y colocaba aquella canción.

Estoy perdido. Encontré a una mujer con zanjas en el rostro que me anunció que estaba por buen camino: “Solo cruza el río y ahí nomás está, papá”. He despreciado un tronco viejo y llego de hongos por otros tres que ofrecían mayor garantía y he empezado a subir por un cerro sin saber que acababa de tomar, como diría Villeguitas, “una combi asesina directamente hacia la mierda”. Me doy cuenta de ello cuando he subido demasiado, me he fumado mi último cigarro, y veo –a los lejos– el cruce de dos ríos donde según la narración de mi padre, estaban los dos pabellones que componían su casa.

Me he sentado nuevamente en aquellos tres troncos que me hicieron atravesar el río para perderme durante una hora. Mi reloj dice que falta poco para que los benefactores que me llevaron hasta el cruce de caminos pasen por Santa María, un poblado de carretera donde me recogerán. De no alcanzarlos, bien podría buscar un lugar en el suelo para poder dormir hasta el día siguiente, cuando pasen nuevamente las camionetas del municipio. Desenfundo el cuchillo, admiro su hoja afilada antes de salir de Lima, con la que sin querer me hice un corte días antes. A mi mente llegó una frase, según la cual, nadie arriba a un lugar para el que no está preparado.

Tiempo atrás, Óscar Rodríguez –uno de los amigos más sensatos y entrañables que me dejó la escuela– me dijo que sabía cuándo pensaba que había errado cuando empezaba a golpear mi cabeza. La lectura semiótica de aquel castigo es que no me sirve de nada ser tan inteligente como todos dicen, cuando fallo en una cosa que cualquier otro podría hacer.

Hoy me he golpeado la cabeza tantas veces con la palma de mi mano, que he decidido despedirme de mi abuelo habiendo fracasado, y he tallado sus iniciales (que son las mías, a su vez) en uno de los tres troncos sobre los que estoy sentado. Con el movimiento, mi mp3 se ha encendido y nuevamente escucho aquella canción, solo quizás ahí me di cuenta que ya está muerto y dibujo una cruz encima. Luego, mi rabia empieza a apuñalar salvajemente el tronco sobre el que estoy sentado mientras las lágrimas corren por mi rostro. Cuando me detengo, ha empezado a llover. Es como una señal: “Lo importante no es llegar, lo importante es el camino”, dice Fito en mis oídos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(La tumba de mi abuelo, poco después de la lluvia)

 

Esta es la canción que escuché todo el camino, mientras me picaban los mosquitos y una cantidad enorme de bichos que no sabía que existían. Casi, casi, un himno para aquellos que buscamos.

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George of the Jungle

Tío George fue el primero que me enseñó el vicio de los videojuegos. Una de las contadas veces que he visto a mi padrino (guarapero, mujeriego y patadeperro) caminábamos por la residencial San Felipe y yo me quedé viendo una de aquellas maquinitas ‘coin-op’ con algún pésimo ‘shooter’ que entonces me parecía el mejor de los simuladores de vuelo.

El tipo enorme y fuerte, aunque delgado, me hizo entrar al local y, llegando en puntas de pie, pude jugar un rato. Luego vendrían las épocas de Street Fighter y sus secuelas, el reciente vicio de FIFA que disfruto junto a una cajetilla de cigarros algunas noches, cada vez más separadas una de la otra.

La última vez que lo vi él tenía un corte longitudinal a lo largo del abdomen y otro, en forma de arco que nacía en un costado del estómago, pasaba por debajo de su caja torácica siguiendo el diafragma y continuaba hasta terminar en el lado opuesto. Pesaba 45 kilos y luego de una complicada operación en el hospital María Auxiliadora, había sobrevivido de milagro al cáncer. Tiempo después de enteré que dijo lo siguiente:

“El doctor me ordenó que no coma helados. Yo pensé que era por lo frío, pero las chelas heladas pasan nomás”

Desde entonces no toma lácteos, lo han operado dos veces más (una del estómago y otra por un ‘lifting’ que acentuó su vanidad) y yo he aprendido a querer a mi padrino por ese cariño demente que le tengo a la gente libre. Sin embargo, su libertad (Aquí viene el momento en que alguien me dirá que no la confunda con libertinaje, pero es mi tío y prefiero pensarlo libre) lo ha llevado a caminos extremos.

