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Cosas que mis amigos no entienden

Mi mejor amigo y yo. El único que realmente me entiende.



Mis ciclosde sueño. He luchado durante años contra el insomnio y él y yo hemos llegado a un sano acuerdo: yo lo uso cuando tengo que hacer cosas y él me deja dormir cuando sea total y absolutamente necesario. En el trabajo no entienden que si me paso una semana completa de amanecidas es porque el acuerdo sigue en pie. Ellos, que se preocupan por mi, me mandar a dormir (a veces de formas poco cariñosas). El caso opuesto también conduce al desastre: el otro día me llamó una amiga a las 4 de la mañana, luego de enviarme un mensaje de texto al celular (que, obviamente, no contesté por estar dormido) para decirme que vayaa su casa a beber. La mandé a la mierda lo más cortésmente que pude y, acto seguido, me fui a dormir. No pude. El sueño se había ido.

Que no me gusta verlos. A mi mejor amigo lo veo cada ocho meses. En el mejor de los casos,coincidimos un día en que no hay nada qué hacer y salimos a caminar y a tomar unas cervezas mientras que nos contamos lo desastrosas que ha sido nuestras vidas. En medio de todo, encontramos motivos para ser felices y reímos de aquellas cosas que, por separado, nos harían llorar. Él, que me conoce hace mil años, sabe que cada vez que lo veo, es la continuación de la anterior. Por eso me enerva esa gente que te llama para salir tres veces por semana, dar una vuelta, ver cómo estás, preguntar por tu perro y contarte lo que almorzaron. Lo hago, sí, pero solo con algunos elegidos.

Mi mal humor. Lo admito. Soy un tipo difícil de tratar. Mis amigos, los que me conocen hace mil años, saben que cuando estoy de malas es mejor no acercarse. Puedo acabar siendo sumamente hiriente y sacando los esqueletos del clóset para que recuerden por qué no se deben meter conmigo. La última vez hice llorar como un niño a un tipo que mide metro ochenta y tiene cuerpo de luchador. Nomás porque se atrevió a decirme que no sea tan amargado.

Mi relación con mis padres. A mamá le hablo cono si fuera un brother, con ajos, cebollas ytodo el chimichurri. Mis amigos se escandalizan cada vez que me escuchan hablar por teléfono con ella y me clavan, ipso facto, la etiqueta de mal hijo en la frente. En mi defensa he de decir que, al otro lado de la línea telefónica, mamá me trata igual. O peor. A papá, en cambio, le hablo con el mayor de los respetos pero reniego de sus manías y poca practicidad. Como cuando salgo apurado de la casa y él me dice que me jala para ir a la chamba. Se demora la vida para salir, casi siempre ha olvidado algo y debe volver a entrar para recogerlo. En el camino, recuerda que el auto no tiene gasolina y debe pasar por el grifo. Pese a todo, no me he bajado del auto a tomar taxi porque entiendo que sus intenciones son buenas. Tampoco le cuento nada de mi vida, pero es el primero al que recurro cuando necesito sacarme el nudo de la garganta. Y casi siempre sabe calmarme.

Mi trabajo. Veamos. Soy workaholic. Puedo trabajar hasta veinte horas al día entre la oficina y mi casa. A veces despierto y escribo notas mientras fumo. Las acabo,envío, y me voy al trabajo. No intenten persuadirme de que no lo haga. Enserio.

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10 cosas que odio de ti (o palabras sueltas frente al espejo)

 

1. Tus ojeras. “Te has pasado más noches despierto de las que deberías, casi siempre pensando en cosas que no valen la pena, o que no deberían valerla”. Esa fue la sentencia de una amiga que ahora debe estar durmiendo, a diferencia mía. Más que por las sombras negras en mis ojos, me molestan porque, como día la China Tudela, “mi insomnio me pone en una especie de estado crepuscular, cholita, en el que no puedo evitar pensar en huevada y media que me consumen todas las energías”

2. Tu panza. “El periodismo es como la prostitución, se aprende en la calle”. La vida también y últimamente no salgo ni en mis días libres. Prefiero cultivar ese terrible hábito de desligarme del mundo desapareciendo en una habitación de 5x4. Lo paradójico es que la prueba de ello es una bola de grasa que no armoniza con el resto de mi cuerpo.

