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10 cosas que odio de ti (o palabras sueltas frente al espejo)

 

1. Tus ojeras. “Te has pasado más noches despierto de las que deberías, casi siempre pensando en cosas que no valen la pena, o que no deberían valerla”. Esa fue la sentencia de una amiga que ahora debe estar durmiendo, a diferencia mía. Más que por las sombras negras en mis ojos, me molestan porque, como día la China Tudela, “mi insomnio me pone en una especie de estado crepuscular, cholita, en el que no puedo evitar pensar en huevada y media que me consumen todas las energías”

2. Tu panza. “El periodismo es como la prostitución, se aprende en la calle”. La vida también y últimamente no salgo ni en mis días libres. Prefiero cultivar ese terrible hábito de desligarme del mundo desapareciendo en una habitación de 5x4. Lo paradójico es que la prueba de ello es una bola de grasa que no armoniza con el resto de mi cuerpo.

3. Tus brazos. El derecho (izquierdo en el espejo) tiene una cicatriz en forma de círculo, de un centímetro de diámetro, y el izquierdo (derecho de mi reflejo), una herida del tamaño de mi dedo meñique y tres puntitos donde estuvieron los clavos. Cada que las veo me recuerdan que a veces puedo ser imprudente. O que hay momentos en que no me importa la autodestrucción.

4. Tu cabello. Desde abandoné a Sandro, el peluquero de la Residencial San Felipe, porque me hacía siempre el mismo corte, no he encontrado a nadie que pueda con los tres remolinos que adornan mi cabeza. Felizmente no me han adornado con otra cosa… No que yo sepa, al menos.

5. Tus uñas. Cuando están disparejas y cortas, canibalizadas por mí, solo me acuerdo de un viaje terrible… y de ansiolíticos que saben feo.

6. Tu sensación. Me refiero a esa que siento en el pecho, de cuando en cuando, en esos momentos en que me enfrento a cosas que sé que están ahí pero que no quiero ver. La defino como “sentir que tu corazón se arruga como si fuera una hoja de papel”. Y ya se ha arrugado tanto que es difícil leerlo.

7. Tu espejo retrovisor. Digo nomás, ¿no puedo empezar a recordar sin ponerte triste? Ah sí, hay veces en que puedo acordarme de cosas y sonreír: ocurre cuando veo a tipos como el Cansado, el Cuervo, el Gato, Yoyi y Chanchito, que lejos de tener apodo de pandilla de jardín de niños, me traen recuerdos de mi infancia vivida en la adolescencia.

8. Tu memoria. Vivo en un estado extraño. Algunas veces puedo recordar cosas inútiles como los nombres de los seis ingleses a los que Maradona dejó regados en el campo o la frase de un cuento que leí cuando estaba en sexto grado. O la ropa que llevaba a un amigo mío el día que fumamos una cajetilla de cigarros Inca en su habitación. O el olor que tenía ella ese día que estuvimos tirados en el césped hace 8 o 9 años. O el sabor de sus besos con helado de vainilla y chocochips. O cuántos futbolistas aparecen en Los Simpson. Pero olvido aniversarios y fechas de cumpleaños de la gente a la que más quiero. Y tengo pánico de que me pregunten cuál es la fecha de hoy porque tiendo a dudarlo… Felizmente para todo lo demás está Google.

9. Tu olor. Fumo cuando me siento mal. También cuando me siento bien. A veces me percato que ambos estados de ánimo le dan a mi cuerpo olores distintos, e igual de deliciosos. A veces, también, me doy cuenta que mi sobrina me dice que huelo a palo de fumar. Y no sé cómo decirle que soy un adicto.

10. Tus adicciones. Los que me conocen, las conocen… No son drogas socialmente no aceptadas, pero igual. Eso sí, suelo desconfiar de la gente que dice no tener vicios porque rechazan una de las cosas que los hace humanos y falibles. Y no, no estoy en rehabilitación.

 

Imagen tomada de acá.

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Lucía

Lucía tiene el cabello casi rubio, pero no es una casi-rubia-tonta como piensa Carolina, una morocha que infatigablemente la apura con la mirada. No confiaba en nadie la Caro, menos en mí. Cuando nos conocimos, cerquita al parque Kennedy, Lucía me dijo con ese tono tan melódicamente detestable.
–¿Disculpe, sabéi de algún sitio dónde comer por aquí?

Esa tarde de octubre, Lucía, la Caro y yo nos conocimos. Me abordaron en una esquina de la avenida Pardo mientras yo fumaba un cigarro. Lucía solo me preguntó dónde podían comer y yo decidí acompañarlas porque mi hora de almuerzo me martillaba el estómago con la misma fuerza que sus ojos pardos. Luego supe que estaban hospedadas en un hotelito sanisidrino que no conocí hasta la noche, después de que cenamos pizza y bebimos pisco peruano y vino chileno.