Jorge, el que solo fuma cuando bebe o cuando viaja a Cusco para ver a Cienciano, dejó a su esposa en Quillabamba y se fue a Maranura, una ciudad vecina, donde le puso a su amante una tienda. Si la de mi tía Berna (horrorosa forma de nombrar a una mujer que se llama Sabina) tiene afuera un rótulo que dice “Mi Bodeguita”, la de la otra se llamaba “Su Bodeguita”. Luego, cuando los males lo aquejaron, dejó a su amante y regresó a su ciudad, y a su casa, pero en una habitación a treinta metros de la de su esposa.

George, de cariño, es el hijo mayor de mi abuelo. Dice Sabina Flores, su esposa, que ambos “son igualitos de pinta y de carácter”. Aunque ignoro si mi abuelo engañó a mi abuela, lo sospecho. El día que llegué, mi tío George entró al cuarto que me habían cedido. A pesar que había llegado tres horas antes y que lo busqué por toda esa ciudad chica no lo encontré pues se había pasado el día dando vueltas en el mismo auto que hace poco chocó y que le valió una pelea con dos mototaxistas. Usa lentes oscuros, para que no se le vean los moretones.

–Yo vivía en Canto Grande, por Acho –me dijo cuando finalmente pude hablar con él.

–¿Tu has vivido en Lima?

–Claro. Yo era muy andariego, conozco Lima, Huaral, Huacho, Paramonga, Huarmey, Supe. Todo eso.

–¿Y qué hacías ahí?

–Trabajando en lo que sea. Trabaje en el Ministerio de Salud. Era matarrata.

–¿Mararrata?

–Fumigador, pues. Al Banco de la Nación entré como cadenero, esos que cuidan las puertas, y ascendí hasta apoderado (N. de R: Eso sí no tengo idea qué cosa sea). Trabajé 39 años y 9 meses, ya después de mis aventuras.

–¿Y cómo te mandaste a mudar?

–No aguantaba, mi viejo era jodido. Me pegaba. Una vez había un mulo grandazo, tendría yo 13 años. Había un saco que pesaba un quintal, o sea unos cincuenta kilos, y quería que lo suba. Lo empujé de más, se cayó al otro lado y me metió una patada. Así era él, hasta que no aguanté más y agarré un camión. Me alojé en San Cosme, en el cerro El Pino, en Breña. Ahí chambeaba de jalapitas, en un ascensor. No me gustó y me fui a Puente Piedra. Tenía 17 años cuando me fui de la casa.

Esa conversación la registré con una grabadora encendida subrepticiamente y duró apenas media hora. Yo vestía los mismos jeans rotos con los que llegué a Quillabamba y que no me cambié hasta que llegó el momento de regresar a Cusco. Al día siguiente me llevó a una hacienda llamada Potrero, donde mi abuelo trabajó como capataz mucho tiempo después de vender sus tierras en Santos Aires. Me dijo, ese día, que extrañaba a su viejo, mientras yo jugaba con la escopeta que usa Jorge cuando va al monte, de cacería.

“Yo también”, le dije. No hablamos más. Al día siguiente, a las cinco de la mañana, tomé una combi asesina que llevaría mi rabia a su siguiente destino, con la convicción de que cuando uno busca encuentra muchas cosas. Incluso aquellas que no quiere saber. A pesar de todo, quiero mucho a George of the Jungle y a mi abuelo. Total, las andanzas de mi tío Jorge las conocí desde niño y no han cambiado la opinión que tengo de él, así que con mi abuelo pasa lo mismo. Todavía recuerdo a Jorge Pilares sonriendo, cuando pasé al segundo nivel de aquel videojuego viejo.