3. Tus brazos. El derecho (izquierdo en el espejo) tiene una cicatriz en forma de círculo, de un centímetro de diámetro, y el izquierdo (derecho de mi reflejo), una herida del tamaño de mi dedo meñique y tres puntitos donde estuvieron los clavos. Cada que las veo me recuerdan que a veces puedo ser imprudente. O que hay momentos en que no me importa la autodestrucción.

4. Tu cabello. Desde abandoné a Sandro, el peluquero de la Residencial San Felipe, porque me hacía siempre el mismo corte, no he encontrado a nadie que pueda con los tres remolinos que adornan mi cabeza. Felizmente no me han adornado con otra cosa… No que yo sepa, al menos.

5. Tus uñas. Cuando están disparejas y cortas, canibalizadas por mí, solo me acuerdo de un viaje terrible… y de ansiolíticos que saben feo.

6. Tu sensación. Me refiero a esa que siento en el pecho, de cuando en cuando, en esos momentos en que me enfrento a cosas que sé que están ahí pero que no quiero ver. La defino como “sentir que tu corazón se arruga como si fuera una hoja de papel”. Y ya se ha arrugado tanto que es difícil leerlo.

7. Tu espejo retrovisor. Digo nomás, ¿no puedo empezar a recordar sin ponerte triste? Ah sí, hay veces en que puedo acordarme de cosas y sonreír: ocurre cuando veo a tipos como el Cansado, el Cuervo, el Gato, Yoyi y Chanchito, que lejos de tener apodo de pandilla de jardín de niños, me traen recuerdos de mi infancia vivida en la adolescencia.

8. Tu memoria. Vivo en un estado extraño. Algunas veces puedo recordar cosas inútiles como los nombres de los seis ingleses a los que Maradona dejó regados en el campo o la frase de un cuento que leí cuando estaba en sexto grado. O la ropa que llevaba a un amigo mío el día que fumamos una cajetilla de cigarros Inca en su habitación. O el olor que tenía ella ese día que estuvimos tirados en el césped hace 8 o 9 años. O el sabor de sus besos con helado de vainilla y chocochips. O cuántos futbolistas aparecen en Los Simpson. Pero olvido aniversarios y fechas de cumpleaños de la gente a la que más quiero. Y tengo pánico de que me pregunten cuál es la fecha de hoy porque tiendo a dudarlo… Felizmente para todo lo demás está Google.

9. Tu olor. Fumo cuando me siento mal. También cuando me siento bien. A veces me percato que ambos estados de ánimo le dan a mi cuerpo olores distintos, e igual de deliciosos. A veces, también, me doy cuenta que mi sobrina me dice que huelo a palo de fumar. Y no sé cómo decirle que soy un adicto.

10. Tus adicciones. Los que me conocen, las conocen… No son drogas socialmente no aceptadas, pero igual. Eso sí, suelo desconfiar de la gente que dice no tener vicios porque rechazan una de las cosas que los hace humanos y falibles. Y no, no estoy en rehabilitación.

 

Imagen tomada de acá.

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Mi buena estrella

Mi buena estrella me dijo, con el ceño fruncido y ganas de cachetearme, que soy un tipo triste al que le gusta revolcarse en su tristeza quién sabe para qué. Y después de ese día en que se fue por un ratito terrible, mi buena estrella volvió y no quiero que se vaya de nuevo.

Hoy, por ejemplo, tomé un taxi en las calles de Magdalena –un distrito en el que siempre quisiera vivir por las noches– y le pedí al taxista que me lleve a mi casa previo paso por un cajero dónde sacar plata para pagarle. “Su transacción ha sido cancelada. Por favor, retire la tarjeta”, me dijo en dos estaciones de servicio el aparatito de marras ese, sin darme ni un billete. Era la 1:30 de la mañana, tenía 30 centavos en el bolsillo y compré una bebida con mi tarjeta solo para saber si el problema era que esta había sido inexplicablemente bloqueada. No era así, pero igual el chofer se negó a llevarme hasta mi hogar, esperar a que tocara el timbre y bajara con el dinero: “¿Es edificio? No, ahí no acepto. Ya me la han hecho muchas veces”. Incluso se rehusó a aceptar la oferta inigualable de comprar productos en la tienda, con mi tarjeta, por el doble del valor que me iba a cobrar.