Esa noche, en el segundo restaurante al que íbamos juntos desde que nos conocíamos, descubrí que ambas eran diez años mayores que yo y nos morimos de risa, comimos y bebimos. Mientras la Caro nos vigilaba, Lucía y yo nos tomamos de las manos. Por un momento, me vino a la mente el nombre de esa vieja serie gringa: Yo amo a Lucy.

Yo amé a Lucy. Y ella a mí. Nos amamos esa noche mientras la Caro dormía en la habitación de al lado y nos seguimos amando un par de noches sucesivas. La cuarta noche fui hacia el aeropuerto a dejarlas.

Lucy debía tener 30 años el 2004 y desde aquellas tres noches no dejamos de hablar por MSN. Todos los lunes, a las 6 p.m., conversábamos sobre cualquier cosa que nos permitiera pensar que ella andaba por Lima nuevamente, o que yo conocía esa ciudad extraña y fría llamada Valdivia, cerquita de La Serena.

Un lunes no llegó. Al siguiente, tampoco. A la tercera semana la Caro me contactó: el cerebro loco de Lucy había rebotado mil veces en el interior de una camioneta luego de la volcadura. Que no me preocupe. Que el siguiente lunes Lucy estaría de vuelta. El lunes de la cuarta semana apareció, adolorida, ante su webcam. Y yo ante la mía, acariciaba uno y cada uno de los golpes que había tenido. Que suene cojudo: recién ese día nos soltamos un “te amo”. Lucy (y yo) en el cielo, con diamantes.

Un día, tiempo después, Lucy me propuso ir a verla. Andábamos por marzo y mis ahorros estaban designados a un boleto de avión sin pasaje de vuelta. Una semana después me propuso vivir con ella. Yo ya había hecho mis maletas sin que mamá y papá supieran que sacaría un pasaporte, renunciaría a mi trabajo, abordaría un vuelo directo a Santiago y luego tomaría un tren al sur (o algo que se le parezca). Hasta que tuvimos esta charla:

Lucy says: Hola bebé ¿Cómo andás?
Angel says: Peor que tú, espero ;)
Lucy says: Tenemos que hablar.

Lo que siguió fue un final del que solo recuerdo algunas frases:

Lucy says: ¿Tú me pedirías que cambie por tí?
Angel says: Nunca.
Lucy says: Pues yo no puedo pedirte que cambies tu vida entera por mí.

Ese día Lucy me confesó que desde el accidente sufría dolores de cabeza, tomaba pastillas para disolver un coágulo rebelde y olvidaba cosas de tanto en tanto. Que algunas veces había dejado de entrar al MSN porque no recordaba que su contraseña era Tinta Roja, el título de uno de nuestros libros favoritos. Me dijo también que sería la última vez que usaría esa cuenta de correo. Y lloramos hasta que no pudimos más.

Hace mucho que no sé nada sobre Lucía, pero hace poco pensé en ella mientras caminaba por Miraflores y fumaba un cigarro, cinco años después, en aquella esquina de Pardo. Ahora que recuerdo, un día apareciste. Fue después del terremoto que zarandeó todo Lima el 15 de agosto del 2007. Tu nickname decía: “Espero que te encuentres bien”.

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Tres historias del Bronx

“Te voy a decir algo. Tú solo tienes permitidas tres grandes mujeres en tu vida. Ellas llegan como los grandes luchadores, una vez cada diez años: Rocky Marciano, Sugar Ray Robinson, Joe Louis. A veces las tienes todas a la vez”
Sonny, en Una historia del Bronx (A Bronx Tale). 1993

La primera, casualmente, también se llama C. Teníamos 15 y jugamos a ser novios en la sala de su casa, donde nunca nos encontraron haciendo el amor. Hice que me dejara mientras yo me encontraba de viaje y me terminó en una llamada, un 14 de febrero, solo para que suene huachafo cuando lo cuente. Aquel día yo estaba ebrio luego de haberme tomado un tequila y el único testigo de mi primer corazón roto fue un teléfono público. Con ella aprendí a no ser nunca como su padre.

La segunda se llama B. Me enseñó a bailar y comer en sitios caros, a vestir camisas y a regalar rosas compradas en florería. También aprendí que uno debe conocerse. A sus 24, ella quería rebelarse a su familia estando con un chico cuatro años y medio menor, y yo le dije que estaba dispuesto a no enamorarme para que cumpliera su cometido. Me equivoqué. Me dejó y le debo haber dicho cosas horribles cuando lo hizo. Tantas, que no la he vuelto a ver.

Miento. La tuve cerca una vez. En ese entonces estaba con L. –cuya inicial verdadera no pienso citar– y fuimos a una discoteca. De pronto, llegó B. Yo le había contado la historia a mi novia de ese entonces y su reacción fue alucinante: Me tomó de la mano, me llevó a bailar cerca de B. y su nuevo novio. Y me besó con toda la ternura con la que puede hacerlo una cazafantasmas. Nunca le vi la cara a B. y no me importa si ella me vio. Solo quería que el tiempo se congelara en la sonrisa de L.