Recién me he dado cuenta que escribir me pone triste, que quizás he descubierto, como diría ;el buen Pedrito, que las fiestas de fin de año hacen que uno recuerde a los que no están. Acaban de pasar y he recordado, de pronto, aquel vaticinio tan lleno de honestidad que hiciera el tío George cuando me fui de Quillabamba.

–¿Cuándo te voy a volver a ver?

–Ya no me vas a ver de nuevo. Ya me estoy jugando los descuentos.

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Tío George y yo (aunque te juegues los descuentos).

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Telemaquía (o el regreso a uno mismo)

El título de este post me lo dio Luna Longwood, hace casi un año, cuando le conté mi plan. Ella me dijo que todo hombre, en algún momento, deseaba regresar a la figura paterna ausente, como el buen Telémaco en la Odisea. Hoy es mi día. Y no hay planes.

El único plan que tengo es llegar a Cusco. Después ir donde los tíos y embarcarme hacia una hacienda perdida en la selva de la que solo quedan casuchas viejas. Se llama Santos Aires y ahí vivió el abuelo. Nunca lo conocí. De él solo sé que murió un año antes de que yo naciera y que se llamaba Ángel, como yo.

Fuguet citó alguna vez a Alejandro Jodorowsky. En su libro La Danza de la Realidad, Jodorowsky dice: “Con los años comprendí que el nombre y el apellido encierran programas mentales que son como semillas. De ellos pueden surgir árboles frutales o plantas venenosas. En el Árbol genealógico los nombres repetidos son vehículos de dramas. Es peligroso nacer después de un hermano muerto y recibir el nombre de un desaparecido. Eso nos condena a ser el otro, nunca nosotros mismos”.

Con el abuelo sucede lo mismo. Nunca lo conocí y, aunque nadie espera que yo sea como él, he querido siempre aprender lo que él alguna vez supo: disparar una carabina, o curar una fractura con cañas y savia de un árbol. Sin embargo, soy citadino. Nací en Arequipa, la tercera ciudad más grande del Perú y luego me moví a una urbe convulsionada como Chiclayo, en el norte. Luego llegué a Lima en la época en que Alan García (quien por estos días anda repitiendo mandato) convirtió a los peruanos en millonarios a los que un ajo de billetes no les alcanzaba para comprar un pan.

Pero regreso al abuelo. O al menos ahí siempre quise volver, aunque la gente no entiende mis motivos y yo no sé explicarlos. No me interesa llegar a un lugar lleno de casuchas viejas, sino descubrir a quien vivía ahí. El plan, repito, es que no hay uno. Solo sé que debo regresar el 26 a Lima, para trabajar nuevamente y que, entre mis reglas, solo figuran no beber, preguntar mucho y fumar solo lo necesario.

En mi equipaje solo llevo el mp3 con el soundtrack de mi vida y mi cámara, dos libros de referencia y un reportaje de Tom Wolfe que compré en Buenos Aires, una libreta para tomar notas y una grabadora de audio, poco dinero y una navaja que mi abuelo usó. Papá la ha guardado celosamente desde que falleció. Al igual que mi padre, aquella navaja no ha podido regresar jamás a Santos Aires.

Dicen que todo viaje es una pequeña muerte. Cuando uno deja su casa, la vida continúa para aquellos que abandonó, o que lo dejaron. Yo lo sé y este viaje es una manera de terminar de dejar atrás cosas que siguen doliendo (aunque cada vez meno). Por mi parte, el asunto es aprender a descubrirme a través de aquel que llevó mi nombre. Solo así podré entenderlo a él, a mi padre, a mi, y a las generaciones que me sigan.

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Dos pájaros, un tiro. El concierto de los que sobran

A las 9 en punto de la noche del 21 de diciembre, Joaquín y Joan Manuel bajaron unas escaleras. Se burlaron uno del otro y me hicieron llorar encima de otras escaleras que el sueño de todo fanático hubiera querido que bajen ellos mientras cantaban, tal como lo hacían a cincuenta metros de mi. De mi y de todos.