Me dejó varado, a ocho cuadras de la buena estrella y a miles de mi casa, que empecé a caminar porque tengo cosas pendientes que hacer en mi hogar y no en el suyo. De pronto, un milagro: una combi –uno de esos detestables vehículos de transporte público en el que todo peruano promedio como yo viaja apretado– paró y el cobrador me quedó mirando. “Te pago con esto hasta Guardia Civil”, dije mostrando la botella aún sin abrir para que abriera la puerta. Y la abrió.

Hace muchos años una mujer que no he vuelto a ver me dijo que no debería abusar de mi buena estrella. Me lo dijo un día, en que aparecí en su casa diez minutos después de haberme ido. Salí de ese lugar en el reino de “Muy Muy Lejano”, con una moneda en el bolsillo, con la intención de caminar un kilómetro hasta un paradero de autobuses y esperando a que aún pasara el que me llevaba a mi hogar. A mitad de camino, un auto pasó a mi lado y el copiloto me hizo un gesto ofensivo. Yo mascullé un par de insultos irreproducibles hasta para un tipo procaz como yo y el Toyota blanco se detuvo. Pensé que iba a bajar un tipo iracundo con muy buen oído dispuesto a pegarme un tiro, pero de pronto empecé a escuchar voces conocidas que se preguntaban entre ellas si el tipo que estaba parado al lado del camino era de verdad yo. Ellos, viejos amigos a los que adoro, me rescataron, me llevaron a comprar licor, a recoger a aquella mujer, beber en un parque, dejarla en su casa y luego, me dejaron en la mía.

Creo que esa mujer de mil años atrás tuvo razón en muchas cosas que me dijo, pero que en la que más acertó fue en eso de no abusar de mi buena estrella. Peor aún ahora que la he encontrado y no quiero dejarla ir. Por eso ahora solo soy un tipo feliz que quiere escribir(le) bonito a una luz que brilla en el cielo, a medianoche.

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En invierno es mejor un cuento triste

Hoy es día para un post triste. Intenté besar a mi ex y me rechazó. A veces pienso que a ellas les gustan los tipos malos. Especialmente los tipos que se acercan sigilosos con cara de buena gente y les rompen el corazón. Esos que terminan siendo sus amigos porque ya cumplieron la meta y se fueron. Lo siento, soy un corazón roto. Un corazón inerme que se ha ido a la mierda. Bonito, de a poquitos y con dolor, como debe de ser. Porque siempre me han gustado las cosas que son como deben ser. Como antaño, porque me imagino a los abuelos afanándose. Así que creo que es la hora de terminar contando la historia calata, sin ropa interior. Nomás porque estoy deprimido, y siempre es bueno echarle la culpa a una enfermedad, aunque este no sea el caso.

Kathy y yo nos conocimos en la universidad. Nacional, Mayor, de San Marcos y eso. Bailamos cheek-to-cheek (como dijo Telmo) una salsa preciosa y atorrante. La miraba con ojos raros, lo sé. Con mis ojos de mirada profunda, como decía una amiga mía, a la que no puedo recurrir a estas horas. No pasó nada aquella vez.

Años después robé vilmente su celular. Le dije a una amiga suya que llamara del mío y luego, con el teléfono de mi antigua chamba, hablamos durante horas. Mi jefe me dijo que tenía consumidos más de mil minutos al mes y que podía botarme. No me importó. Le dije, olímpicamente, que soy bueno en lo que hago y que no me joda. Jorge entendió. El día que me lo dijo, comiendo un caldo de gallina en una esquina de Canadá, me dijo que viviera, y que si era con ella, mejor. Ese día lo bauticé como mi padre (putativo, of course).

Esta es una declaración de principios. Ámala sobre todas las cosas. No tomes su nombre en vano. Santificarás sus fiestas (o días gratos). Desde que salimos, un tarde del 25 de junio del 2006, hasta que terminamos, el jueves antes del 12 de setiembre del 2007, quisimos ser felices.