La sonrisa de L. se congeló. Poco a poco se fue volviendo fría y no hice lo mínimo indispensable para calentarla. El jueves anterior al 12 de octubre del 2007, en una calle de San Borja, me dijo adiós sin que yo atinara a pedirle que se quede. Y ese fue mi error.

Nunca más le he vuelto a contar cuentos a nadie en un parque. No he vuelto a recorrer medio Lima en tiempo récord. No he huido de ladrones aferrado a la mano de alguien a quien quería proteger. He dejado de escribir cuentos con dedicatoria que algún día serán un libro. Y no he vuelto a disfrazarme de payaso para mi sobrina mientras pensaba que la función era para dos. Con ella aprendí a pensar de a dos, aunque a ratos olvidé cómo.

Lo curioso es que los caminos de L. y el mío se cruzan todo el tiempo. No sé si es porque cuando uno quiere a alguien, un ente supranacional hace que esas personas estén cerca. O si solo es que nuestros intereses siempre han sido los mismos. Algunos me dicen que la odie, otro que la deje en paz. Unos pocos hombres del Ángel Gris me piden que siga luchando, no porque el que persigue alcanza, sino porque cerca de ella es la única forma en que yo sea el tipazo que soy. Quizás ya pasaron las tres de las que le habla Sonny al joven C. Solo tengo 25, y una afirmación así da miedo.

**************

PS: De las tres, solo L. pasó a la primera (en un taxi y no en un auto que no tengo) la Prueba de la Puerta, que Sonny también dio a conocer a C. (Callogero, para su padre). Aquí la transcripción.

- Hazle mi prueba, la Prueba de la Puerta –le dijo Sonny a C.

- ¿Qué es eso? –preguntó Callogero

- Escúchame: Llegas a recogerla. Antes de salir del auto asegura ambas puertas. Sales del auto, caminas hacia ella. La llevas al carro. Tomas la llave y abres la puerta para ella. La haces entrar y cierras la puerta. Caminas detrás del auto y miras detrás de la ventana trasera. Si ella no se estira y quita el seguro para que tú puedas entrar, déjala.

- ¿Así nada más?

- Escúchame muchacho. Si ella no se estira y levanta el seguro para ti… Es porque ella solo piensa en sí misma y todo lo que estás viendo es la punta del iceberg. Déjala rápido.

- ¿Y qué hay de todas las cosas bellas que acabas de decirme sobre hacer lo que mi corazón me diga, encontrar a alguien que ponga viento en mis velas? Ella podría ser una de las grandes.

- Tonterías chico, lo que importa es la prueba de la puerta.

La Prueba de la Puerta, según Sonny, está en los últimos tres minutos de este video.

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Breve tratado sobre la depresión

"Bostezaste. Acabo de decirte algo interesante, así que no es aburrimiento. Son las once de la mañana, estás bebiendo café, así que no estás cansado. No bostecé, así que no es un bostezo inducido. Es un síntoma".
Gregory House

Soy depresivo. A veces soy también deprimente, pero eso no está en cuestión ahora. Me lo han diagnosticado y la prueba de ello es que estoy escribiendo mientras mil quinientas cosas pasan por mi cabeza. Pronto dejaré este post a medias y lo olvidaré un tiempo, hasta que sobrevenga otra de esas etapas maravillosas en las que uno es Superman. Dentro de poco pasaré mis dos días libres sin bañarme, en frente de la computadora, leyendo cualquier cosa o viendo una serie. Seguramente, volveré a abandonar mi tesis.

La depre es así. Te engaña como una mujer a la que le das todo y luego te deja porque no pudiste darle más. A una mujer le echaba las culpas de mi tristeza hace unos meses, cuando terminaba en un bar llorando en el hombro de un buen amigo. Eran las mismas lágrimas que derramaba antes, por otra chica, o quizás porque no me sentía lo suficientemente bueno en mi trabajo. O en los estudios. O whatever.

Mientras no estás deprimido (y no estás “nomal”), estás eufórico. Esa etapa me gusta. Usualmente tengo mil temas sobre los cuales escribir y no duermo más de dos horas al día. Las ideas sobre cada uno de los textos se agolpan en mi mente y he aprendido que todo se hace tan confuso que es imposible sacar una sola línea coherente.

Entonces retengo en mi mente cada una de esas ideas hasta que tienen que salir. Quizás es la capacidad que más he ejercitado, la única que puedo usar cuando sé que estoy feliz y que pronto empezaré a ponerme de un insoportable color azul.

Cuando me pongo azul me medico con cafeína. En realidad no lo supe hasta que entendí por qué el estado de cuenta de mi tarjeta de crédito empezaba a tener consumos cada vez más frecuentes en Starbucks en mis momentos tristes. O hasta que descubrí que la hierba mate no tiene cafeína, pero sí mateína, que es -en correcto peruano- la misma chola con diferente calzón.

