El título de este post me lo dio Luna Longwood, hace casi un año, cuando le conté mi plan. Ella me dijo que todo hombre, en algún momento, deseaba regresar a la figura paterna ausente, como el buen Telémaco en la Odisea. Hoy es mi día. Y no hay planes.
El único plan que tengo es llegar a Cusco. Después ir donde los tíos y embarcarme hacia una hacienda perdida en la selva de la que solo quedan casuchas viejas. Se llama Santos Aires y ahí vivió el abuelo. Nunca lo conocí. De él solo sé que murió un año antes de que yo naciera y que se llamaba Ángel, como yo.
Fuguet citó alguna vez a Alejandro Jodorowsky. En su libro La Danza de la Realidad, Jodorowsky dice: “Con los años comprendí que el nombre y el apellido encierran programas mentales que son como semillas. De ellos pueden surgir árboles frutales o plantas venenosas. En el Árbol genealógico los nombres repetidos son vehículos de dramas. Es peligroso nacer después de un hermano muerto y recibir el nombre de un desaparecido. Eso nos condena a ser el otro, nunca nosotros mismos”.
Con el abuelo sucede lo mismo. Nunca lo conocí y, aunque nadie espera que yo sea como él, he querido siempre aprender lo que él alguna vez supo: disparar una carabina, o curar una fractura con cañas y savia de un árbol. Sin embargo, soy citadino. Nací en Arequipa, la tercera ciudad más grande del Perú y luego me moví a una urbe convulsionada como Chiclayo, en el norte. Luego llegué a Lima en la época en que Alan García (quien por estos días anda repitiendo mandato) convirtió a los peruanos en millonarios a los que un ajo de billetes no les alcanzaba para comprar un pan.
Pero regreso al abuelo. O al menos ahí siempre quise volver, aunque la gente no entiende mis motivos y yo no sé explicarlos. No me interesa llegar a un lugar lleno de casuchas viejas, sino descubrir a quien vivía ahí. El plan, repito, es que no hay uno. Solo sé que debo regresar el 26 a Lima, para trabajar nuevamente y que, entre mis reglas, solo figuran no beber, preguntar mucho y fumar solo lo necesario.
En mi equipaje solo llevo el mp3 con el soundtrack de mi vida y mi cámara, dos libros de referencia y un reportaje de Tom Wolfe que compré en Buenos Aires, una libreta para tomar notas y una grabadora de audio, poco dinero y una navaja que mi abuelo usó. Papá la ha guardado celosamente desde que falleció. Al igual que mi padre, aquella navaja no ha podido regresar jamás a Santos Aires.
Dicen que todo viaje es una pequeña muerte. Cuando uno deja su casa, la vida continúa para aquellos que abandonó, o que lo dejaron. Yo lo sé y este viaje es una manera de terminar de dejar atrás cosas que siguen doliendo (aunque cada vez meno). Por mi parte, el asunto es aprender a descubrirme a través de aquel que llevó mi nombre. Solo así podré entenderlo a él, a mi padre, a mi, y a las generaciones que me sigan.








2 cerebros dicen:
Hey... la telemaquia es algo por lo que todos en algún momento tenemos que pasar mi querido y joven Padwan...
es hora que descubras tu reino...
Luna
Hola Ángel,
Buscando referencias para un taller de iniciación a una masculinidad igualitaria, que he titulado telemachia, me encontré con tu post en el que hablas de un camino que reconozco. ¿Has leido el libro de Claudio Naranjo, "Cantos del Despertar"? Yo acabo de descubrilo por "causalidad" y su capítulo sobre Ulises me ha servido para entender cuál es el sentido profundo de esta odisea. Si te animas a contar el resultado de tu regreso, me gustaría conocer la historia. Un saludo, Hilario (hilariosaez@gmail.com)
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