El 12 de setiembre del 2007, en un ataque hedonista, fumé una buena marihuana y me hizo ver colores en mi vómito. Desde ahí, he vagado entre mujeres de sonrisa fácil y corazón roto. He viajado (o huido) buscando a mi abuelo y a mí mismo. No los encontré, sino detrás de sus ojos color pepita de níspero. He querido pensar que las historias de las comedias románticas de Tom Hanks no son ficción y que algún día haré una locura lo suficientemente grande para que vuelva. No se puede. Ella está lo suficientemente loca para que cada una de las cosas que haga le parezcan locuras tristes de un tipo triste. Y sí, lo soy.

Estoy triste porque hoy hice el último gran intento. Portarme como uno de esos patanes que le rompieron el corazón (incluyendo los últimos dos, que ella no sabe que yo sabía… en realidad no supe, sino que lo sentí). No pude. Casi, casi, le pedí permiso. Lo sé, soy un huevón. Hoy, no sé qué pase.

Hoy no sé qué pase porque es la primera vez que admito en público que hay cosas que no hemos terminado. Que hay cosas que no debo contar aunque por un ratos diga que prefiero la verdad calata, sin ataduras. Que no funcionó el consejo de los amigos (sus amigos, que aún me quieren de cuñado) de forzar las cosas. Porque en eso sí soy débil. En ella.

Con ella, en cambio, era(mos) fuerte(s), pero eso es otra historia. A veces, en invierno, es mejor un cuento triste. Y aún no llegamos a primavera.

PS: No le he hecho ping a mis auspiciadores. Es mejor que el pueblo no me vea tan vulnerable.

La canción que escucho justo ahora.

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En buenos Aires brilla el sol…

¡Hoy reservé mi pasaje a Baires! Y casi tengo hotel de mochileros gracias a la Pioja que me dio todos los tips para convertirme en un turista que no hará circuitos turísticos… Bueno, igual tengo que ir al estadio de Boca cuando jueguen con Newell’s para saber si es verdad que tiembla cuando está lleno… Y al cementerio de la Recoleta a ver si encuentro la tumba del tal Natalio Ruiz… Y a Caminito, para ver de nuevo a Escolástico Méndez… Y a la UBA, a ver si hay algún posgrado bueno, bonito y barato… Y también al Museo de la Memoria nomás porque Angelito Cappa llevó ahí a sus jugadores para mostrarles la Argentina de verdad… Y volveré a conocer la calle mas larga, el rio mas ancho, las minas mas lindas del mundo (como dice la Bersuit)… Y me subiré al metro… Y me iré a Uruguay en ferry a ver si puedo encontrarme con Tupa Ginares (el de verdad, que es como el de mis cuentos, pero más entrañable)… Y hablando de Dolina, la Pioja (mi guía antiturística) ¡Me ha dicho que se pueden conseguir entradas para su programa en el teatro donde se presenta el Negro!... Lo único malo es que no hay conciertos de Fito por esos días… Aunque fácil el digo al buen Fer Roques que mande al diablo a la aerolínea y convoque a todos los Viejos Macabros en honor a mi llegada… Y tengo que visitar a la China en La Plata un día, eso de cajón, pero será sorpresa (así que no le digan nada)… O de repente le digo que se venga a Buenos Aires conmigo para caminar un rato… Y volveré a visitar a Alfredo, el vendedor de libros de Corrientes que tiene todo sobre Dolina (Bueno, solo tenía las Crónicas del Ángel Gris, pero ese libro es TODO)… Y tengo que ir al teatro, porque todas las amigas teatreras gauchas de Nelly dicen que es vital que vaya… Hablando de ellas, es una lástima que no conoceré a los papás de Liber (el chiquito que corría desnudo por el mundo). Ellos viven en Córdoba… Caracho, aún no llego y ya quiero quedarme más días… Y quiero conocer gente… Y bailar tango (bueno, eso no)… Y quiero beber… ¡Y quiero… Zás… Zás! (Como diría El Chavo)… Y no estaré para el cumple de Mario (pero le traeré un regalo sorpresa)… Y a mi regreso le diré a la Gi para ir a tomarnos un café y le contaré toooooooooodo… Y claro, volveré más pobre que El Chavo en Acapulco, pero veré a Charly (en Lima) cuando se presente el 23 de setiembre por acá (si no es que no me quedo por allá)…