En personas excesivamente melodramáticas, obsesivas y exageradas como yo (¿Se fijaron cómo exageré esto?), de vez en cuando sobreviene -como decían Pablo y Pachu- "la hecatombe". Usualmente cuando un café no es suficiente busco otras maneras de hacer que la adrenalina fluya. Lo que provoca una seguidilla de hechos bochornosos en los que intervienen no solo tú, sino cualquiera que ose ponerse en frente en medio de esa búsqueda de emociones.

Deprimido, he bebido en la absoluta soledad de un bar en Venezuela. Me he expuesto a que un ladrón peruano me pegue un tiro en una barriada en Mérida (posibilidad que no llegó a consumarse al reconocerme como connacional). he provocado que un amigo mío maneje, conmigo de copiloto, a 160 Km/h en la Vía Expresa. He gastado fortunas en llamadas de larga distancia. He echo un viaje no planeado buscando las raíces de mi depresión. Y un largo etcétera lleno de errores que me hacen deprimirme aún más cuando los recuerdo.

Hoy, por ejemplo, acabo de enterarme que Danica McKellar (la Winnie Cooper de Los Años Maravillosos) se ha casado. Alguien ha decidido así darle un golpe tan duro a mi euforia que me ha quitado las ganas de escribir. No tiene nada que ver con el niño que llevo dentro, sino con aquella vana nostalgia por los amores perdidos. Felizmente, estoy saliendo de mi casa para verme con Rudy, y seguir planeando un libro que no tiene cuándo salir, y la melancolía -para esas cosas- es necesaria.

A veces, cuando uno está deprimido, ni los consejos más sabios sirven (Pero cuando uno ve este video, le dan ganas de hacer pesas).

Para los depresivos, obsesivos, megalomaníacos y melodramáticos, una canción que me recuerda que a veces se puede salir de los momentos azules con un poquito de hipocresía.

¿Winnie Cooper, por qué te casaste?

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Dead Man Riding

He llegado a Quillabamba. Mi salida de Cusco se pospuso tres días por un derrumbe en la carretera. Aún así he decidido subir a un bus maldito y no al carruaje destartalado al que subía una noble mujer de ojos alegremente tristes, porque no quiero distracciones para esta peregrinación.

Una frase que encontré en Internet me dijo, días antes de tomar un bus, que la muerte es una peregrinación incierta. Esta lo es de todas maneras porque desde que llegué al terminal de Punqui –en Cusco todavía– el sol acababa de salir y el mercado circundante despertaba junto a los ladrones y a un hombre ebrio al que el sol le daba en la cara. Al ver el brazo con el que se cubría, me fijé en uno de esos tatuajes que solo se hacen en las cárceles como Quencoro, un penal que hace diez años quedaba en las afueras de la ciudad y que hoy queda en medio de su casco urbano.

Recién ahora me doy cuenta que este terminal queda en la misma avenida que el cementerio donde está enterrado mi abuelo, el mismo cuya historia he venido a contar. “Todo debe estar relacionado”, pienso ahora mientras me cago de risa, no sé si de miedo o de una inesperada tranquilidad.

Al comprar mi pasaje me pregunté si tendría que caminar para hacer trasbordo por los derrumbes, si tendría que pernoctar en algún lugar de la carretera o si me iban a abandonar en el camino y me vería obligado a caminar por algún lugar inhóspito. “Ha llamado un pasajero, dice que ha hecho trasbordo y que el carro lo ha dejado”, dijo minutos antes de mi partida la chica que vendía los boletos. Pensando en eso último fue que me obligué a llevar mi bolsa de dormir, con la esperanza de no abrirla nunca.

El autobús al que subo tiene tantos kilómetros recorridos por el Valle Sagrado que lo único que parece estar en su sitio es el nombre de la empresa. “Ampay”, en quechua significa bostezar, pero en el Perú esa palabra la usábamos los niños que jugábamos a las escondidas cuando nos tocaba la mala fortuna de ser aquel que buscaba al resto. Todavía me pregunto qué voy a encontrar mientras cierro los ojos y trato de descansar un rato.

El bus maldito me ha dado un susto al poco tiempo de despertarme. Estaba parado, no había posibilidades de avanzar hasta que algún buen obrero nos diga que teníamos la vía libre. Cuando veo por la ventana solo hay niebla y un barranco hacia el lado izquierdo. Una mujer con el rostro más arrugado que mi pantalón, ha empezado a orar el Salmo 23, aquel que empieza con “El Señor es mi pastor” y que siempre he oído en los velorios que aborrezco porque detesto las despedidas. Yo me puse a rezar con ella, sin que lo supiera, porque sabía que en este viaje algo de mi iba a irse. En ese momento, vi el acantilado demasiado cerca, y avanzamos.


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Telemaquía (o el regreso a uno mismo)

El título de este post me lo dio Luna Longwood, hace casi un año, cuando le conté mi plan. Ella me dijo que todo hombre, en algún momento, deseaba regresar a la figura paterna ausente, como el buen Telémaco en la Odisea. Hoy es mi día. Y no hay planes.

