Historias del día de brujas

El padre Dubois dice que todas las mujeres son, en realidad, brujas. Y que todas las brujas son el diablo. Desde su púlpito colige que todas las mujeres son –sin saberlo– el demonio, que toma diferentes formas para que los hombres tengan, al menos, un pecado capital en su vida.

El turco Ahmed, cuentan en el barrio, fue seducido por una mujer misteriosa que lo hizo desaparecer de la casa que luego ocupó Tupa Ginares, el yorugua del tambor piano, mucho antes que el árabe Akram y sus hijos llegaran en el barco. Omar, el hijo del árabe, recogió de las historias que se cuentan durante las partidas de dados en la trastienda de su padre, una lista de aquellas mujeres que el turco Ahmed no había podido olvidar y se dio cuenta que el desaparecido podría ser el único hombre del mundo que ha sido seducido por siete brujas y siete pecados distintos.

La lista elaborada por Omar el árabe comprometía a las siguientes mujeres y los pecados, listados en este orden: Gula, avaricia, envidia, ira, pereza, soberbia y lujuria.

Fátima. Gitana. Caderas anchas y busto generoso. Él la veía a diario caminar por la vereda de enfrente. Una noche decidió cruzarse con ella y la invitó a comer, haciéndole prometer que solo se iría cuando acabara la cena. Ahmed comió toda la noche esperando convencerla de quedarse con él hasta que se le acabó el pan para los kebabs. Cuando fue a comprarlo se escuchaba un tango, ella desapareció siguiendo la música.

Monique. Francesa. Delgada y de cabello azabache. Cuando Ahmed la conoció ella bailaba en la feria que una vez al año se montaba en octubre y solo se detenía para contar las pocas monedas que le daban los parroquianos. Ahmed arrojó su último centavo antes de que ella regresara a la mansión que tenía en las afueras de la ciudad.

La reina de Saba. Prostituta. Sus dotes no están en discusión para nadie en el barrio. Su nombre verdadero nadie lo sabe. Ella se enamoró perdidamente del turco luego de haber conocido a varias de las mujeres con las que él se había acostado. Se mató cuando se dio cuenta que no podía tenerlo.

Sabina. Brasileña de ojos grises. Él la saludaba todos los días y dibujaba una flor sobre la marca de su aliento en el vidrio para quitar el laconismo de su mirada. El idilio duró tres días, hasta que se besaron a través del cristal de la casa de cambio que ella regentaba. Cuando él se despidió, con la promesa de regresar al día siguiente, ella lanzó una banca contra la ventana e incendió el edificio. Dicen los que estuvieron ahí que nunca habían visto tanto fuego en los ojos de una mujer. No se ha vuelto a saber de ella, aunque algunos cuentan que en el barrio alto hay una dama que golpea demasiado fuerte.

Paula. Paraguaya. En el único viaje que hizo el turco Ahmed desde que llegó, ella lo sedujo. Cuando él se acercaba, ella se alejaba. Cuando se aburrió, lo dejó en medio de una pista de baile, completamente enamorado. No hay mayores crónicas al respecto, pues al día siguiente el turco fue asaltado y le robaron, junto al poco dinero que le quedaba, sus recuerdos de la noche anterior. Tuvo que regresar a casa luego de trabajar dos meses en un restaurante de mala muerte.

Lucía. Chilena. Un día, luego de muchos años de enviar y recibir misivas, el turco Ahmed recibió una que tenía escrita una sola línea. “Querido Ahmed, lo amo. Lucía”. El turco, en ese tiempo joven, alistó las maletas, listo para viajar a la dirección del remitente. En el mismo barco que iba a abordar, llegaba otra carta: “Estimado Ahmed: Tengo novio. Usted debería tener novia. No puedo obligarlo a seguirme hasta acá y usted no puede obligarme a llevar una vida diferente a la que acostumbro”. Ahmed lloró y no recibió más cartas pese a que todos los días bajaba al puerto para ver si uno de los miles de sobres que había enviado llegaba a su destino. A ella, por obvias razones, nadie le vio nunca el rostro. Incluso hay quienes piensan que fue solo un producto de la imaginación del turco. Ahmed también.

Inmaculada. Argentina. Nunca se oyó tanto ruido en la casa como cuando vivieron juntos, hasta que apareció el yorugua tocando un candombé con su tambor piano, varios años después. Ella, que había permanecido siempre virgen, le gritaba al turco toda la noche hasta que él caía rendido en el intento de desflorarla. Una vez, luego de haber bebido whisky con unos irlandeses recién llegados, Ahmed confesó nunca haberla tocado, hasta el día en que ella murió repentinamente.

Dicen que después de ésta última, el turco Ahmed conoció a la suma de todas ellas y desapareció. Aquella mujer de busto generoso, que bailaba demencialmente y hacía el amor como si la noche se acabara a la hora siguiente, tenía los ojos grises y lo despreciaba antes de decirle que lo quería. Era el diablo en persona.

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Citas Citables

  • "¿Sabes cómo matar a un cerdo? Lo haces correr hasta que no da más y luego le echas un balde de agua helada. Entonces, se le para el corazón" (Paskín)
  • "Yo sí creo en la vida después de La Patrona, solo que creo en ella con la misma certeza con la que creo que existe vida en otro planeta..." (Prakzis)
  • "Lo de estar jodido es natural, es como la depre, es solo el nombre comercial de la consciencia" (Carlos V.)
  • "Tómalo por el lado B" (Gi)
  • "¡Scheiße!" (Carmen K.)

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