 

Y nada, nomás porque es Baires, les dejo Fito

Y a la Bersuit

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Tres historias del Bronx

“Te voy a decir algo. Tú solo tienes permitidas tres grandes mujeres en tu vida. Ellas llegan como los grandes luchadores, una vez cada diez años: Rocky Marciano, Sugar Ray Robinson, Joe Louis. A veces las tienes todas a la vez”
Sonny, en Una historia del Bronx (A Bronx Tale). 1993

La primera, casualmente, también se llama C. Teníamos 15 y jugamos a ser novios en la sala de su casa, donde nunca nos encontraron haciendo el amor. Hice que me dejara mientras yo me encontraba de viaje y me terminó en una llamada, un 14 de febrero, solo para que suene huachafo cuando lo cuente. Aquel día yo estaba ebrio luego de haberme tomado un tequila y el único testigo de mi primer corazón roto fue un teléfono público. Con ella aprendí a no ser nunca como su padre.

La segunda se llama B. Me enseñó a bailar y comer en sitios caros, a vestir camisas y a regalar rosas compradas en florería. También aprendí que uno debe conocerse. A sus 24, ella quería rebelarse a su familia estando con un chico cuatro años y medio menor, y yo le dije que estaba dispuesto a no enamorarme para que cumpliera su cometido. Me equivoqué. Me dejó y le debo haber dicho cosas horribles cuando lo hizo. Tantas, que no la he vuelto a ver.

Miento. La tuve cerca una vez. En ese entonces estaba con L. –cuya inicial verdadera no pienso citar– y fuimos a una discoteca. De pronto, llegó B. Yo le había contado la historia a mi novia de ese entonces y su reacción fue alucinante: Me tomó de la mano, me llevó a bailar cerca de B. y su nuevo novio. Y me besó con toda la ternura con la que puede hacerlo una cazafantasmas. Nunca le vi la cara a B. y no me importa si ella me vio. Solo quería que el tiempo se congelara en la sonrisa de L.

La sonrisa de L. se congeló. Poco a poco se fue volviendo fría y no hice lo mínimo indispensable para calentarla. El jueves anterior al 12 de octubre del 2007, en una calle de San Borja, me dijo adiós sin que yo atinara a pedirle que se quede. Y ese fue mi error.

Nunca más le he vuelto a contar cuentos a nadie en un parque. No he vuelto a recorrer medio Lima en tiempo récord. No he huido de ladrones aferrado a la mano de alguien a quien quería proteger. He dejado de escribir cuentos con dedicatoria que algún día serán un libro. Y no he vuelto a disfrazarme de payaso para mi sobrina mientras pensaba que la función era para dos. Con ella aprendí a pensar de a dos, aunque a ratos olvidé cómo.

Lo curioso es que los caminos de L. y el mío se cruzan todo el tiempo. No sé si es porque cuando uno quiere a alguien, un ente supranacional hace que esas personas estén cerca. O si solo es que nuestros intereses siempre han sido los mismos. Algunos me dicen que la odie, otro que la deje en paz. Unos pocos hombres del Ángel Gris me piden que siga luchando, no porque el que persigue alcanza, sino porque cerca de ella es la única forma en que yo sea el tipazo que soy. Quizás ya pasaron las tres de las que le habla Sonny al joven C. Solo tengo 25, y una afirmación así da miedo.

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PS: De las tres, solo L. pasó a la primera (en un taxi y no en un auto que no tengo) la Prueba de la Puerta, que Sonny también dio a conocer a C. (Callogero, para su padre). Aquí la transcripción.

- Hazle mi prueba, la Prueba de la Puerta –le dijo Sonny a C.

- ¿Qué es eso? –preguntó Callogero

- Escúchame: Llegas a recogerla. Antes de salir del auto asegura ambas puertas. Sales del auto, caminas hacia ella. La llevas al carro. Tomas la llave y abres la puerta para ella. La haces entrar y cierras la puerta. Caminas detrás del auto y miras detrás de la ventana trasera. Si ella no se estira y quita el seguro para que tú puedas entrar, déjala.

- ¿Así nada más?