El único plan que tengo es llegar a Cusco. Después ir donde los tíos y embarcarme hacia una hacienda perdida en la selva de la que solo quedan casuchas viejas. Se llama Santos Aires y ahí vivió el abuelo. Nunca lo conocí. De él solo sé que murió un año antes de que yo naciera y que se llamaba Ángel, como yo.

Fuguet citó alguna vez a Alejandro Jodorowsky. En su libro La Danza de la Realidad, Jodorowsky dice: “Con los años comprendí que el nombre y el apellido encierran programas mentales que son como semillas. De ellos pueden surgir árboles frutales o plantas venenosas. En el Árbol genealógico los nombres repetidos son vehículos de dramas. Es peligroso nacer después de un hermano muerto y recibir el nombre de un desaparecido. Eso nos condena a ser el otro, nunca nosotros mismos”.

Con el abuelo sucede lo mismo. Nunca lo conocí y, aunque nadie espera que yo sea como él, he querido siempre aprender lo que él alguna vez supo: disparar una carabina, o curar una fractura con cañas y savia de un árbol. Sin embargo, soy citadino. Nací en Arequipa, la tercera ciudad más grande del Perú y luego me moví a una urbe convulsionada como Chiclayo, en el norte. Luego llegué a Lima en la época en que Alan García (quien por estos días anda repitiendo mandato) convirtió a los peruanos en millonarios a los que un ajo de billetes no les alcanzaba para comprar un pan.

Pero regreso al abuelo. O al menos ahí siempre quise volver, aunque la gente no entiende mis motivos y yo no sé explicarlos. No me interesa llegar a un lugar lleno de casuchas viejas, sino descubrir a quien vivía ahí. El plan, repito, es que no hay uno. Solo sé que debo regresar el 26 a Lima, para trabajar nuevamente y que, entre mis reglas, solo figuran no beber, preguntar mucho y fumar solo lo necesario.

En mi equipaje solo llevo el mp3 con el soundtrack de mi vida y mi cámara, dos libros de referencia y un reportaje de Tom Wolfe que compré en Buenos Aires, una libreta para tomar notas y una grabadora de audio, poco dinero y una navaja que mi abuelo usó. Papá la ha guardado celosamente desde que falleció. Al igual que mi padre, aquella navaja no ha podido regresar jamás a Santos Aires.

Dicen que todo viaje es una pequeña muerte. Cuando uno deja su casa, la vida continúa para aquellos que abandonó, o que lo dejaron. Yo lo sé y este viaje es una manera de terminar de dejar atrás cosas que siguen doliendo (aunque cada vez meno). Por mi parte, el asunto es aprender a descubrirme a través de aquel que llevó mi nombre. Solo así podré entenderlo a él, a mi padre, a mi, y a las generaciones que me sigan.

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Es inhumano dispararle a un cadáver

No conozco a doña Alejandrina Camacho del Corral. Nunca le ví la cara. Sólo sé que se apellida igual que un amigo mío y apenas pude ver la talla treinta y cinco de sus pies descalzos envueltos en pantymedias de nylon. Nunca conocí su rostro. Pero imagino que tiene el cabello cano que corresponde a sus setenta y siete años. No sé si vive en Miraflores, si tiene familia, o si vive tan sola como cuando empezó a cruzar la avenida Diagonal, desde el parque Kennedy hacia el Cine Pacífico. Conozco la dirección de su caminata, pero no hacia dónde iba.

A la 1:30 p.m. del jueves 22 de noviembre, Alejandrina se cruzó conmigo. Cincuenta minutos antes, una coaster placa UQ-8905, conducida por Wilber Chávez Sandoval, la había dejado tendida en el pavimento. Según los testigos, su agonía duró dos minutos exactos. El chofer del vehículo que la atropelló, aceleró sin ver a una anciana que cruzaba con pasos cortos y lentos porque intentaba ganarle pasajeros a otro que cubre la misma ruta todos los días. La ruta de esa unidad pasa por San Marcos, la misma universidad donde estudié.

No estábamos en San Marcos, en el límite de Cercado de Lima y el Callao. Estábamos a poco más de nueve kilómetros de ahí, en pleno centro de Miraflores, el distrito limeño que inició siendo un balneario fuera de Lima y ahora es una zona residencial, dentro del casco urbano de la capital peruana, donde al día circulan más de ciento treinta líneas de transporte público. Cada una de las rutas debe tener al menos veinte unidades, lo que da un total de más de 2 mil 600 buses, coasters y combis recorriendo dicha jurisdicción las veinticuatro horas del día, en los estimados más modestos. Estoy en Miraflores, Wilber Chávez Sandoval acababa de atropellar a Alejandrina Camacho del Corral. Yo soy un bachiller en periodismo que espera conseguir su licenciatura y que se acaba de cruzar con el primer muerto de su vida.