Las escaleras son el camino al cielo. En la Biblia, Jacob tiene una visión en la que sostenía una escalera que llegaba hasta el cielo. Desde la cima de la escalera, escuchó la voz de Dios, que repetía muchas bendiciones hacia él. Cuando yo subí una escalera, escuché una bendición de Joaquín y Joan Manuel que no recuerdo.

Prometí ir a ese concierto como he prometido ir al de Soda Stereo, pero no podía pagar los 118 soles que cuesta la entrada más barata, de la que sólo quedaba la última fila dos días antes del evento. En su lugar, hice lo de Jacob y tomé una escalera. La del puente peatonal del Jockey Club. Pero no era el único.

Cuando llegué, hacían veinte minutos que había empezado Dos Pájaros de un Tiro, la gira mundial de Sabina y Serrat, o viceversa, que no es lo mismo ni es igual. Veinte minutos de concierto ya me decían que había veinte personas en el puente peatonal. Lo más irónico es que los desposeídos escuchan el concierto justo al frente de donde ingresan aquellos que poseen una entrada Platinum que costaba 495 soles con 50 centavos.

Habían veinte personas tomando y fumando mientras trataban de oir cada canción. Ya lo dije, pero lo repito con la misma insolencia con la que Sabina tomó una foto antes de decirle a su compadre que "los catalanes han inventado el amor por no tener que pagar por tirar". Yo no podía verlo, creo que ni siquiera lo escuché. Sé que lo dijo y lo imagino como imaginaba, al igual que todos los que estábamos en esa escalera que se necesita para subir al cielo, por tí seré, por tí seré.

"¿Chela, chela? ¿Causa, quieres chela?" era un susurro que recorría la escalerita esta que me andaba llevando hasta el cielo. Quique y yo compramos una a cuatro soles, pidiendo rebaja. Si una escalera te lleva al paraíso, el sólo hablar de dinero te regresa de un jalón a la tierra mientras Joaquín alterna con Serrat eso de que "Tu nombre me sabe a hierba / De la que nace en el valle / A golpes de sol y de agua / Tu nombre me lleva atado / En un pliege de tu talle / Y en el bies de tu enagua / Porque te quiero a ti, porque te quiero / Aunque estás lejos yo te siento a flor de piel". Bis, bis, bis.

Una hora después había oído Princesa, mucho antes que Serrat le respondiera a Sabina que cataluña ha aportado a la historia de la humanidad, cosas de tanta importancia como Ronaldinho, Leonel Messi y el consolador. Me dieron las diez, pero no me dieron nunca las once. A las 10:20 habían cincuenta hombres y mujeres queriendo tener un oído de tísico insuperable. Cuando había invertido un cigarro en gilearme a un pésimo prospecto y a Quique su prospecto se le había escapado (o mejor dicho, la mandó a volar), cuando la conversa con Zelez y Vlad (que no conversaba, sólo añoraba) se había vuelto casi perfecta, se acabó la magia.

Todos esos que esperábamos que alguna de las mil 130 entradas que se habían quedado sin vender llegaran a nuestras manos y estirábamos los cuellos para poder ver la mitad de la cabeza de alguno de los dos pájaros en una pantalla gigante tapada por un muro, fuimos expulsados de nuestra escalerita al cielo por una horda de hombres color verde policía. Ese color que uno aprendió a odiar en la Venezuela de Chávez. Ellos, of course, se quedaron escuchando algo que sus cerebros no les permitían entender, como no comprendieron la afrenta de Zeles, cuando nos íbamos, de subir la escalerita, caminar por el puente, escuchar un poquito, y bajar.

En mi bolsillo sólo habían, además de mis pasajes y una cajetilla de cigarros, nada. No iba a ir a La Noche a esperar el milagro de que Joaquín y Serrat aparezcan a tomarse una copa del Perinet de las bodegas que tiene Serrat. Al día siguiente, tempranito, ellos se iban con un millón de dólares en el bolsillo. Al menos así me dijeron. Pero cumplí la promesa de ir a escuchar a dos pájaros matarse de un tiro. La única que le cumplí.