- Escúchame muchacho. Si ella no se estira y levanta el seguro para ti… Es porque ella solo piensa en sí misma y todo lo que estás viendo es la punta del iceberg. Déjala rápido.

- ¿Y qué hay de todas las cosas bellas que acabas de decirme sobre hacer lo que mi corazón me diga, encontrar a alguien que ponga viento en mis velas? Ella podría ser una de las grandes.

- Tonterías chico, lo que importa es la prueba de la puerta.

La Prueba de la Puerta, según Sonny, está en los últimos tres minutos de este video.

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Querida C. (y otros cuentos de vampiros)

Son casi las 4:30 p.m. de Viernes Santo y hoy, como otros días, pienso que a la medianoche de Berlín te conectarás para alegrarme el día. Lo necesito para rumiar mi tristeza contigo y olvidarme que es solo mía. A veces, cuando estoy azul, recuerdo tus ojos grises que cambian de color. Curiosamente, cuando se tornan azules (mi color triste), tú estás feliz, y aunque solo los he visto así una vez, es suficiente para recordarme que durante la luna llena se puede estar feliz. Todavía veo, de vez en cuando, nuestras fotos. El subject de ese email dice: “Fotos de los amigos que nos extrañamos entre nosotros”. Como siempre, tu imagen captada en video o fotografías no te hace justicia. Es como si fueras otra, como los vampiros, cuyas almas, de verdad, no pueden ser captadas. Claro, lo olvidaba. Eres rumana, nacida en Transilvania. Aunque tú me digas, molesta, que es invento gringo y que tu padre no te contaba cuentos derivados de la novela de Bram Stoker, sino historias de la Segunda Gran Guerra. Aún así, hay vampiros en todas partes, y tú no sueles dormir de noche, porque alguien también te ha robado el alma.

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Breve tratado sobre la depresión

"Bostezaste. Acabo de decirte algo interesante, así que no es aburrimiento. Son las once de la mañana, estás bebiendo café, así que no estás cansado. No bostecé, así que no es un bostezo inducido. Es un síntoma".
Gregory House

Soy depresivo. A veces soy también deprimente, pero eso no está en cuestión ahora. Me lo han diagnosticado y la prueba de ello es que estoy escribiendo mientras mil quinientas cosas pasan por mi cabeza. Pronto dejaré este post a medias y lo olvidaré un tiempo, hasta que sobrevenga otra de esas etapas maravillosas en las que uno es Superman. Dentro de poco pasaré mis dos días libres sin bañarme, en frente de la computadora, leyendo cualquier cosa o viendo una serie. Seguramente, volveré a abandonar mi tesis.

La depre es así. Te engaña como una mujer a la que le das todo y luego te deja porque no pudiste darle más. A una mujer le echaba las culpas de mi tristeza hace unos meses, cuando terminaba en un bar llorando en el hombro de un buen amigo. Eran las mismas lágrimas que derramaba antes, por otra chica, o quizás porque no me sentía lo suficientemente bueno en mi trabajo. O en los estudios. O whatever.

Mientras no estás deprimido (y no estás “nomal”), estás eufórico. Esa etapa me gusta. Usualmente tengo mil temas sobre los cuales escribir y no duermo más de dos horas al día. Las ideas sobre cada uno de los textos se agolpan en mi mente y he aprendido que todo se hace tan confuso que es imposible sacar una sola línea coherente.

Entonces retengo en mi mente cada una de esas ideas hasta que tienen que salir. Quizás es la capacidad que más he ejercitado, la única que puedo usar cuando sé que estoy feliz y que pronto empezaré a ponerme de un insoportable color azul.

Cuando me pongo azul me medico con cafeína. En realidad no lo supe hasta que entendí por qué el estado de cuenta de mi tarjeta de crédito empezaba a tener consumos cada vez más frecuentes en Starbucks en mis momentos tristes. O hasta que descubrí que la hierba mate no tiene cafeína, pero sí mateína, que es -en correcto peruano- la misma chola con diferente calzón.

En personas excesivamente melodramáticas, obsesivas y exageradas como yo (¿Se fijaron cómo exageré esto?), de vez en cuando sobreviene -como decían Pablo y Pachu- "la hecatombe". Usualmente cuando un café no es suficiente busco otras maneras de hacer que la adrenalina fluya. Lo que provoca una seguidilla de hechos bochornosos en los que intervienen no solo tú, sino cualquiera que ose ponerse en frente en medio de esa búsqueda de emociones.