"Un periodista es periodista las veinticuatro horas del día". Lo recordé cuando caminaba por el medio de una avenida Diagonal en la que no pasaban autos. El tráfico estaba cortado, según yo, por la construcción de un estrado donde al día siguiente habría un festival por el Día Mundial de la Música. Era la 1:30 p.m. cuando me crucé con Alejandrina y mi cámara empezó a trabajar. Casi al instante conseguí toda la información que pude y envié, en mi día de descanso del diario deportivo donde trabajo, un despacho detallado a los periodistas de policiales que alimentan a los tres medios no deportivos de Epensa, la empresa periodística donde trabajo.

No recuerdo cuántas fotos tomé. Recuerdo el vestido azul con vivos celestes, las pantymedias marrones. Tengo en mi cabeza el color rojo de la sangre y cómo esta se sedimentaba dejando el plasma separado de los glóbulos rojos. Recuerdo la adrenalina recorriendo mi sistema y cómo nunca tuve remordimiento. En mi cabeza retumban las palabras de José Ortiz (31), que salió a comer en el momento del atropello y un cuarto de hora después regresó diciendo que los efectivos de Serenazgo de la municipalidad no ayudaron a Alejandrina durante los quince minutos que duró su agonía. Yemerson Rengifo, un hombre de cuarenta y nueve años que se gana la vida lavando autos los desmintió. "Ahora la gente habla huevadas". Me tranquilizó: Todos los cambistas de dólares de esa calle me recuerdan que fue Yemerson quien vió con sus propios ojos, cansados por el sol de mediodía, el accidente completo.

El alcalde de Miraflores llega. Manuel Masías fue elegido luego que venciera en elecciones a su antecesor, Fernando Andrade. El argumento de campaña de Andrade era la continuación de la obra de su hermano Alberto: el ordenamiento de Miraflores y bastante seguridad ciudadana, matizado con obras cumbres como la remodelaciòn del puente Villena para quitarle el estigma del paraíso de los suicidas. Nada con el tráfico ni las combis. Masías aparece en medio de los quince semáforos del cruce donde falleció Alejandrina. Dice que tiene un proyecto para reducir el número de combis. Una chica le pide que la silueta de Alejandrina sea marcada con pintura blanca para que haya un recuerdo. El dice que lo tomará en cuenta. Yo sigo tomando fotos y sigo apuntando cada palabra.

A medio día no hay sombra. Lo recuerdo muy bien, pero no recuerdo cuántas fotos tomé. Recuerdo mucho aquella donde un policía descubre los pies de Alejandrina. En la espalda del chaleco del policía dice "Lima, ciudad segura". Es el sarcasmo andante. Es el mismo que minutos antes casi me bota porque pensaba que no era periodista y que de cuando en cuando descubre el cuerpo cuando las cámaras están estratégicamente colocadas. Recuerdo todo. Lo único que no recuerdo es aquella por la que no pude disparar: Ante la señal de un camarógrafo de América TV, un policía le descubre el rostro. Yo estaba en mala posición y, si fuera un fotógrafo de policiales, debía correr unos diez metros para ubicarme y disparar. Preferí caminar lento. Es inhumano dispararle a un cadáver y es más inhumano aún mirarle a los ojos mientras lo haces. No pude hacerlo. No conozco a Alejandrina y supongo que es un mecanismo de defensa no querer conocerla. Preferí dejarle ese trabajo a un fotógrafo como Erick.

- ¿Tú no eres de los que les descubre el rostro para tomar la foto? -le pregunté. Erick cerró sus ojos verdes y movió la cabeza de lado a lado. Luego hizo un gesto de fastidio.
- Estoy tratando de que no salga la sangre.

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Para Elisa

Me hice una prueba de VIH hace un mes. Salió negativa. Pedí que extrajeran varias gotas de mi sangre anémica porque unos días antes había leído el reporte de USAID/ONUSIDA y quería saber si se siente miedo. Dejé que pase todo el tiempo del mundo para recoger mis resultados y olvidé hacerlo incontables veces.

Ayer los recogí en la clínica de la Universidad y es curioso, pero aunque uno nunca haya tenido conductas de riesgo, busca la sinrazón para que la sicosis le gane. Pensé que quizás, en una de mis visitas a la Posadita del Buen Pastor, un albergue para niños con VIH en Magdalena, podría haberme infectado sin querer. Mi otro lado paranóico no podía recordar si la única vez que doné sangre, la aguja que me clavaron era nueva o usadita. Y así.

En la Clínica Universitaria de San Marcos tampoco ayudaron al momento de entregármelo. Primero, te lo dan a través de una ventanilla desde donde puedes ver la impresora donde, valga la redundancia, imprimen tus resultados. Es más, de reojo llegué a ver el NO REACTIVO en el papel, cinco minutos antes de que la señora que atendìa me diera el resultado.