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Es inhumano dispararle a un cadáver

No conozco a doña Alejandrina Camacho del Corral. Nunca le ví la cara. Sólo sé que se apellida igual que un amigo mío y apenas pude ver la talla treinta y cinco de sus pies descalzos envueltos en pantymedias de nylon. Nunca conocí su rostro. Pero imagino que tiene el cabello cano que corresponde a sus setenta y siete años. No sé si vive en Miraflores, si tiene familia, o si vive tan sola como cuando empezó a cruzar la avenida Diagonal, desde el parque Kennedy hacia el Cine Pacífico. Conozco la dirección de su caminata, pero no hacia dónde iba.

A la 1:30 p.m. del jueves 22 de noviembre, Alejandrina se cruzó conmigo. Cincuenta minutos antes, una coaster placa UQ-8905, conducida por Wilber Chávez Sandoval, la había dejado tendida en el pavimento. Según los testigos, su agonía duró dos minutos exactos. El chofer del vehículo que la atropelló, aceleró sin ver a una anciana que cruzaba con pasos cortos y lentos porque intentaba ganarle pasajeros a otro que cubre la misma ruta todos los días. La ruta de esa unidad pasa por San Marcos, la misma universidad donde estudié.

No estábamos en San Marcos, en el límite de Cercado de Lima y el Callao. Estábamos a poco más de nueve kilómetros de ahí, en pleno centro de Miraflores, el distrito limeño que inició siendo un balneario fuera de Lima y ahora es una zona residencial, dentro del casco urbano de la capital peruana, donde al día circulan más de ciento treinta líneas de transporte público. Cada una de las rutas debe tener al menos veinte unidades, lo que da un total de más de 2 mil 600 buses, coasters y combis recorriendo dicha jurisdicción las veinticuatro horas del día, en los estimados más modestos. Estoy en Miraflores, Wilber Chávez Sandoval acababa de atropellar a Alejandrina Camacho del Corral. Yo soy un bachiller en periodismo que espera conseguir su licenciatura y que se acaba de cruzar con el primer muerto de su vida.

"Un periodista es periodista las veinticuatro horas del día". Lo recordé cuando caminaba por el medio de una avenida Diagonal en la que no pasaban autos. El tráfico estaba cortado, según yo, por la construcción de un estrado donde al día siguiente habría un festival por el Día Mundial de la Música. Era la 1:30 p.m. cuando me crucé con Alejandrina y mi cámara empezó a trabajar. Casi al instante conseguí toda la información que pude y envié, en mi día de descanso del diario deportivo donde trabajo, un despacho detallado a los periodistas de policiales que alimentan a los tres medios no deportivos de Epensa, la empresa periodística donde trabajo.

No recuerdo cuántas fotos tomé. Recuerdo el vestido azul con vivos celestes, las pantymedias marrones. Tengo en mi cabeza el color rojo de la sangre y cómo esta se sedimentaba dejando el plasma separado de los glóbulos rojos. Recuerdo la adrenalina recorriendo mi sistema y cómo nunca tuve remordimiento. En mi cabeza retumban las palabras de José Ortiz (31), que salió a comer en el momento del atropello y un cuarto de hora después regresó diciendo que los efectivos de Serenazgo de la municipalidad no ayudaron a Alejandrina durante los quince minutos que duró su agonía. Yemerson Rengifo, un hombre de cuarenta y nueve años que se gana la vida lavando autos los desmintió. "Ahora la gente habla huevadas". Me tranquilizó: Todos los cambistas de dólares de esa calle me recuerdan que fue Yemerson quien vió con sus propios ojos, cansados por el sol de mediodía, el accidente completo.

El alcalde de Miraflores llega. Manuel Masías fue elegido luego que venciera en elecciones a su antecesor, Fernando Andrade. El argumento de campaña de Andrade era la continuación de la obra de su hermano Alberto: el ordenamiento de Miraflores y bastante seguridad ciudadana, matizado con obras cumbres como la remodelaciòn del puente Villena para quitarle el estigma del paraíso de los suicidas. Nada con el tráfico ni las combis. Masías aparece en medio de los quince semáforos del cruce donde falleció Alejandrina. Dice que tiene un proyecto para reducir el número de combis. Una chica le pide que la silueta de Alejandrina sea marcada con pintura blanca para que haya un recuerdo. El dice que lo tomará en cuenta. Yo sigo tomando fotos y sigo apuntando cada palabra.