Deprimido, he bebido en la absoluta soledad de un bar en Venezuela. Me he expuesto a que un ladrón peruano me pegue un tiro en una barriada en Mérida (posibilidad que no llegó a consumarse al reconocerme como connacional). he provocado que un amigo mío maneje, conmigo de copiloto, a 160 Km/h en la Vía Expresa. He gastado fortunas en llamadas de larga distancia. He echo un viaje no planeado buscando las raíces de mi depresión. Y un largo etcétera lleno de errores que me hacen deprimirme aún más cuando los recuerdo.

Hoy, por ejemplo, acabo de enterarme que Danica McKellar (la Winnie Cooper de Los Años Maravillosos) se ha casado. Alguien ha decidido así darle un golpe tan duro a mi euforia que me ha quitado las ganas de escribir. No tiene nada que ver con el niño que llevo dentro, sino con aquella vana nostalgia por los amores perdidos. Felizmente, estoy saliendo de mi casa para verme con Rudy, y seguir planeando un libro que no tiene cuándo salir, y la melancolía -para esas cosas- es necesaria.

A veces, cuando uno está deprimido, ni los consejos más sabios sirven (Pero cuando uno ve este video, le dan ganas de hacer pesas).

Para los depresivos, obsesivos, megalomaníacos y melodramáticos, una canción que me recuerda que a veces se puede salir de los momentos azules con un poquito de hipocresía.

¿Winnie Cooper, por qué te casaste?

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La novia de mi mejor amigo (o la hermana, o la prima...)

Admito que he violado una regla inviolable más de una vez. Que me he enamorado (o algo parecido) de la novia de un amigo. Lo peor es que he tenido la desfachatez de dejar que ellos se enteren con los más variables resultados. Supongo que este post es una forma de catarsis que me permite reconciliame con ellos, ellas, y conmigo.

La primera vez se trató de V, la novia de JC con quien no he vuelto a hablar con la misma intimidad de confidentes que teníamos en quinto de media. El me contaba los mil problemas que tenía con V y yo le contaba los que tenía con mi enamorada de ese entonces.

El problema es que yo tenía la misma intimidad (amical, aclaro) con su enamorada. Un día de borrachera en casa de JC, le dije a todos mis amigos -menos a él-, lo mismo que le había dicho a V: Que me sentía mal porque ella me gustaba. Les pedí a todos una discreción que todos rompieron. JC debe seguir creyendo hasta ahora que yo me agarré a V y por eso no me ha vuelto a hablar.

Por eso debe ser que cuando me empezó a gustar A, el trauma revivió. A es una de mis mejores amigas y en esa época era sólo la novia de M. Hoy es la madre de su hijo y la mujer de su vida. Pero entonces sólo era su novia, o mejor dicho, su ex. Acababan de darse uno de esos breaks que le vienen tan bien a los partidores y serruchos -como los conoce el imaginario limeño- para hacer su trabajo.

La cosa es que tuve la previsión de no decirle nada a nadie, excepto a la hermana de M, que se lo contó a mi amigo sin que yo lo sepa. Tiempo después se lo dije al buen M y me dí con la sorpresa que sabía de mi deslealtad y me acogió como el hijo pródigo que dejó la casa de su padre. Hoy M y yo somos tan (y más) amigos que siempre. Yo ya no le cuento más cosas a su hermana.

Pobre M. Seguro también sabe que en algún momento de soledad quise algo con su hermana, pero es porque en esa época andaba sólo, los veía mucho, ella andaba en problemas con el enamorado de turno y yo tiendo a mostrar simpatía hacia los sufrientes. La hermana de M tiene un problema que puedo traducir como un sentimiento de culpa más doloroso que la patada de una mula en los cojones.

Cuando le comenté a ella que en algún momento me había gustado, ella se lo contó a su novio, un troglodita que terminó por amenazarme de muerte en la azotea de la casa de M. Me dejó con cara de idiota porque, para variar, no estaba prevenido de la boca floja de mi amiga. Sólo pude responderle al energúmeno que yo podía decir muchas cosas, pero que mi tratamiento de Litio me hacía olvidarlas.