Lo raro es que a pesar que lo había visto, seguí sudando frío hasta el momento en que tuve el papel en mi mano. Cuando la doña de los resultados salió con tres sobres cerrados, le pedí el mío pese a que sabía que ninguno de los dos era el mío. De paso me torturé pensando en que cada que mientras buscaban mi nombre, andaban apuntando el resultado para comentárselo entre ellos. Y asi, un largo etcétera lleno de delirios de persecusión.

Toda la experiencia de pánico hizo que me pusiera a buscar el informe de USAID/ONUSIDA acerca de la situación de la plaga hasta el 2006 y llegar al perfil de Perú. Los datos realmente me alarmaron.

1. Existen 93 mil personas infectadas con VIH en el Perú.
2. El 22.6 por ciento de los hombres homosexuales y el 20 por ciento de los trabajadores sexuales están infectados.
3. Del total de infectados, sólo el 52% de hombres y mujeres reciben terapia de antiretrovirales.
4. El gobierno expende 4 millones 272 mil 35 dólares para controlar la epidemia (el resto lo hacen los organismos privados).
5. Apenas el 3.5 por ciento de madres infectadas recibe tratamiento para evitar la transmisión de madre a hijo
6. Y ninguna fuente oficial ha dado informacion acerca de qué tan informados están los jovenes sobre cómo prevenir el contagio.
7. Esa información sale de los casos reportados. La del Perú no oficial son más y la situación peor.

Adjunto Para Elisa, la de Beethoven (Cortesía de alguien que colgó su video en Youtube)

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S.O.S.an Marcos (Déjenme salir!!!!)

Un jueves (el único día útil para hacer lo que debería hacer durante la semana) regresé a San Marcos. Eran casi las 2:00 p.m. e iba a conseguir mi diploma de bachillerato en un día de protestas. El SUTUSM (Sindicato Unico de Trabajadores de San Marcos) acababa de hacer su manifestación número 500 -de este año- y con cierto dejo de temor, las oficinas atendían. Hasta ahí dije "perfecto, son casi las dos de la tarde, la manifestación ya terminó, están a punto de cerrar, recojo el diploma y me largo".

Lo tuve en mis manos, lo juro. Me costó no sé cuántas lucas ahorradas de mi sueldazo de periodista deportivo durante no sé cuántos meses. Hice, incluso, un plan de ahorro que destinaba cien soles semanales a la insigne labor de pagar lo inhumano del costo del bachillerato que fue brutalmente destruído por mi novia, aquella que siempre me hace pisar tierra y me dijo que no iba a poder nunca sobrevivir con 70 soles a la semana. Pero luego -plan de ahorro aprobado por mi propio MEF-, conseguí pagarlo.

Luego de olvidar recogerlo mucho tiempo, lo tuve. Habían pásado muchas cosas. Estuve 22 días en Venezuela y a mi regreso estaba acostumbrándome de nuevo a la civillizada Lima. Una cara detrás de la reja de una ventanilla me dio en la mano el cartón color sepia preciosamente caligrafiado -con las 15 lucas que pagué por ese servicio- para que viera si tenía algún error. Lo revisé minuciosamente. Tenía un corte casi imperceptible en una esquina pero lo dejé pasar por alto porque en mi alma mater, si reclamas, tienes que esperar más.

Ella me dijo que me espere. Se acercó con dos boletas pagadas un día de febrero que no era jueves. Tenían una letra preciosamente caligrafiada por la que nio había pagado, y mi firma pésimamente falsicada por mi novia. Haciendo corto el cuento, resulta que los 40 soles pagados por el rimbombante concepto de "Derecho de Publicación (de mi bachillerato) en el boletín de la UNMSM" y los 28 que había cancelado por "Derecho de Copia Legalizada de Diploma" ya no valían.

El TUPA sanmarquino no tiene nada que ver con mi amiguísimo Héctor Carvallo, un fotógrafo de la competencia que me hace cagar de risa y de ternura cada vez que lo veo. Es una forma del poder universitario para ocultar un nombre cojudísimo: Téxto Unico de Procedimientos Administrativos, que no es otra cosa que un tarifario que entra en vigencia cada año.

Esta vez el TUPA jugó en mi contra. El del 2007 dice que esos dos conceptos de pago totalmente ridículos cuestan 15 y 12 soles más, respectivamente. Cuando esa cara detrás de las rejas me entregó las boletas y me dijo que mi sueño del diploma propio me iba a costar 27 soles más puse mi mejor cara de cojudo y ensayé la pregunta: "Dígame, señorita, por qué tengo que pagar de más si ya pagué todo lo que tenía que pagar". Ella solo señaló un papel medio oculto y me dijo que lo que ya les dije del nuevo TUPA y demás yerbas.

- Pero ya pagué esos trámites -dije yo, nuevamente con cara de cojudo.
- Pero ese trámite se inicia cuando usted recoge su diploma -me dijo, y ahí sí me dejó con cara de cojudo al natural.