A medio día no hay sombra. Lo recuerdo muy bien, pero no recuerdo cuántas fotos tomé. Recuerdo mucho aquella donde un policía descubre los pies de Alejandrina. En la espalda del chaleco del policía dice "Lima, ciudad segura". Es el sarcasmo andante. Es el mismo que minutos antes casi me bota porque pensaba que no era periodista y que de cuando en cuando descubre el cuerpo cuando las cámaras están estratégicamente colocadas. Recuerdo todo. Lo único que no recuerdo es aquella por la que no pude disparar: Ante la señal de un camarógrafo de América TV, un policía le descubre el rostro. Yo estaba en mala posición y, si fuera un fotógrafo de policiales, debía correr unos diez metros para ubicarme y disparar. Preferí caminar lento. Es inhumano dispararle a un cadáver y es más inhumano aún mirarle a los ojos mientras lo haces. No pude hacerlo. No conozco a Alejandrina y supongo que es un mecanismo de defensa no querer conocerla. Preferí dejarle ese trabajo a un fotógrafo como Erick.

- ¿Tú no eres de los que les descubre el rostro para tomar la foto? -le pregunté. Erick cerró sus ojos verdes y movió la cabeza de lado a lado. Luego hizo un gesto de fastidio.
- Estoy tratando de que no salga la sangre.

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La novia de mi mejor amigo (o la hermana, o la prima...)

Admito que he violado una regla inviolable más de una vez. Que me he enamorado (o algo parecido) de la novia de un amigo. Lo peor es que he tenido la desfachatez de dejar que ellos se enteren con los más variables resultados. Supongo que este post es una forma de catarsis que me permite reconciliame con ellos, ellas, y conmigo.

La primera vez se trató de V, la novia de JC con quien no he vuelto a hablar con la misma intimidad de confidentes que teníamos en quinto de media. El me contaba los mil problemas que tenía con V y yo le contaba los que tenía con mi enamorada de ese entonces.

El problema es que yo tenía la misma intimidad (amical, aclaro) con su enamorada. Un día de borrachera en casa de JC, le dije a todos mis amigos -menos a él-, lo mismo que le había dicho a V: Que me sentía mal porque ella me gustaba. Les pedí a todos una discreción que todos rompieron. JC debe seguir creyendo hasta ahora que yo me agarré a V y por eso no me ha vuelto a hablar.

Por eso debe ser que cuando me empezó a gustar A, el trauma revivió. A es una de mis mejores amigas y en esa época era sólo la novia de M. Hoy es la madre de su hijo y la mujer de su vida. Pero entonces sólo era su novia, o mejor dicho, su ex. Acababan de darse uno de esos breaks que le vienen tan bien a los partidores y serruchos -como los conoce el imaginario limeño- para hacer su trabajo.

La cosa es que tuve la previsión de no decirle nada a nadie, excepto a la hermana de M, que se lo contó a mi amigo sin que yo lo sepa. Tiempo después se lo dije al buen M y me dí con la sorpresa que sabía de mi deslealtad y me acogió como el hijo pródigo que dejó la casa de su padre. Hoy M y yo somos tan (y más) amigos que siempre. Yo ya no le cuento más cosas a su hermana.

Pobre M. Seguro también sabe que en algún momento de soledad quise algo con su hermana, pero es porque en esa época andaba sólo, los veía mucho, ella andaba en problemas con el enamorado de turno y yo tiendo a mostrar simpatía hacia los sufrientes. La hermana de M tiene un problema que puedo traducir como un sentimiento de culpa más doloroso que la patada de una mula en los cojones.