Salida perfecta, me dejó en paz un par de días hasta que llegó a casa de M y me encontró dándole un abrazo efusivo a su novia, la hermana de M. Yo estaba en terno, y luego de repetir su amenaza, le dije que si tuviera otra ropa, quizás peleaba, pero que no iba a malograr mi terno por él. Lugeo, huí como suelo intentar antes de una pelea inevitable. Esa vez me dio resultado.

Sólo digo lo mismo que dije al principio. Que supongo que este post es una forma de catarsis que me permite reconciliame con ellos, ellas, y conmigo. JC, mil disculpas. M, gracias totales (como diría Cerati), por aguantarme.

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No soy hipopotomonstrosesquipedaliofóbico

Buscando en internet descubrí este diccionario de fobias que, de veritas, de veritas, da miedo. Quizás porque esa lista del demonio hace que uno descubra más cosas de uno mismo. Primero, que no soy bromidrosifóbico, o sea que no tengo miedo a oler mal, gracias a que me baño todos los días (o casi). Por eso de meterme a la ducha cada que se puede, aunque en invierno no den ganas, no soy ablutofóbico.

Descubrí también que mi cuenta bancaria a veces parece tener miedo al dinero, o sea que padece una crometofobia que algún día terminará por matarme de hambre. Como bien (auqnue estoy flaco) así que no tengo miedo al alimento (cibofobia). A lo que sí parezco tenerle miedo es al hogar (ecofobia) y a ir a la cama (clinofobia). Debe ser porque en el fondo también tengo miedo de escribir en público (escriptofobia) y por eso aprovecho las madrugadas para hacerlo, cuando no hay nadie. Temor al fracaso (kakorrafiafobia y atiquifobia) o al ridículo (katagelofobia), que le dicen.


En fin, felizmente hay miedos que no tengo. Si el trece de este mes cayera martes, no me vendría un ataque de trezidavomartiofobia, o si cayera viernes, uno de paraskevidekatriafobia. Por eso es que tampoco tengo ninguna de las tantas variantes de temores a al pobrecito número trece (Triskaidekafobia, triakaidekafobia, tredecafobia), más bien le tengo compasión. Y auqnue el 666 se vea horrible, no soy hexakosioihexekontahexafóbico.


Hay fobias que me parecen estúpidas. Quién puede tener miedo a que la mantequilla de maní, o una sustancia parecida, se pegue en el paladar (Araquibutirofobia). Conozco gente que le tiene pánico a las cuentas de fin de mes y no encontré una sóla palabra que pudiera definir eso, aunque seguramente varios de ellos tienen una telefonofobia grave, especialmente si es pospago.Varios amigos míos tienen barofobia, eso sí. Le tienen miedo a la gravedad y por eso vuelan con un tronchito cada que se puede. Y bueno, nada qué hacer. Es lógico que Alanes, Humalas, Huayalayas y Otorongos mediante, uno sea politicofóbico.


Felizmente, luego de escribir todo esto, he descubierto que no soy Hipopotomonstrosesquipedaliofóbico, que no es otra cosa que el temos a escribir o pronunciar palabras largas o complicadas por miedo a equivocarse, aunque tengo que adminitir que sudé frío cuando leí esa palabrota en voz alta y que he revisado quince veces este post para saber si la escribí bien. Lo que sí soy es tafefóbico, me da pavor pensar que me pudieran enterrar vivo por error. Tanto miedo me ha dejado fobofóbico. Tengo miedo de tener miedo. Nada qué hacer.

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Citas Citables

  • "¿Sabes cómo matar a un cerdo? Lo haces correr hasta que no da más y luego le echas un balde de agua helada. Entonces, se le para el corazón" (Paskín)
  • "Yo sí creo en la vida después de La Patrona, solo que creo en ella con la misma certeza con la que creo que existe vida en otro planeta..." (Prakzis)
  • "Lo de estar jodido es natural, es como la depre, es solo el nombre comercial de la consciencia" (Carlos V.)
  • "Tómalo por el lado B" (Gi)
  • "¡Scheiße!" (Carmen K.)

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