O sea que San Marcos me cobra por anticipado por un trámite que haré después con otro precio, no me avisa a al email que puse todos los años en las fichas de actualización de datos que son requisito para matrícularse. Para remate, cuando fui a pagar en la tesorería -que atendía por la puerta falsa por temor a que le rompan una luna los manifestantes- me dejaron esperando un rato y luego me dijeron que nos iban a atender por donde siempre. Luego de ir al otro lado, casi romperles la luna yo porque no salían, mandar a la mierda al tarado que salió a decir "¿Acaso me quieres romper la luna? Ya son más de las dos, no jodas" y pelearme con un profesor viejito que no tiene la culpa de todo lo que pasa en mi querida universidad, me fui a Indecopi a ver si, aunque sea, mi reclamo podía ser escuchado. Los de Indecopi, amables ellos, me dijeron en resumen: "Si está en el TUPA, no podemos hacer nada".

Bueno, chequeé el dichoso TUPA y resulta que la Nacional Mayor de San Marcos te cobra 50 soles por legalizar un diploma en trámite normal, que dura un día, y 70 por hacer lo mismo en una hora. Si hay algo que tengo que agradecerle a la cuatricentenaria (así se escribe) es que han hecho legal la coima que antes se tenía que pagar en las oficinas. Gracias.

PS: Si alguien tiene quejas con algun asunto de pagos sanmarquinos (o en cualquier otra universidad nacional), por favor hágamelo saber, que estoy pensando hacer un reportaje sobre lo estúpido (y casi delincuencial) de esos cobros.

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No soy hipopotomonstrosesquipedaliofóbico

Buscando en internet descubrí este diccionario de fobias que, de veritas, de veritas, da miedo. Quizás porque esa lista del demonio hace que uno descubra más cosas de uno mismo. Primero, que no soy bromidrosifóbico, o sea que no tengo miedo a oler mal, gracias a que me baño todos los días (o casi). Por eso de meterme a la ducha cada que se puede, aunque en invierno no den ganas, no soy ablutofóbico.

Descubrí también que mi cuenta bancaria a veces parece tener miedo al dinero, o sea que padece una crometofobia que algún día terminará por matarme de hambre. Como bien (auqnue estoy flaco) así que no tengo miedo al alimento (cibofobia). A lo que sí parezco tenerle miedo es al hogar (ecofobia) y a ir a la cama (clinofobia). Debe ser porque en el fondo también tengo miedo de escribir en público (escriptofobia) y por eso aprovecho las madrugadas para hacerlo, cuando no hay nadie. Temor al fracaso (kakorrafiafobia y atiquifobia) o al ridículo (katagelofobia), que le dicen.


En fin, felizmente hay miedos que no tengo. Si el trece de este mes cayera martes, no me vendría un ataque de trezidavomartiofobia, o si cayera viernes, uno de paraskevidekatriafobia. Por eso es que tampoco tengo ninguna de las tantas variantes de temores a al pobrecito número trece (Triskaidekafobia, triakaidekafobia, tredecafobia), más bien le tengo compasión. Y auqnue el 666 se vea horrible, no soy hexakosioihexekontahexafóbico.


Hay fobias que me parecen estúpidas. Quién puede tener miedo a que la mantequilla de maní, o una sustancia parecida, se pegue en el paladar (Araquibutirofobia). Conozco gente que le tiene pánico a las cuentas de fin de mes y no encontré una sóla palabra que pudiera definir eso, aunque seguramente varios de ellos tienen una telefonofobia grave, especialmente si es pospago.Varios amigos míos tienen barofobia, eso sí. Le tienen miedo a la gravedad y por eso vuelan con un tronchito cada que se puede. Y bueno, nada qué hacer. Es lógico que Alanes, Humalas, Huayalayas y Otorongos mediante, uno sea politicofóbico.


Felizmente, luego de escribir todo esto, he descubierto que no soy Hipopotomonstrosesquipedaliofóbico, que no es otra cosa que el temos a escribir o pronunciar palabras largas o complicadas por miedo a equivocarse, aunque tengo que adminitir que sudé frío cuando leí esa palabrota en voz alta y que he revisado quince veces este post para saber si la escribí bien. Lo que sí soy es tafefóbico, me da pavor pensar que me pudieran enterrar vivo por error. Tanto miedo me ha dejado fobofóbico. Tengo miedo de tener miedo. Nada qué hacer.

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Citas Citables

  • "¿Sabes cómo matar a un cerdo? Lo haces correr hasta que no da más y luego le echas un balde de agua helada. Entonces, se le para el corazón" (Paskín)
  • "Yo sí creo en la vida después de La Patrona, solo que creo en ella con la misma certeza con la que creo que existe vida en otro planeta..." (Prakzis)
  • "Lo de estar jodido es natural, es como la depre, es solo el nombre comercial de la consciencia" (Carlos V.)
  • "Tómalo por el lado B" (Gi)
  • "¡Scheiße!" (Carmen K.)

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