Cuando le comenté a ella que en algún momento me había gustado, ella se lo contó a su novio, un troglodita que terminó por amenazarme de muerte en la azotea de la casa de M. Me dejó con cara de idiota porque, para variar, no estaba prevenido de la boca floja de mi amiga. Sólo pude responderle al energúmeno que yo podía decir muchas cosas, pero que mi tratamiento de Litio me hacía olvidarlas.

Salida perfecta, me dejó en paz un par de días hasta que llegó a casa de M y me encontró dándole un abrazo efusivo a su novia, la hermana de M. Yo estaba en terno, y luego de repetir su amenaza, le dije que si tuviera otra ropa, quizás peleaba, pero que no iba a malograr mi terno por él. Lugeo, huí como suelo intentar antes de una pelea inevitable. Esa vez me dio resultado.

Sólo digo lo mismo que dije al principio. Que supongo que este post es una forma de catarsis que me permite reconciliame con ellos, ellas, y conmigo. JC, mil disculpas. M, gracias totales (como diría Cerati), por aguantarme.

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Del mensaje de Alan

Ok, ok, lo admito. Me perdí el mensaje de Alan, pero sé de qué habló vía el mercioco y su minuto a minuto (Dios, esto fue más comercial que el de la abuela). La cosa es que, en el fondo, este mensaje de 28 me parece más apropiado para los días de eme que vive el Perú. Sólo espero que Alan no termine diciendo que la abuelita Rina es una envidiosa, picona y comechada y que poco depsués vaya a pedirle disculpas argumentando que también tiene una abuelita.




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La última del Gorila

Esta es genial sobre el dictador veneco, rebautizado como Guaky en honor a su mascota de la Copa América. Resulta que ahora quiere que los canales de cable pasen por TV, cuando le de la gana, sus cadenas-propaganda. O lo que fuere.

La víctima es, una vez más, RCTV. La cadena que el 16 de julio pasado reanudó sus transmisiones por una señal de cable -lo venía haciendo hace bastante vía Caracol y Globovisión-, ignoró una de las cadenas nacionales donde Chávez aprovecha para monologar.

Cortesía de El Universal, en palabras del ministro de telecomunicaciones, Jesse Chacón, dijo el 12 de julio que RCTV tiene que acatar la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión (más conocida como Ley Mordaza), que según él en su artículo 1 dice que la programación de RCTV es un servicio de producción nacional audiovisual difundido por varios servicios de difusión por suscripción, como son Directv e Intercable.


La respuetsa del vicepresidente corporativo de asuntos legales del canal, Oswaldo Quintana, es genial. Dice que RCTV no se produce en Venezuela y se transmite para todo el mundo, así que ponerlo en una cadena equivale a que uno esté viendo un capítulo de los Simpsons en Fox y le cambien de pronto la cara de imbécil-simpático de Homero por la de un imbécil que cae chinche.


Lo único que lamento es que el argumento de los chicos de RCTV le da nuevamente a Chávez la facultad de argumentar que son producto de Bush y no de un pueblo descontento con las burradas que hace el mandamàs al puro caballazo. Por lo pronto, ya un soquete le hizo caso, se trata de Rafael Correa (tocayo de Huguito), que dijo que si algún canal lo fregara como RCTV a la Guacamaya, lo cierra.


De todas maneras, la gente de Globovisión ya se puso las pilas y aseguró que Guaky --para que no digan que lo trato mal-- ya empezó a decir que pueden cerrar RCTV (sí, de nuevo). Noica, que le dicen. O sea que el Premio Libertad de Prensa de la SIP no va a durar mucho. :( Peor aún cuando gente del gobierno veneco dice que la SIP miente.

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Citas Citables

  • "¿Sabes cómo matar a un cerdo? Lo haces correr hasta que no da más y luego le echas un balde de agua helada. Entonces, se le para el corazón" (Paskín)
  • "Yo sí creo en la vida después de La Patrona, solo que creo en ella con la misma certeza con la que creo que existe vida en otro planeta..." (Prakzis)
  • "Lo de estar jodido es natural, es como la depre, es solo el nombre comercial de la consciencia" (Carlos V.)
  • "Tómalo por el lado B" (Gi)
  • "¡Scheiße!" (Carmen K.)

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